Padre Nuestro … La vida se ha envilecido entre mascarillas multicolores. Por Rodolfo Arévalo

Padre nuestro… La vida se ha dormido entre mascarillas multicolores. Ilustración de Tano y Pier
Padre nuestro … La vida se ha dormido entre mascarillas multicolores. Ilustración de Tano y Pier

Padre nuestro… La vida se ha dormido y envilecido entre mascarillas multicolores. ¿Qué festivo, no? ¡Qué alegría de vivir…»

Padre nuestro… La vida se ha dormido y envilecido entre mascarillas multicolores. ¿Qué festivo, no? Y salvo las blanquiazules sobrias, de hospital, las que han visto de cerca la muerte y no verán resurrección, ninguna rezuma más dolor que el que pueda expresar un gesto oculto del que perdió, algún familiar o amigo. Sin embargo aunque haya rictus de dolor oculto y lágrimas que no quieren manar, los muertos ya descansan en paz de esta época absurda en sus oscuras cunas de eternidad, pero cuidado, nos dicen, el final aún no ha llegado.

Y es verdad, el final nunca llega en esta sociedad que ha perdido todos los valores, morales y éticos. El peligro mecido en irresponsabilidades, de quienes aún no aceptan pandemia como algo real en sus jóvenes mentes, no se deja domar. Tampoco son menos responsables quienes no supieron educar en la madurez y la seriedad, aunque España siempre haya sido el país de la fiesta. Y luego hay otra parte, la que se podría intuir, y muchas veces ya aceptamos como una enfermedad más, de la que solo nos librará el voto, una cruz roja en la mascara justo sobre la boca y los labios…

Silencio, no te salgas del tiesto, no presupongas nada, no digas nada, no eres libre de opinar, aunque lo que digas pueda ser real y libre, maldito bulo dixit . Si, tontorrón, vives en democracia, esa en la que el dictador es quien te roba la voz de los medios de información.

Frente a él solo hay una solución, apagar el televisor, su altavoz de mentiras. Aquí y ahora solo conviven dos enfermedades, una física, la otra mental. De la física se saldrá tarde o temprano por necesidad, por curación o por fatal desenlace, pero se saldrá. De la otra, la que ocultan las miles de millones de mascarillas, multicolores, multipersonales, multiculturales, de esas será más difícil salir.

Las tienen bajo celemín y no las quieren iluminar. Eso quieren los guías que levantan la antorcha de una única verdad, la suya esa que llevará a todos otra vez a hacer el tonto en la fiesta de la democracia , que nos venden cada cuatro años. Quieren llevar la voz cantante. ¿Por qué?. He ahí la pregunta…

Puedo preguntar y pregunto porque un muro de silencio y una cruz roja dibujada sobre nuestras mentes y bocas será la única respuesta. Frente a ellas el puro egoísmo y deseo de poder absoluto. Da igual, vivimos una falsa democracia, en la que los muertos y los vivos no podemos decir nada porque no tenemos voz, y aunque la tuviéramos, daría igual, los oídos de quién tiene que oír están cerrados a su psicopatía.

Estaremos muertos sin saberlo, se habrá parado todo alrededor, sin que tengamos conciencia de ello. Un mundo triste sometido y sin saberlo, lo ha conseguido la globalización. A algunos esta pandemia les vino de perlas, y como no supieron que hacer, la aceptaron como mal menor y, cuando altiva se empezó a retorcer sobre sus cuellos asustados echaron balones fuera. Pero no, siempre hay quién saca ventaja de las desgracias ajenas. Algunos estaban muy bien colocados. No la calle no, echaron los balones hacia otros individuos que no tenían mando en plaza.

Que fácil echar la culpa a los empedrados. Se trata siempre de hacer naufragar los triunfos de un gobierno de Capital que supo hacer bastante bien las cosas, frente a quienes no supieron. El gobierno nacional, ese que se ocultó, que se escondió, en vacaciones inmerecidas mientras alrededor algunos profesionales de la medicina y de la enfermería, siguieron, más relajados sí, pero sabiendo que en cualquier momento volvería el caos.

Ahora se reincorporan al suplicio de la lucha contra la muerte. Solo piden tal vez que no les abandonen a su suerte, indefensos, desprotegidos, desconsolados. Gentes que han dormido su cansancio en el suelo sobre sus propios abrigos a salto de mata. Son testigos de la muerte, han visto miles de seres humanos abandonando la vida, a veces conscientes, a veces sin conciencia. Muchos pidieron hablar por última vez con sus familiares, y lo hicieron en la frialdad de un teléfono con vídeo, que algún alma piadosa prestó. Los deudos no pudieron coger la mano del que se iba, impotente, sabiendo que esa todavía no era su hora y que dejaba muchas cosas por hacer. La más importante abrazar a sus íntimos y despedirse mientras les deseaba lo mejor. Un apretón de la mano, un beso, una sonrisa de alivio…

Nada, se enfrentaron como héroes solos a la nada. Lo digo yo que no creo en la vida eterna de ningún tipo. Pero ojalá existiera, para que un Padre Nuestro rezado por la multitud hubiera podido acompañar las almas fuera de sus cuerpos. Ya no importa, ahora enseñan a los jóvenes en imágenes los ataúdes para intentar evitar más muertes, pero es tarde, no sabemos por qué es tarde.

Alguien quiso que fuera tarde, que nada se pudiera hacer antes. Las vacunas… quién sabe, tal vez lleguen con todas las garantías el próximo verano. Pero un país que ha perdido hombres y mujeres, incluso niños, como si hubiera padecido una guerra o casi una guerra, ¿tendrá fuerzas para alzarse con muy pocos recursos de sus cenizas como ave Fénix? Vayan ustedes a saber.

Ya lo vamos notando todos, unos por desgracia más, tardarán en volver a su vida, otros menos pero también padecerán. ¿Quién fue el culpable? ¡Hay tantos!. Es probable que nunca se sepa la verdadera historia de este año maldito, pero seguro que esa verdad está guardada a cal y canto en algunos cerebros. Y entre otros organismos por una fiscalía que se ha revelado sectaria, según con quién.

Porque hay cosas que son tan terribles, cosas como el 11-M, que nadie se atreve a desvelar así hayan pasado decenas de años. Las dejan pudrirse en el baúl del tiempo hasta que muchos de los responsables han muerto de pura vejez y ya nunca más habrá culpables, ni actores, ni promotores, ni ejecutores, ni nada de nada. Solamente quedan las cruces y lápidas de los muertos. Y todavía tendremos que estar agradecidos porque no fuera un virus como el del Ébola. Solo queda alzar ese Padre Nuestro, que yo solo puedo rezar a mi padre, al verdadero, que ya no está conmigo, no murió de Covid, pero los de otros muchos sí. Descansen en paz. Padre nuestro…

Rodolfo Arévalo

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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