La Sociedad Civil no tiene que consentir la mentira política. Por Gerardo Hernández Les

Contra la mentira política. En la imagen la manifestacion convocada por Sociedad Civil Malagueña en defensa de la unidad de España.
Contra la mentira política. En la imagen la manifestacion convocada por Sociedad Civil Malagueña en defensa de la unidad de España.

«Los ciudadanos no tienen por qué consentir, hasta las siguientes elecciones, la mentira política de quienes les representan y, en consecuencia, la sociedad civil debe de organizarse y salir al paso»

En el transcurso del último año los analistas internacionales no dejaron de especular sobre escenarios nada optimistas, tanto en la dificultad del equilibrio geopolítico de las tres grandes potencias (China,USA y Rusia), como en la inestable situación de los mercados en el terreno económico. Lo que nadie imaginaba es que este incierto panorama iba a ser asolado por la irrupción de la pandemia del coronavirus.
Este mazazo no va a respetar a nadie en ninguna parte, pero en España adquiere unas especiales connotaciones, al estar instalado en el poder un Gobierno que no dudaríamos en calificar como el menos competente de los que nos han tocado en suerte a lo largo nuestros 40 años de democracia. Su gestión de la crisis sanitaria no puede ser técnicamente más insolvente  y políticamente más demagógica. La crisis de hoy pasará, pero lo preocupante es que cabalga sobre una crisis política de más difícil solución, a la que nos tendremos que enfrentar los ciudadanos con el mismo coraje con el que damos la cara al COVID-19. Y es a ésta última a la que me quiero referir.
El hecho que los socialistas formen con los podemitas el único gobierno socialcomunista en Europa –lo que en términos históricos sería un gobierno de Frente Popular– lo bendice el sistema parlamentario, al ser la conjunción legítima de unos resultados electorales. Lo que causa rechazo a la ciudadanía, al no tener estos dos partidos suficientes escaños para alcanzar una mayoría en el Congreso de los diputados, es el intentar lograr esa mayoría entregándose a los partidos separatistas que no acatan la Constitución y pretenden crear un Estado propio aprovechando la debilidad del PSOE y la ambición de su jefe político. Este es el verdadero motivo del escándalo, máxime cuando el presidente del gobierno ha despreciado explorar un acuerdo con los partidos constitucionalistas para la formación de gobierno.
Si la Mesa de negociación entre el Gobierno de España y el de la Generalitat ya es difícil de digerir en si misma -además de rechazar a interlocutores de la Cataluña no independentista–, hay otro componente que hace este proceso sencillamente inasumible y no es otro que el uso abusivo e inescrupuloso de la mentira política. Dice el presidente del Gobierrno que hay que encontrar una solución para el conflicto de Cataluña y que no hay otro camino que el diálogo. La verdadera razón de esta negociación la oculta: es que para aprobar los presupuestos necesita los votos de ERC, JUNTS PER CAT, PNV, BILDU y demás grupos nacionalistas y regionalistas. Y la otra razón la falsea. Suponiendo que sea necesario abrir un nuevo diálogo con Cataluña para reencontrar un nuevo consenso de país, habría que hacerlo desde una fortaleza constitucional que solo sería posible desde la unión de todas las fuerzas constitucionalistas y no desde la debilidad del actual gobierno, que solo puede llevarnos a un callejón sin salida a él mismo y al resto de los españoles, después de haber sido engañados de forma inmisericorde.
Hablar de engaño es una forma piadosa de referirnos a un tipo de fraude electoral de dimensiones considerables. El candidato del PSOE, que ya cargaba sobre sus espaldas el pesado fardo de haber plagiado su tesis doctoral, se retractó al día siguiente de los comicios de todo el programa que había defendido en la campaña electoral y se abrazó a todos aquellos a los que había anatemizado. Como remedo de un esperpento valleinclanesco no está nada mal, pero como ejemplo de unas elecciones democráticas cabe preguntarse: ¿a los electores que han sido engañados les ampara alguna forma de reclamación? Es posible que los militantes socialistas no tengan remordimiento del voto ejercido, por su querencia a las siglas y por la eficacia de haber derrotado a las derechas. Pero el resto de los votantes de Pedro Sánchez, no militantes del partido, ¿pensarán lo mismo?
La concreción de esta cascada de mentiras -que alcanza su cénit en el rocambolesco episodio del ministro Ábalos con la vicepresidenta de Venezuela- se está viviendo ahora en la antedicha mesa de negociación con los independentistas catalanes. Por más que la vicepresidenta de nuestro gobierno no se cansa de repetir que en esa mesa no se negociará el derecho de autodeterminación de Cataluña, es de eso, y principalmente de eso, de lo que se hablará (junto a la salida de los presos), porque la discusión sobre el referéndum de autodeterminación es la condición sine qua non para que le aprueben los presupuestos al Gobierno. ¿Hasta donde estará dispuesto a llegar el Presidente? ¿A reformar la Constitución para incluir tal derecho? Nadie lo sabe. Lo que nadie puede creerse es que quienes han decidido romper definitivamente con la Constitución y con la Autonomía -y nunca han llegado tan lejos en la posibilidad de alcanzar la independencia– van a ser reconducidos con el señuelo de un nuevo Estatuto con mayores cotas de soberanía que el de Zapatero y Maragall de 2006, que es la oferta que realmente parece llevar entre manos Pedro Sánchez (además de una ingente cantidad de dinero para infraestructuras).
Los ciudadanos no tienen por qué consentir, hasta las siguientes elecciones, la mentira política de quienes les representan y, en consecuencia, la sociedad civil debe de organizarse y salir al paso. Sociedad Civil Malagueña ya lo hizo el pasado 27 de octubre, convocando a los ciudadanos a defender la Constitución, cuando entendimos que la situación así lo exigía. Mantenerse en el poder no es admisible a cualquier precio. Los pactos que este gobierno está anudando con los enemigos de la Constitución son pactos antinatura, porque en ellos se incuba la mutación del régimen del 78, dejando fuera de juego al Parlamento y a los ciudadanos. Este es un problema que va más allá de la dialéctica izquierda-derecha. Después de la Transición, el PSOE jugó un papel decisivo en el desarrollo de la nueva democracia, homologable al papel desempeñado por la izquierda en el resto de Europa. El partido que dirige ahora Pedro Sánchez está cuestionando esta trayectoria y está poniendo en juego el propio futuro de su formación, salvo que sean sus propios militantes, antes que sus votantes, los que acaben con esta deriva. 
Gerardo H. Les

Gerardo H. Les

Médico de profesión, con la especialidad del aparato digestivo, he representado a los médicos de la Seguridad Social en la Junta de los Médicos del Colegio Oficial de Madrid, donde en su Diputación también he dirigido los Servicios Sociales. En el Principado de Asturias asumí el cargo de director de la la Salud Pública entre los años 1985 y 86. Y he tenido el privilegio de ser el Vicepresidente de la Cruz Roja en la Comunidad de Madrid y en las elecciones del 2008 ser cabeza de lista al Congreso de los Diputados por el partido UPyD. En la actualidad, presido la Asociación Civil Malagueña.

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