La queja razonada respecto a las nuevas tertulias de la radio o de la tele va por el lado de una notable pérdida de la expresividad del lenguaje.
El declive de las tertulias políticas. Por Amando de Miguel

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La queja razonada respecto a las nuevas tertulias de la radio o de la tele va por el lado de una notable pérdida de la expresividad del lenguaje.

Habrá que oír los lamentos de las distintas comunidades autónomas cuando se plantee la imperiosa necesidad de los trasvases de cuencas.

La protohistoria del territorio que iba a ser España representa una encrucijada de culturas. Es otra premonición de lo que iba a ser la historia posterior.

Tradicionalmente, la decisión automática de alzar la voz se asocia con una posición de autoridad: religiosa, militar, parental…

Tan abundante es la corrupción política en la España actual, que la elevación de los impuestos, apenas, impresiona a la masa votante o contribuyente.

En los países considerados como ricos, la población conserva la viejísima avidez por proveerse de grasa animal, de lo dulce y lo salado.

No quiero ni pensar que el débil impulso de afiliación de los españoles sea una especie de recuerdo de lo que ocurrió en la guerra civil de 1936.

Hay que avizorar un peligro: la tendencia del que se siente pesaroso, por haber obrado mal, a proyectar la culpa sobre los demás.

La secuencia del amiguismo funciona, admirablemente, en los casos de corrupción política, tan frecuentes en la España de todos los tiempos.

La tesis de sobre si es lícito matar al tirano viene de lejos, de Santo Tomás de Aquino: El rey es para el reino, no el reino para el rey.

La exaltación de la estulticia por parte de los que mandan en todos los órdenes significa que uno debe mostrarse como progresista.

El balance político resulta negativo para España. No es, solo, por la corrupción rampante. Más grave es la inclinación hacia los modos autoritarios.

Es lamentable que discurramos por una etapa tan plana. Hubo una edad de oro de la literatura española, otra de plata. Esta es la de la berza.

En mi retrospectiva personal no debo ocultar que mis tareas investigadoras, docentes o literarias han tropezado muchas veces con la censura.