(IV) Dios de tejas abajo, por Amando de Miguel: Trazas de Dios en los novelistas como publicistas o intelectuales

Trazas de Dios. Ilustración de Nacho Díaz
Trazas de Dios. Ilustración de Nacho Díaz

 

 

Los novelistas como publicistas o intelectuales. Los términos religiosos en el habla y la representación popular de Dios

 

El catolicismo basal de la cultura española se distingue por el culto a las imágenes, singularmente las de Cristo, la Virgen María y los santos. A diferencia del cristianismo oriental, es rara la representación de la figura de Dios Padre. En la iconografía religiosa española no se prodiga algo tan excelso como la representación de Dios dando vida a Adán, según la entendió Miguel Ángel en la Capilla Sixtina del Vaticano. Bien es verdad que, en los éxtasis místicos, la relación se establece directamente con la divinidad. Pero de tejas abajo la imbricación con lo sagrado se hace a través de las imágenes de la Sagrada Familia y de los innumerables santos.

Queda dicho (cap. 2) que en los diálogos de las novelas leídas aparece la voz “Dios”, repetida mil veces en multitud de expresiones populares. Se trata más bien de un recurso expresivo, en el mejor de los casos una identificación más o menos consciente con la pertenencia a la cultura cristiana. Hay que dar un paso más para comprobar qué idea concreta de Dios se forman los personajes novelados y sus respectivos autores.

Dios supone la más sublime abstracción, que en el caso más alambicado puede representarse como un triángulo, una luz irradiante. Pero al final, la idea que el pueblo tiene de Dios resulta inevitablemente antropomórfica, como son todas las imágenes de iglesias y procesiones. En el relato de Gabriel Miró, El obispo leproso, un cura rural recoge “el viejo dicho (de que) si los triángulos imaginaran a Dios, le darían tres lados” (Miró 26: 129). Parece un aforismo modernista.

 

 

Visitando a Gabriel Miró
Visitando a Gabriel Miró queda claro que La figura de Dios y de sus ministros se reitera en sus novelas

 

“Al ser Dios un entre inefable, la forma de definirlo funciona como una especie de proyección de toda suerte de sentimientos de quien lo valora”

La trama de Pepita Jiménez (1874), de Juan Valera, ejemplifica el carácter específico al hacer que la divinidad sea algo más que una abstracción, al involucrarse en los sentimientos de los fieles. Después de todo, Dios es también y sobre todo persona, como las otras dos del triángulo de la Trinidad. Una particularidad de la fe cristiana es que Dios se preocupa personalmente de los individuos. Al ser Dios un entre inefable, la forma de definirlo funciona como una especie de proyección de toda suerte de sentimientos de quien lo valora. Uno bien común es la conjunción del amor divino y el amor humano.

Figuras de la Pasión del Señor
Figuras de la Pasión del Señor

“La figura de Dios y de sus ministros se reitera en las novelas de Gabriel Miró. El alicantino se recrea con el recuerdo del ambiente levítico de Orihuela, donde fue alumno del colegio de jesuitas”

La figura de Dios y de sus ministros se reitera en las novelas de Gabriel Miró. El alicantino se recrea con el recuerdo del ambiente levítico de Orihuela, donde fue alumno del colegio de jesuitas. (En el cual estudiaría más tarde el poeta Miguel Hernández). Allí debió de recibir una profunda enseñanza bíblica, que se traduce en sus escritos. Llega al cenit de la finura literaria en su obra Figuras de la Pasión del Señor (1916). Se trata de una especie de crónica novelada de los Evangelios. Seguramente formó parte de una Enciclopedia Sagrada que el autor empezó a dirigir en Barcelona, pero la empresa editorial fracasó. El primer decenio del siglo XX fue particularmente agrio por las polémicas sobre cuestiones religiosas y las consabidas quemas de conventos, Se trata de una afición muy española, difícil de explicar. Miró acumuló diversos fracasos a lo largo de su vida, como cuando quiso hacerse juez o se propuso llegar a la Real Academia Española.

