«Las uvas de la ira». Por Teresita Ávila

«Y conseguirán hombres. Hombres hambrientos. No se puede alimentar a la familia con veinte centavos la hora, pero se coge cualquier cosa. Te llevan por donde quieren. Subastan los trabajos sin más. Dios mío, dentro de nada nos harán pagar por trabajar».

 John Steinbeck, Las uvas de la ira

Las uvas de la ira

«No sabemos con certeza qué nos depararán los años venideros, si será un flashback como el mostrado por Steinbeck en su obra o tendrá que ver más bien con la distopía descrita en la película Interestellar»

Resulta inexplicable que el pasado domingo día 14 de mayo, la convocatoria auspiciada por la plataforma SOS Rural —que agrupa a más de un centenar de asociaciones del mundo rural y del sector primario[1]— apenas consiguiera reunir en Madrid, frente al Ministerio de Agricultura Pesca y Alimentación, a unos pocos miles de asistentes en los aledaños de Atocha, en la plaza del Emperador Carlos V. En principio, es muy llamativo que —siendo tan importantes las cosas del comer— el alcance haya sido menor que en otras ocasiones, achacándolo —según informa ABC— a la ausencia de sindicatos como COAG. Una hipótesis plausible que ha podido motivar la escasa participación ciudadana bien pudiera deberse a la coincidencia con las fiestas del patrón de la ciudad. Mientras haya circo en abundancia, la despreocupación campa a sus anchas.

Pero leyendo a salto de mata algo de lo sucedido a través de diferentes medios, caí en la cuenta de la relevancia de los hechos. De los porqués ocultos, de los intereses que elevan al éxito y condenan al fracaso unos acontecimientos frente a otros, a pesar de la causa común bajo la que han comparecido alrededor de 500 organizaciones de agricultores, ganaderos, mujeres rurales, cazadores, pescadores, comerciantes, transportistas o autónomos (La Vanguardia). Hace tiempo que el terreno lo abonaron para crear una imagen distorsionada del mundo rural, fomentando un alejamiento de la sociedad no solo físico, en distancia geográfica, sino ideológico. El desarraigo lo padecen también quienes proceden de ese ámbito, pues apenas hay relevo generacional en el sector. Por el contrario, destaca hoy en día el enfático uso y abuso de términos como “naturaleza”, “ecología”, “diversidad”, “sostenibilidad” en campos que atañen a sectores diversos, desde la moda a la alimentación, hasta lo relacionado con el turismo y la movilidad. Todo ello convenientemente etiquetado con su correspondiente “bío” o “eco” que, en lugar de apuntalar, contribuye más bien a desacreditar y a empobrecer la carga semántica, ese valor añadido que pretenden otorgar a sus productos.

Todo se ha mercantilizado y envilecido. Al repasar el discurso de ingreso en la Real Academia Española leído por Miguel Delibes el 25 de mayo de 1975, El sentido del progreso desde mi obra, pueden apreciarse ideas que continúan en plena vigencia casi cincuenta años después, con las que dolorosamente ha dado en la diana (siendo como era Delibes un gran aficionado a la caza). Y como ejemplo, cito solo dos de ellas extraídas del apartado “El signo del progreso”:

«La tecnocracia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos. En el siglo de la tecnología, todo eso no es sino letra muerta. La idea de Dios, y aun toda aspiración espiritual, es borrada por las nuevas generaciones (…)»

Y más adelante:

«Los carriles del progreso se montan, pues, sobre la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. Pero ¿en qué consiste el bienestar? ¿Qué entiende el hombre contemporáneo por “estar bien”?»

A la luz de lo que percibimos, el futuro parece teñirse de colores sombríos, empujados por la voracidad de unos pocos codiciosos, de un Estado reo del capitalismo más despiadado que tiene como objetivo fagocitar recursos y desposeer de todo aquello que signifique independencia, soberanía y un verdadero bienestar. Y que devuelve a sus mantenedores, a cambio, químicos que empobrecen la tierra y la envenenan. Ayudas que no son tales, sino fosas profundas que acaban por hacer imposible la continuidad de las actividades del sector, obstaculizando cualquier iniciativa, a través de normativas asfixiantes. El futuro no es verde, ni diverso. Es un negro caparazón. El disfraz tras el adjetivo ´limpio´, algo que chirría y no escapa al observador atento.

En los años cuarenta, John Steinbeck supo retratar en su novela Las uvas de la ira —que recibió el Premio Pulitzer— los años de la Gran Depresión iniciada en el 29, agravada, además, por el Dust Bowl [2], las fuertes tormentas de polvo, que dañaron un vasto territorio. La familia Joad iniciará su éxodo por la famosa Ruta 66 [3], en busca de la tierra prometida que la propaganda de la época situaba en California, junto con otros miles de seres desesperados y arruinados por la pérdida de sus cosechas. El sueño americano no se cumplirá en esta ocasión, sometidos por la codicia de las corporaciones. No sabemos con certeza qué nos depararán los años venideros, si será un flashback como el mostrado por Steinbeck en su obra, o tendrá que ver más bien con la distopía descrita en la película Interestellar en un no tan lejano 2067.

¿Cómo se puede asustar a un hombre que no solo carga con el hambre de su vientre sino también con el de sus pobres hijos? No se le puede atemorizar porque este hombre ha conocido un miedo superior a cualquier otro. (Capítulo XIX)

 

Notas_____________

[1] https://www.libremercado.com/2023-04-15/sos-rural-la-plataforma-que-ha-unido-al-mundo-rural-y-que-sanchez-deberia-temer-7004688/

[2] El Dust Bowl multiplicó los efectos de la Gran Depresión en la región y provocó el mayor desplazamiento de población habido en un corto espacio de tiempo en la historia de Estados Unidos. Tres millones de habitantes dejaron sus granjas durante la década de 1930, y más de medio millón emigró a otros estados, especialmente hacia el oeste. Diversas fuentes calculan 5 millones de muertos a causa de la hambruna.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Dust_Bowl

[3] En 1939, el escritor californiano John Steinbeck publicó Las uvas de la ira, una novela sobre la emigración a California de los granjeros de Oklahoma debido a la Dust Bowl. El libro describía los problemas de muchos de ellos mostrando, incluidos prejuicios y pobreza, cómo viajaron hacia una mejor vida futura. En este libro, dedica un capítulo a describir el paso hacia el oeste, con la concentración en Oklahoma City y la continuación por la Ruta 66 en adelante. Él se refería a la Ruta 66 como «Mother Road» (Carretera madre), un sobrenombre que la carretera aún conserva. El libro ganó un premio Pulitzer e hizo la carretera aún más famosa.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/U.S._Ruta_66#Referencias

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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