España, organismo infectado. Anatomía de una política enferma. Por Fernando M. Gracia

España, organismo infectado. Anatomía de una política enferma.

«¿En qué momento empezamos a considerar normales síntomas que, en una democracia verdaderamente sana, deberían habernos llevado hace mucho tiempo al médico?»

Hay organismos que enferman de golpe y otros que enferman lentamente. Hay bacterias que destruyen tejidos, virus que secuestran las células para obligarlas a trabajar para ellos y parásitos que pueden vivir durante años del organismo que los hospeda procurando, precisamente, no matarlo, porque necesitan que continúe vivo para seguir alimentándose. Algo parecido sucede con los sistemas políticos. Las democracias también poseen defensas, anticuerpos, barreras, mecanismos de reparación y órganos especializados en detectar aquello que amenaza su supervivencia. Y también pueden enfermar. 

La comparación no pretende convertir a nadie en un microbio. El problema no son las personas como categoría biológica, sino determinadas conductas políticas que, cuando consiguen instalarse y reproducirse, se comportan de manera sorprendentemente parecida a los agentes patógenos. Corrupción, clientelismo, nepotismo, sectarismo, manipulación informativa, colonización institucional, burocracia improductiva y utilización partidista de los organismos públicos constituyen una auténtica microbiología del poder. 

Empecemos por las bacterias. Algunas pueden permanecer controladas durante mucho tiempo, pero encuentran su oportunidad cuando las defensas disminuyen. El clientelismo político funciona de una manera semejante. Se desarrolla mejor allí donde desaparecen los controles, donde la transparencia se convierte en un trámite y donde quien debe fiscalizar depende, directa o indirectamente, de quien debe ser fiscalizado. Primero aparece un nombramiento discutible. Después otro. Más tarde una empresa pública utilizada como refugio, una asesoría difícilmente justificable, una subvención convenientemente dirigida o una estructura administrativa cuya utilidad nadie sabe explicar demasiado bien. Cada episodio aislado puede parecer pequeño. La colonia completa ya no lo es. La corrupción tiene incluso algo de infección bacteriana. Una pequeña lesión mal atendida puede extenderse. El problema verdaderamente grave de cualquier caso de corrupción no consiste únicamente en cuánto dinero haya podido desaparecer, sino en el mensaje que transmite a todo el organismo. Si determinadas personas descubren que la proximidad al poder permite enriquecerse, promocionar o evitar responsabilidades, la bacteria encuentra nutrientes. El comportamiento empieza a reproducirse. 

España afronta actualmente un curso político en el que distintas investigaciones judiciales y casos de corrupción forman parte central de la confrontación política. No corresponde convertir una investigación en una condena ni sustituir a los tribunales mediante titulares, pero precisamente por eso una democracia sana necesita instituciones capaces de investigar sin interferencias y gobernantes capaces de asumir responsabilidades políticas incluso cuando todavía no existen responsabilidades penales. 

Los virus presentan otra característica fascinante. No disponen por sí mismos de toda la maquinaria necesaria para reproducirse. Necesitan secuestrar una célula y ponerla a trabajar para ellos. Es difícil encontrar una metáfora mejor para la colonización partidista de las instituciones. Cuando un partido comienza a considerar que una televisión pública, una empresa estatal, un organismo regulador, una administración, un consejo, una institución jurídica o cualquier otra estructura financiada por todos pertenece al vencedor electoral, el virus ya ha penetrado en la célula. La institución conserva aparentemente su forma. Continúa teniendo despacho, logotipo, funcionarios, presupuesto y competencias. Pero surge la gran pregunta. ¿Trabaja para el Estado o empieza a trabajar para quien temporalmente ocupa el Estado? 

Y aquí aparece uno de los síntomas más peligrosos de nuestra política contemporánea. Las tensiones entre instituciones dejan de interpretarse como algo natural dentro de una democracia basada en contrapoderes y comienzan a presentarse como conspiraciones del enemigo. España atraviesa precisamente un momento de elevada confrontación entre política, justicia y organismos del Estado, mientras cuestiones como la gestión de la crisis de Ceuta han producido incluso versiones discrepantes dentro del propio aparato institucional sobre qué se sabía, cuándo se sabía y cómo se transmitieron determinadas alertas. 