El planteamiento de las Figuras… se hace desde una interpretación de Jesucristo y su círculo estrictamente judía. Lo cual contrasta con el estereotipo de “deicida” que se aplica tantas veces al pueblo judío y que recogen muchas novelas de la época. Se trata de una interpretación muy popular, que se objetiva, por ejemplo, en los pasos de Semana Santa de muchas poblaciones. Debe recordarse que en las procesiones de la Semana Santa de Lorca (Murcia) se muestran en todo su esplendor diversos símbolos y personajes del Antiguo Testamento. En esa localidad hubo siempre una poderosa comunidad judía.

Una propiedad de Dios es la de estar en todas partes a la vez. El protagonista de Las cerezas del cementerio, de Gabriel Miró se admira de esa capacidad divina. A él le gustaría estar donde no se encuentra (Miró 10: 11).

Unamuno
Unamuno

“Miguel de Unamuno recoge la tradición calderoniana para, jugando con las palabras, entender que la vida humana es “un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y que por eso le reza”

Miguel de Unamuno recoge la tradición calderoniana para, jugando con las palabras, entender que la vida humana es “un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y que por eso le reza… para adormecerle, para acunar su sueño” (Unamuno 14: 138). El párrafo resulta bastante misterioso, como tantos otros del vasco de Salamanca. Mi amigo Damián Galmés me comenta que, efectivamente, la acción de rezar a Dios puede interpretarse como una especie de sueño, de ensoñación. La prueba está en los varios pasajes de la Biblia, en los que Dios inspira una conducta humana a través del sueño, bien directamente o a través de un ángel. De tejas abajo es el efecto psicológico de lo que popularmente se conoce como “consultar con la almohada”. Es decir, durante el sueño se activa alguna idea o resolución que no había aparecido conscientemente. Nada mejor que el sueño para comunicarse con Dios.

El párroco don Manuel, el protagonista del relato San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno, se sabe intérprete de Jesucristo, cuando consuela al reo de esta forma: “Mira bien si Dios te ha perdonado, que es lo único que importa” (Unamuno 31: 118).

Como es fácil suponer, la idea que se forman de Dios los personajes novelados responde a la posición ideológica del autor y a las circunstancias de la historia correspondiente. Aporto algunos testimonios dispares.

Reflexiona Ramiro, el protagonista de La tía Tula, de Unamuno, en este caso como personificación del autor: “La oración no es tanto algo que se haya de cumplir a tales o cuales horas, en sitio aparatado y recogido y en postura compuesta, cuanto en un modo de hacerlo activamente, con toda el alma y viviendo en Dios” (Unamuno 21: 86). Dice la tía Tula: “Lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás” (p. 150).

El seminarista Luis de Vargas, protagonista masculino de Pepita Jiménez, antes de enamorarse de Pepita, escribe a su director espiritual: “Yo entiendo que el mal debe conocerse para estimar mejor la infinita bondad divina” (Valera 74: 21). Se anticipa que el amor divino lo va a materializar el dubitativo seminarista en el amor humano.

Hay que apuntar también la visión de los anticlericales. El conde de Baselga, antiguo militar carlista, en la novela La araña negra, es así descrito: “Veía en todas partes la mano de aquel Dios poderoso, vengativo y repleto de todas las pasiones humanas, del cual eran legítimos representantes los jesuitas… (Se trataba de) un Dios iracundo y vengador” (Blasco Ibáñez 92, I: 340). El autor es un ateo militante, obsesionado con el poder de los jesuitas, que objetivamente, en la época considerada, se asociaban claramente con la clase aristocrática más conservadora.

La Familia De León Roch de Benito Pérez Galdós
La Familia De León Roch de Benito Pérez Galdós

“En La familia de León Roch, de Galdós, María se muestra despechada, aceptando la calumnia de que su marido había tenido una hija con una antigua novia”

En La familia de León Roch, de Galdós, María se muestra despechada, aceptando la calumnia de que su marido había tenido una hija con una antigua novia. Y estalla: “Dios me bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido a otras haciéndolas madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos” (Galdós 78: 887).

