La vuelta a la normalidad

LA VUELTA A LA NORMALIDAD.
La vuelta a la normalidad

 

 

“Y para colmo, vuelta a lo de Cataluña con la triste normalidad. Triste sino el suyo. Triste sino el de España”

 

 

 

Acabado el paréntesis de las fiestas navideñas, todo vuelve por donde solía. Tristeza, depresión postvacacional, crisis en la economía y caos en la sociedad. Recibos, facturas, plomazos que llaman por teléfono para venderte la moto. La vuelta a la normalidad, vamos.

Y cada vez las Navidades lo son menos. No se palpaba en el ambiente la magia de las fechas eternas sino más bien un frenesí consumista que cada año es más acentuado y que constata la decadencia del espíritu a favor del ímpetu de la materia. Otra muestra más del laicismo imperante, que tiene su apoteosis en forma de Belenes destrozados o decoraciones más propias de Feria que de Navidad.

Miríadas de bípedos acudían compulsivamente en grandes masas a los grandes almacenes para comprar las cosas que no necesitaban con el dinero que no tenían, y todo gracias al prodigio en forma de tarjeta de crédito. Mientras, le pisaban el callo a este humilde servidor que intentaba circular pacíficamente por la vía pública o comprar algún regalito para sus allegados. Pocas veces se ha visto tanta gente en la calle pero con menos ilusión; sólo el afán de adquirir artículos como si no quedara otra cosa en la vida. Sólo dos razones pueden explicar el comportamiento: la desesperación vestida de apariencia o el consuelo efímero que dan las cosas. En ambos casos, una tarea inútil que para nada sirve salvo para alimentar un ego mortecino que busca afanosamente la comparación con los demás sin percatarse de que no estamos separados de ellos.

Mas llegan las primeras nieves de enero y, con ellas, el crujir de dientes en forma de quiebra económica, mucho peor que ese hielo que se rompe en mil cristales como hacen las ilusiones rotas. Aquellos que se han gastado lo poco que tenían en fabricar una quimera forzada volverán a sufrir en sus carnes la dureza de la realidad como penitencia a su escaso raciocinio. Y para colmo, vuelta a lo de Cataluña.

Triste sino el suyo. Triste sino el de España.

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Guillermo Emperador

Guillermo Emperador

Español, bajito, republicano y alopécico. Profesor de la escuela del maestro Ciruela, boticario y bloguero en Libertad Digital con el espantoso nick de “chinito”. Ahora autoascendido a Emperador de la tierra de las Mil Naciones (España, obviamente). Tengo un blog, una coneja y muchos amigos en la Llanura de Palmaria. Nunca pensé en escribir pero la vida es un camino que lleva por derroteros extraños.

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