
«Maldigo la equidistancia y a cada uno de los equidistantes felices en el limbo seco de la manipulación que les asegura que lo mejor para la convivencia es no mojarse»
Maldigo la equidistancia y a cada uno de los equidistantes felices en el limbo seco de la manipulación que les asegura que lo mejor para la convivencia es no mojarse por el qué dirán, a esa legión de buenistas que repiten las consignas mas obvias y falaces como si fueran suyas, que no distinguen la cáscara del corazón porque ahora no es el momento de criticar sino de ayudarnos todos aplaudiendo desde el balcón. Que saben de la necesidad de los test masivos pero por algo el gobierno no los hará y que claro, que nos falta algo tan necesario como el Imagine.
Maldigo a cada una de las equidistantes que se conforman con ir a comprar bragas de baratillo mientras no pueden visitar a sus madres porque el fraudillo impone una dictadura que desde hace dos meses cantan con el estribillo del Resistiré por solidaridad y resignación en el impuesto estado de alarma. A los que no han podido enterrar a sus muertos pero se creen vivos en su salón de estar.
En memoria del bendito oficio maldigo a los periodistas que han decidido vivir en el infierno de la mentira y la difamación y por supuesto, también maldigo la equidistancia de cada uno de esos políticos que asumen la traición como moneda de cambio para disfrutar de su poltrona y convencen con el bolsillo lleno a sus tranquilos y satisfechos súbditos. A esos otros como Ignacio Aguado de Ciudadanos y vicepresidente de la Comunidad de Madrid, que solo apuestan por sí mismos mientras despistan con el farol de la crispación, la moderación y esa frase hecha para equidistantes de pro, y cum laude, sobre la importancia de no tensionar a la sociedad. A su jefa Inés Arrimadas que permitió en el Congreso la propagación de la peste política que el Gobierno de coalición propaga y que ahora quizás caiga en la cuenta del engaño del mentiroso con patas que sufrimos como presidente del Gobierno.
Y maldigo a cada uno de los cobardes que disfrazan su miedo con la equidistancia de esos supuestos superiores, en realidad borregos, que viven mejor sin denunciar al asesino, al ladrón o al violador, ni al corrupto, para no crearse problemas en el confortable sillón desde el que ven, y se comen con las palomitas, cada una de las mentiras interesadas que les venden cada día. Y por supuesto a cada uno de los representantes de la extrema izquierda que representa Podemos por convertir al adversario político en el enemigo al que desean la muerte y en esencia, a toda esa corte sanchista de nacidos para la gloria con el dinero público, y de alma tan mísera como sus insultos y conciencia tan barata como sus bragas de baratillo.

