
«Mi reflejo me devolvió el eco de anécdotas sepultadas, susurrándome viejos sueños que creía olvidados, animándome a perseguirlos una vez más»
Entré al cuarto de baño y me miré en el espejo. Aquella mañana noté algo diferente. El reflejo de mis ojos en el cristal dejaba asomar una curiosidad que jamás había visto.
– Hola- susurré intentando hacer la gracia. Para mi sorpresa una voz susurró:
– Hola.
Mi corazón se aceleró. Miré a mi alrededor pero no había nadie. Esa voz provenía del espejo.
– ¿Eres… eres tu?- Pregunté con voz trémula.
– Si, soy esa parte de ti que siempre te observa, -respondió- aquella que recuerda tus alegrías, tus lágrimas y tus confidencias.
Asombrado me acerqué a él.
– ¿Has estado siempre ahí?
– Siempre -confirmó- Los tropiezos son el precio inevitable del viaje. Lo que ocurre es que corres tanto, para no llegar a ninguna parte, que olvidas parar y mirarte cómo eres de verdad.
Aquello me hizo sonrojar, pero sentí el alivio de la confesión hecha a un amigo íntimo.
– ¿Qué has querido decir con mirarme de verdad? -pregunté.
– He querido decir ver más allá de las huellas del tiempo, no solo tus ojeras, tus arrugas o tu calvicie. ¡Atrévete a ver el alma que hay en ti, a la persona que en realidad eres!
Le confesé que mis ojos estaban cegados por mis propias sombras, ya que solo percibían mis defectos.
– Pues yo en ti veo un refugio de luz, una bondad sin límites y un amor inagotable.
Mi reflejo me devolvió el eco de anécdotas sepultadas, susurrándome viejos sueños que creía olvidados, animándome a perseguirlos una vez más.
El sol pareció brillar con mas intensidad, iluminando mi corazón. Sabía que con aquel diálogo, la aventura más apasionante de mi vida estaba a punto de comenzar.
@ Manuel Sanz Real

