
«Nuestro Marat patrio quiere que los españoles nos peleemos, para que el ruido esconda sus vergüenzas y sus iniquidades»
El gañán vestido de chaqué que recibe al Rey con las manos en los bolsillos dice que nos ha escrito una carta “a la ciudadanía”. Pero no es verdad. Sánchez nos tiene acostumbrados a mentir impunemente en todos los órdenes posibles de su ejercicio político: dice que no dijo lo que sí dijo, hace lo que dijo que no haría, insulta sin recato y acusa sin pruebas pero se lo achaca al de enfrente, inventa la realidad (la amnistía trae la reconciliación en Cataluña, la economía va como una moto, Zapatero no congeló las pensiones y la derecha sí…), y, en fin, promete y promete hasta que mete, a sabiendas de que la parte más ignorante del país no tiene memoria o le importa un carajo porque en su inanidad racional se creen que está mintiendo no a ellos sino solamente a los otros.
Vamos que, el que Sánchez mienta en lo que dice, ya ni sorprende a nadie ni tampoco se espera de él otra cosa; pero que, incluso, más allá de mentir en sus contenidos, mienta sobre a quién dirige las mentiras, ya es para nota. Para una nota muy alta. Por supuesto, su Carta a la ciudadanía, es mentira. No es, de ninguna manera, una carta a la ciudadanía: es un simple panfleto dirigido a sus sans-culottes. Es un nuevo toque a rebato para que sus lobotomizados vasallos salgan a la calle e inunden las redes sociales, para que sus periodistas en nómina paguen la mordida en sus medios afines bien regados de publicidad institucional, para que los miembros del Partido y del Gobierno repitan como muñecos de ventrílocuo las últimas consignas. No, no es una carta a los ciudadanos: es solamente una carta a los suyos y a sus acreedores políticos de amnistías, leyes repugnantes, defenestraciones de delitos, referendos a la vuelta de la esquina y del aldeano qué hay de lo mío.
Nuestro Marat de todo a cien escribe entre sollozos y lagrimones impostados para que el pueblo se levante contra la derecha y la extrema derecha, encarnadas en los líderes del PP y de Vox, en las asociaciones que no le gustan y que califica de “de extrema derecha”, en los medios de comunicación que no le bailan el agua y a los que se refiere como “constelación de cabeceras ultraconservadoras” y en los malos muy malos jueces que se atreven a hacer su trabajo y que, claro, no dependen de él como el Ministerio Fiscal. Exactamente igual como el Jean-Paul Marat de la Revolución empujó a los desarrapados a la masacre contra los monárquicos y contra los girondinos, y parece que, como él, pida quinientas o seiscientas cabezas que, cortadas, habrían asegurado su descanso y felicidad.
Algunos biógrafos sostienen que su odio visceral y su espíritu violento obedecían a una enfermedad crónica que lo atormentaba. Nos referimos al francés, por supuesto, y no al Presidente español, aunque la dermatitis seborreica que contrajo aquél, mientras se escondía de sus enemigos en las insalubres catacumbas parisinas, quizás fuese peccata minuta para los padecimientos de éste, mientras sufrió en las catacumbas de la expulsión de la Secretaría General de su partido, en el frío de la salida momentánea de la política y en la soledad de la carretera de sede a sede en coche seguramente empujado por subvenciones de prostíbulos gais parentales —él, el enemigo del machismo y de la prostitución—. ¿Qué serán los padecimientos del cuerpo, comparados con los del alma…?
Pero, lo verdaderamente terrible de todo esto es que no solamente nos avergüenza a los españoles con su mala educación, su carácter soberbio y sus tics totalitarios; no es solamente que tengamos que sufrir que el Presidente de nuestro Gobierno nos salpique a todos por ser ya un apestado internacional (en Europa no quieren ni verlo, después de que creyera que podía actuar en el Parlamento Europeo igual que hace en el Español y aludiera al nazismo para referirse al Presidente del Partido Popular Europeo, Manfred Weber; y para la OTAN no es más que un dictadorzuelo bolivariano después de sus barbaridades contra Israel, la única democracia de la zona, y los agradecimientos de Hamás); no es solamente que no se pueda hacer más el ridículo con una plañidera lacrimógena por escrito, que produce auténtica vergüenza ajena a todo aquél que mantenga un mínimo de independencia y de aseo intelectuales. No. Es que, además, vuelve a mandar a sus sans-culottes a las barricadas, vuelve a incitar a la lucha fratricida, vuelve a la película del ellos y nosotros, vuelve —como el Marat francés— a las listas negras, vuelve a señalar con el dedo para que otros disparen. Nuestro Marat patrio quiere que los españoles nos peleemos, para que el ruido esconda sus vergüenzas y sus iniquidades; quiere que haya españoles que sean increpados, insultados y agredidos por su ideología; quiere que todo aquél que se atreva a desvelar sus mentiras, a preguntar por sus ocultamientos y su falta de transparencia, a destapar la olla podrida del partido más traidor a los principios democráticos en la reciente pasada historia constitucional de nuestro país y el más corrupto de la actual, y a simplemente contradecir al amado líder, sea considerado un fascista, se le señale como un enemigo del pueblo…, y se le guillotine. Sánchez quiere llevar a la guillotina, no a quinientas o seiscientas cabezas, sino a la media España a la que no puede engañar. A la guillotina de la cancelación, a la guillotina de las masacres mediáticas, a la guillotina de las agresiones en la calle en campañas políticas, a la guillotina de su Ministerio Fiscal y sus filtraciones, a la guillotina de las amenazas ministeriales con inspecciones de Hacienda y Seguridad Social, a la guillotina del odio visceral a quien no piensa como debe.