Después tenemos los parásitos. El parásito político es extraordinariamente interesante porque no desea necesariamente destruir el sistema. Todo lo contrario. Necesita que sobreviva. Necesita presupuestos, cargos, administraciones, subvenciones, empresas públicas, asesores, instituciones y contribuyentes. Un parásito inteligente jamás acaba voluntariamente con el organismo del que obtiene alimento. Así aparece una categoría particularmente peculiar de profesional de la política cuya actividad fundamental parece consistir en permanecer dentro de la política. No conocemos profesión anterior significativa, especialización destacable ni experiencia laboral comparable a la responsabilidad que ocupa. Pero conoce perfectamente los mecanismos internos del partido, las listas electorales, las alianzas, los congresos, las agrupaciones, las fidelidades y las enemistades. Su especialidad profesional termina siendo la propia supervivencia política. 

El ciudadano trabaja para vivir. El parásito burocrático puede terminar viviendo de organizar cómo debe trabajar el ciudadano. Cuanto mayor es la estructura, mayores son las posibilidades de alimentar nuevas estructuras. Se crea una comisión para estudiar el funcionamiento de otra comisión. Un observatorio observa aquello que previamente observaba otro organismo. Una dirección general coordina una subdirección que ejecuta un plan elaborado por una secretaría para cumplir una estrategia redactada por un comité. Todos generan documentos demostrando la necesidad de continuar generando documentos. No todo organismo público es innecesario, naturalmente. Un Estado moderno necesita una administración potente. El problema comienza cuando deja de preguntarse qué necesita el ciudadano y empieza a preguntarse qué necesita la propia administración para justificar su perpetuación. 

Existen también los hongos. Prosperan particularmente bien en lugares donde falta luz. La analogía política resulta casi demasiado sencilla. Donde disminuye la transparencia aparece el entorno perfecto para que se multipliquen adjudicaciones dudosas, contratos difíciles de explicar, conflictos de intereses, puertas giratorias y redes clientelares. La luz solar ha sido siempre uno de los mejores desinfectantes políticos. Publicidad, concurrencia, auditoría y explicación. 

Pero existe todavía un patógeno más sofisticado. El prion. Este no es exactamente un organismo. Es una proteína mal plegada capaz de provocar que otras proteínas adopten también una configuración incorrecta. Y posiblemente sea esta la metáfora más inquietante de todas para explicar la degradación política. Porque una conducta incorrecta puede normalizar otra. Si uno miente, el adversario considera legítimo mentir también. Si uno insulta, el otro incrementa el insulto. Si uno utiliza las instituciones partidistamente, el siguiente argumentará que tiene derecho a hacer exactamente lo mismo porque antes lo hicieron los otros. Si un gobierno rebaja un estándar ético, el siguiente puede utilizar aquel precedente para rebajarlo todavía más. Así comienza una reacción en cadena. Lo excepcional se convierte en habitual. Lo escandaloso se transforma en anecdótico. Aquello que hace veinte años podía provocar una dimisión pasa a necesitar primero una investigación judicial, después una imputación, más tarde un procesamiento y finalmente una condena firme antes de que alguien considere siquiera la posibilidad de abandonar el cargo. El estándar moral se pliega mal y obliga al siguiente a plegarse peor. 

Existe además una enfermedad autoinmune de la democracia. Ocurre cuando el sistema deja de distinguir entre adversarios y enemigos. El organismo termina atacando sus propios tejidos. Izquierda contra derecha. Madrid contra Cataluña. Gobierno contra oposición. Jueces contra políticos. Políticos contra jueces. Periodistas buenos y periodistas malos. Ciudadanos progresistas y ciudadanos reaccionarios. Patriotas y antipatriotas. Fascistas y comunistas. Cada grupo fabrica una identidad política que necesita convertir al otro en una amenaza existencial. 

