
«Las calles están encharcadas de sangre ficción de los desheredados españoles, los actuales Santos Inocentes, desheredados de la esperanza»
Esta mañana a las seis y media, he sacado a pasear a mi perrita Mitsuko, una simpática, pequeña y cariñosa chihuahua que tiene éxito natural entre niños y señoras de variopinta edad. Afortunadamente ella camina y olisquea, indiferente a todo lo demás. Las calles están encharcadas de sangre ficción, pero eso ella no lo nota, es sangre pastosa de heridas de teleserie, ahuyentadora de realidades más crueles, la que se extrae de la vida individual, y los cuerpos, trabajos y negocios, sangre de los Santos Españoles, los actuales, los Santos Inocentes, desheredados de cultura, esperanza, metas futuras, esperanzas de tener gobierno y sobre todo un presidente que adopte las medidas necesarias que garanticen la renta per cápita española.
No están los tiempos para alharacas, ni festejos, no hay más que comparar las cesta de la compra de hace un año, con la actual y aunque haya bajado el precio de la luz, vaya usted a saber si no ha sido una inocentada adelantada, que vendrá seguida de otra subida incontrolada. De lo único que podemos estar seguros los Españoles, que no quisieron nucleares, es de que la energía nos va a costar lo que no está escrito, y también lo que lo está. También estaremos seguros de que en este año que comienza, en unos poquísimos días el frío sí habrá llegado a su tiempo, lo que me recuerda que tengo que podar los rosales de mis tiestos, para que repunten lustrosos y bellos en primavera.
No sé si me apetece hacer este trabajo, porque estoy desesperanzado con mi futuro, no solo en general, si no en concreto. Cuando uno está jubilado, palabra extraña, pues debiera significar en estado de júbilo, a mi se me antoja estado de espera de una nada absurda, esa nada que hay hasta el día en que tus hijos decidan llevarte a un asilo para que no des la lata puesto que tu nombre ha mutado al Griego, ya no sirves para nada ahora eres “Estorbas” de Mileto, o de cualquier otra parte.
Puede que uno mismo no lo sepa, pero es verdad porque cada día que pasa vas siendo más torpe, primero sutilmente, luego más acusadamente, olvidas las cosas, las palabras, y hasta la medicación que te toca y cuándo la has de tomar. Perder la memoria aunque sea la cercana es un tormento, es agobiante, sobre todo porque angustia estar perdido en un mundo sin paradas que aten la realidad al tiempo, por no poder establecer puntos del día que cierren las horas pasadas de las que quedan por pasar.
Cerrar las ideas, y pequeñas obligaciones propias, es fundamental para saberte vivo. Ese momento de pequeñas lagunas, que son normales, es malo, pero peor aún, salvo que ya no seas capaz de controlar esfínteres ni dirigir tus actos, es el momento en te das cuenta de que tu capacidad de reflexionar y opinar se ha transformado en un mero montar y desmontar las piezas de un rompecabezas sencillo, que alguien te pone delante para que tus pérdidas no vayan tan deprisa. Luego, el rompecabezas se sustituye por un cuaderno para resolver cuentas sencillas, que hace pocos años no eran problema y hoy día se convirtieron en ejercicios de primaria reales.
Son asuntos que he visto cerca, con una diferencia de edad de apenas veinte o veintiséis años que me separaban de mi madre y hoy me separan de mi suegra. Ese es el futuro piensas, necesitar ayuda casi para todo lo importante. Hasta aquí aún no es preocupante, pero sí empieza a serlo cuando te empiezan a hablar como si tuvieras seis años, más que nada por tratarte de manera mimosa y comprensiva. Te das cuenta de que tu cerebro está volviendo hacia atrás, ya no aprende, solo olvida y debes fijar, como cuando eras un niño pequeño, cuales son las cosas importantes ahora para ti.
No lo son el universo, el arte, la tecnología, la política ni las ciencias sociales, no, lo eres tu, tu pequeño y reducido mundo, en el que lo más importante quizás de las horas del día sean el desayuno, la comida y la cena. El resto del tiempo hasta completar las veinticuatro horas es ver la tele y dormir, cual lirón, o marmota en invierno. Y es que claro éste, el invierno de la vida se acerca ya a pasos agigantados, una pena.
Lo que pasa es que por el momento, todavía estoy, que no es poco, todavía soy consciente de todo y esta mañana a las seis y media, cuando he sacado a pasear a mi perrita, las calles estaban encharcadas de sangre ficción, sangre pastosa de heridas de teleserie, ahuyentadora de realidades más crueles, la que se extrae de la vida individual, y los cuerpos, trabajos y negocios, sangre de los Santos Españoles, los actuales, los Santos Inocentes, desheredados de cultura, esperanza, metas futuras, esperanzas de tener gobierno y sobre todo un presidente que adopte las medidas necesarias que garanticen la renta per cápita española. Quiero fijar mis preferencias y gustos para no acabar siendo un Santo Inocente más.

