
«Sabía que su labor iba más allá de llenar vasos, ya que su verdadera vocación era la de ofrecer cobijo a corazones maltratados»
La taberna de Leandro era mucho más que un lugar para beber. Era el sitio donde las penas se desvanecían con el vino, y las risas resaltaban las alegrías.
A Leandro no le hacía falta preguntar a nadie, ya que las historias de los clientes estaban escritas en sus rostros y él, con solo mirarlos, sabía leerlas.
Bajo la fría noche y cargado de tristeza, un forastero se sentó en el lugar más apartado de aquel garito. Leandro se acercó con cautela y le sirvió una copa de su vino más preciado. Tras un largo silencio, aquel hombre rescató del olvido el recuerdo de su hogar, de una familia que el tiempo ya había borrado. Leandro no interrumpió la conversación, tan solo se limitó a escuchar, manteniéndose en un silencio lleno de comprensión y calma.
Cuando llegó la hora de cerrar, el forastero se puso en pie más aliviado. A media voz dijo:
-Le agradezco que me haya escuchado y que no me cobre nada por los vinos.
Sin interrumpir el vaivén del trapo sobre el cristal de un manoseado vaso, Leandro esbozando una tibia sonrisa, contestó:
-En este sitio el desahogo corre por cuenta de la casa.
Aquel hombre se despidió, mientras la penumbra nocturna le fue engullendo por completo.
Al apagar las luces, Leandro fue consciente de que el amanecer le llevaría un nuevo día a su taberna; y con él, otras historias, diversas penas y momentos de alegría. Sabía que su labor iba más allá de llenar vasos, ya que su verdadera vocación era la de ofrecer cobijo a corazones maltratados.
@Manuel Sanz Real