La consecuencia es extraordinariamente rentable electoralmente. También es extraordinariamente peligrosa institucionalmente. Una población enfadada vota con mayor intensidad que una población satisfecha. Por eso la polarización puede acabar convirtiéndose en una industria. Cada bando necesita al contrario. Cuanto más monstruoso, deshumanizado, pueda presentarlo, mayor cohesión obtiene entre los propios. Es una inflamación política crónica. Es necesaria cuando existe una amenaza. El problema aparece cuando nunca desaparece. Un organismo permanentemente inflamado termina dañándose a sí mismo. De igual manera, un país permanentemente instalado en la emergencia política pierde capacidad para discutir serenamente sobre aquello que realmente determina su futuro. Educación, productividad, vivienda, natalidad, pensiones, deuda, competitividad, industria, energía, defensa, relaciones internacionales o modernización administrativa desaparecen con frecuencia detrás del escándalo de la semana. 

Tenemos también resistencia a los antibióticos. Cuando durante décadas se administran pequeñas dosis de escándalo sin consecuencias suficientes, determinados comportamientos políticos pueden acabar desarrollando resistencia. La denuncia deja de producir efecto. El ciudadano escucha un nuevo caso y responde simplemente con un encogimiento de hombros y la frase típica de “Todos son iguales”. En ese instante es cuando aparece uno de los síntomas más graves que puede sufrir cualquier democracia desde mi humilde punto de vista. No porque todos sean necesariamente iguales, sino porque el ciudadano ha dejado de creer que exista diferencia alguna. 

El cinismo es la inmunodeficiencia de la democracia. Cuando desaparece la confianza en las instituciones, los extremismos encuentran terreno fértil. Cuando nadie cree en los medios, cualquier bulo parece posible. Cuando nadie confía en los jueces, cualquier sentencia desfavorable se atribuye a persecución. Cuando nadie cree en los políticos, cualquier aventurero puede presentarse como salvador. Y es entonces cuando aparecen los oportunistas, exactamente igual que ocurre en un organismo debilitado. 

Afortunadamente, una democracia posee sistema inmunológico. Está formado por jueces independientes, periodistas rigurosos, funcionarios profesionales, cuerpos de inspección, órganos fiscalizadores, oposición parlamentaria, universidades, asociaciones civiles y, por encima de todos ellos, ciudadanos libres capaces de exigir responsabilidades también a aquellos a quienes votaron. Porque el verdadero demócrata no es quien vigila obsesivamente al partido contrario. Es quien está dispuesto a vigilar con el mismo rigor al suyo. España todavía posee anticuerpos poderosos. Precisamente por ello seguimos conociendo investigaciones, contradicciones, filtraciones, debates parlamentarios, resoluciones judiciales y denuncias periodísticas. Que afloren problemas no demuestra necesariamente que el organismo esté muerto. Muchas veces demuestra justamente que sus defensas continúan funcionando. 

El peligro aparece cuando intentamos destruir los anticuerpos porque alguna vez actúan contra nosotros. Quizás, por tanto, el problema fundamental de la política española no sea determinar qué partido constituye la bacteria, cuál representa el virus y quién desempeña el papel del parásito. Esa sería la interpretación fácil y partidista de esta metáfora. 

La cuestión verdaderamente incómoda es otra. Tal vez bacterias, virus, parásitos, hongos y priones políticos puedan aparecer en cualquier ideología cuando encuentran las condiciones adecuadas para reproducirse. Y quizá la única medicina verdaderamente eficaz sea precisamente aquello que con demasiada frecuencia queremos eliminar cuando gobiernan los nuestros. Separación de poderes, transparencia, responsabilidad, mérito, prensa libre, justicia independiente, administración profesional y ciudadanos dispuestos a castigar políticamente la corrupción venga de donde venga. 

Porque cualquier organismo puede soportar durante algún tiempo una infección. Lo que difícilmente puede soportar es acostumbrarse a vivir enfermo. Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos los españoles no sea quién ha infectado a quién, sino una bastante más inquietante. ¿En qué momento empezamos a considerar normales síntomas que, en una democracia verdaderamente sana, deberían habernos llevado hace mucho tiempo al médico? 

 

       

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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