La creencia general en un Dios justiciero (premios y castigos en la otra vida y quizá también en esta) lleva a consecuencias prácticas para el discurrir cotidiano. Por ejemplo, En el diario de Bertuco, el alumno del colegio de jesuitas de Regium (Gijón), personificación del autor en la novela A.M.D.G., se encuentra esta infantil reflexión: “Yo quiero a la Virgen porque es muy buena y hace milagros con los que son sus devotos. En cambio, Dios, tal como nos lo pintan los Padres, es muy malo. ¡Perdón, Dios mío! Quiero decir que castiga mucho y no perdona nunca” (Pérez de Ayala 10: 328). Hay que comprender el contexto de un internado en el que los alumnos eran sometidos a terribles castigos, a veces degradantes. El lector de hoy deberá pensar que hace más de un siglo la disciplina de muchas instituciones totales, como los internados de frailes, era mucho más cruel que la de las cárceles actuales.

Hay más ejemplos. El personaje de don Claudio, maestro de primeras letras de Rodillero (Cudillero), en la novela José, de Armando Palacio Valdés, “pensaba que el castigo (a los alumnos) no era un mal, sino uno de los dones más deleitables y sabrosos que el hombre debía a la Providencia de Dios” (Palacio Valdés 85: 19). Hay que precisar que en ese caso los castigos eran arbitrarios y sistemáticos. En esa misma novela dice el autor: “Los habitantes de Rodillero son profundamente religiosos. El peligro constante en que viven (por las rudas faenas de la pesca) les mueve a poner el pensamiento y la esperanza en Dios” (p. 9).

Se puede rastrear otra visión en Marta y María, del mismo autor. Este es un cura de pueblo en una villa asturiana de la costa, Nieva (seguramente Avilés, donde el autor vivió muchos años): “Abandonó el camino trillado de hablar de las penas materiales del infierno, y solo descubrió los padecimientos espirituales, las congojas y las angustias que el alma siente cuando se ve privada por su culpa del amor del Creador…La muchedumbre (de fieles) escuchaba inmóvil y aterida” (Palacio Valdés 83: 59). Se trata de la “pena de daño”, no ver a Dios, frente a la “pena de sentido”, la de las llamas del Infierno, que es la tradicional.

En otra novela de Palacio Valdés, Santa Rogelia, el personaje central femenino abandona la práctica religiosa al encontrarse en la situación de aparentar ser una señora casada con un médico eminente. Con él vivía muy feliz, pero su situación legal era confusa, pues la mujer estaba casada legalmente con un hombre que había sido condenado a cadena perpetua por asesinato. Rogelia se siente angustiada al cavilar que alguien podría descubrir su secreto, esto es, la incongruencia de su estatuto marital (Palacio Valdés 26: 175). Abrumada por su problema, Rogelia se refugia en la lectura de los Evangelios y de las cartas de San Pablo, obras que le resultan apasionantes (p. 175). La muerte de una amiga suya, a la que había atenido con sumo cuidado, le aviva la conciencia de vivir en pecado, al haber fundado un hogar feliz, pero ocultando su situación de previamente casada (p. 194). Movida por una fuerte crisis de conciencia, decide abandonar al médico con el que vivía y al hijo de ambos. De esta forma considera que puede expiar su pecado (p. 198). Huye secretamente del hogar con lo puesto y se instala en Ceuta para estar cerca de su marido, su “marido ante Dios”, que estaba recluido en un penal (p. 205). El cual le propina todo tipo de improperios y malos tratos. Tras una serie de tribulaciones sin cuento, el marido se suicida. Rogelia vuelve a su verdadero hogar con el médico y el hijo de ambos. El relato resulta melodramático, como lo exigía el género de la novela naturalista. Lo significativo es el peso del factor religioso, hasta el extremo del escrúpulo de conciencia, en el drama de la protagonista.

En otra novela del mismo autor, El origen del pensamiento, se describe el ambiente de las tertulias de los cafés madrileños en las que se hablaba de todo. También de religión, con el debate de si se trata de un hecho universal o si hay pueblos ajenos a tal sentimiento. Los defensores de la teoría relativista consideran la ciencia como un sustituto civilizado de la religión. Para ellos la figura de Cristo es simplemente la de “un judío exaltado” (Palacio Valdés 95: 30).

Jardiel Poncela escribe La turnée de Dios
Jardiel Poncela escribe La turnée de Dios, novela casi divina

“Al llegar la República, y como una suerte de homenaje satírico, Enrique Jardiel Poncela escribe La turnée de Dios, una novela irónica que dedica “a Dios, que es muy simpático”

Hasta ahora hemos visto ilustraciones del clima de opinión que existía en la generación del XIX de la época considerada. Andando el tiempo, se acelera el proceso de secularización. Al llegar la República, y como una suerte de homenaje satírico, Enrique Jardiel Poncela escribe La turnée de Dios, una novela irónica que dedica “a Dios, que es muy simpático”. El autor parece influido por las vanguardias y por Ramón Gómez de la Serna. Ejerce un nuevo sentido del humor, que, pocos años más tarde, será el que cristalice en La Codorniz. Confiesa el autor: “Se puede no tener fe y, no obstante, llevar dentro arraigado, letal, innato e inconmovible, el sentido de la religión” (Jardiel 32: 13). Y su juicio crítico: “Desde que hemos vuelto la espalda a Dios todo va en el mundo de cabeza” (p. 17). O de forma más general: “la Humanidad ha vuelto la espalda a Dios y, desde entonces, anda más desgraciada que nunca” (p. 22). Después de esas páginas programáticas, el argumento da un vuelco y desarrolla la fantasía de la aparición de Dios en el Cerro de los Ángeles (Madrid). El lector se dispone a gozar de una serie de disparates cada vez más hilarantes. Ante el anuncio de la aparición, se organiza en Madrid una manifestación de millones de personas venidas de todo el mundo. Se suman hasta los comunistas. El marqués de Luca de Tena propone que el autor le haga una interview a Dios. En el cuestionario figuran preguntas comprometidas sobre la forma ideal de Gobierno, el fin del mundo, la posibilidad de otro diluvio, etc. Los Caballeros de Colón, de los Estados Unidos, sufragan el viaje del Papa al Cerro de los Ángeles para asistir al acontecimiento. Para asombro de los lectores, Dios reconoce que la forma de Gobierno ideal es la dictadura. Se celebra un banquete de homenaje a Dios con cerca de dos mil comensales. El lector puede encontrar, divertido, muchos más disparates. Es claro que Jardiel desea provocar una sátira, precisamente al año de proclamarse la II República, en el cenit de popularidad de Azaña.

Un poco antes de la novela de Jardiel, el médico César Juarros escribe Sor Alegría, con un espíritu netamente materialista. El autor desliza este sarcasmo: “Los ególatras que toman al pie de la letra el alivio general de a imagen y semejanza de Dios son capaces de tal soberbia por no haber sido chiquillos inmediatamente después de salidos del vientre de la madre (con su) cara de borrachos (y) estúpida la expresión” (Juarros 30: 39).

Manuel Azaña, antes de llegar a ser el prohombre de la II República, publica unas memorias noveladas, El jardín de los frailes. Vienen a ser una especie de ajuste de cuentas con la “clericatura” de los agustinos de El Escorial. Recuerda que la formación religiosa de ese centro se reducía al terror de las postrimerías. “El puro concepto de lo divino era inabordable. Dios, en cuanto dejaba de ser el Señor bondadoso, de barbas níveas, que nos tuvo en sus manos durante la infancia, se transmutaba en un triángulo con un ojo en medio” (Azaña 26: 57). El oscuro escritor, pocos años después se sintió elevado al poder político y dejó para la Historia su famosa sentencia de “España ha dejado de ser católica”. O también: “Todos los conventos de Madrid no valen lo que la vida de un republicano”. Es fácil suponer que se trataba de justificaciones de la política anticatólica de su Gobierno. La obrita El jardín de los frailes, aunque de forma novelada, bien podría haberse titulado “Memorias de un resentido”, y no solo en el plano religioso.

 

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Amando de Miguel

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

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