Sánchez lloriquea porque se implica a su esposa en la lucha política; dice que “ahora han traspasado la línea del respeto a la vida familiar de un presidente del Gobierno y el ataque a su vida personal” y parece que se olvida de que fue él quien ha hecho, del ataque a familiares de políticos, un clásico. Tuvo el cuajo, en la sede de la Soberanía Nacional, de vincular a Isabel Díaz Ayuso con un “caso de corrupción”, aludiendo a su hermano en un asunto que había ya sido archivado por la Fiscalía Anticorrupción y la Fiscalía Europea. Y, más recientemente, tiene la cara de pedir la dimisión de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, porque su pareja sentimental está implicada en un presunto delito fiscal: pero que su mujer esté inmersa en un procedimiento judicial por delitos de tráfico de influencias y corrupción en los negocios, parece que no da para que él dimita automáticamente. Y, bueno, la realidad de que su hermano esté afincado en otro país con fiscalidad más beneficiosa —vaya, resulta que esto no es sólo de derechas o de youtubers en Andorra—, pero trabajando para los conservatorios del Área de Cultura de la Diputación de Badajoz, en plan teletrabajo desde aquel país extranjero, ya supera a toda fantasía. Claro, pero debe de ser que los familiares de los de izquierdas sí que siguen siendo patriotas, aunque no sean del patriotismo de los de pagar sus impuestos en España que reclaman a otros, y que merecen todo el respeto que él y sus muñecos de trapo niegan los de derechas.
Sánchez riega el piso con sus lágrimas de cocodrilo porque, parece ser, se están imputando hechos sin pruebas a su santa, pero no tiene empacho en acusar a Feijóo y a Abascal de ser quienes están orquestando esta estrategia de acoso y derribo, por parte de todo el entramado ultraderechista, también sin pruebas. Por cierto, quizás podría haber reflexionado en su carta por qué en la sesión de esa mañana del Congreso de los Diputados, inmediatamente anterior a su publicación en los medios sociales, los dos aludidos le dieron un masaje parlamentario, en vez de una paliza en un descampao (y, al final, uno lo entiende de Feijóo, pero no de Abascal).
Sánchez gimotea como un perrito abandonado en una gasolinera, al sentirse atacado porque —dice— la derecha y la ultraderecha no aceptaron los resultados de las elecciones de julio del año pasado, como si el PSOE hubiese aceptado alguna vez que la derecha tenga el mismo derecho que la izquierda a gobernar el país. Y se queja de “la máquina del fango”, que trata “de deshumanizar y deslegitimar al adversario político”. ¡Ellos!, que son quienes han traído la degradación del discurso político a base de vomitar tierra sucia y agua estancada, por auténticos macarras, desde portavocías y escaños. ¡Ellos!, como si no vinieran de ellos los abyectos Pactos del Tinell, las medias sonrisas y las legitimaciones de los escraches al contrario y el levantamiento de muros contra quien comete el crimen de pensar distinto.
En serio: Sánchez pone sus hipos y pucheros por escrito, quejándose al respetable por “el sostenido intento de deslegitimación del gobierno de coalición progresista al calor del ignominioso grito de que te vote Txapote”. Como si esas elecciones no hubieran sido manipuladas y deslegitimizadas, engañando al electorado sobre sus verdaderas intenciones de pactos, alterando el libre ejercicio del voto convocándolas en vacaciones para dificultarlo, o utilizando medios públicos para su campaña electoral. Por favor, además, que no olvide el de “Me gusta la fruta” y el de “Por siete votos tienes el culo roto”, que son manifestaciones, todas, del ingenio popular ante la impotencia de la ciudadanía frente a sus nuevos señores feudales.
Y, luego, Sánchez se pone moñas, dándonos más información de la que necesitamos. Me importa una mierda si ama a su mujer, si se relaja en las saunas de su suegro, si anda en calzoncillos por casa o si come con las manos (después de sacarlas de los bolsillos). Los únicos que confunden su vida privada con su desempeño institucional son él, fruto de su egolatría, y los suyos, fruto de su completa sumisión. A colación de esto, lo único que verdaderamente me importa es descubrir quién se ha creído que es, para cogerse cinco días de vacaciones cuando le viene en gana. Y, encima, para “reflexionar”: a su puesto de trabajo va uno ya reflexionado, llorado y, si me apuran, hecho pis y caca de casa, por si acaso. Que reflexione en su tiempo libre. Feijóo lo ha calificado de conducta adolescente; y esta vez acierta, porque solamente un tipo anclado en el engreimiento de la adolescencia se aparta teatralmente y amenaza con dejar de respirar, para que todos estén pendientes de él, le sigan, le pregunten y le rueguen que vuelva. Esto es lo que tenemos.
En efecto, sí, esto es lo que tenemos: mentiras, impostura, engreimiento… y mucha necesidad también. Salvo que todo lo que le viene encima por los últimos escándalos de corrupción, por el espionaje con Pegasus de su móvil y por las actividades, quién sabe si delictivas, pero seguro que deshonestas, de la esposa del César, sea mucho más gordo de lo que podemos saber los simples mortales, Sánchez solamente necesita un nuevo golpe de efecto, y, si se va, nunca se irá por abstracciones que no le importan, como dolor moral, amor, decepción con la Humanidad o un repentino golpe de decencia. Así que no nos dejemos engañar también los que no somos de la Secta: por las razones que da, no va a convocar elecciones, no va a promover una cuestión de confianza, y no va a dimitir poniendo al frente a ninguno de sus mamporreros. Salvo que ya no pueda controlar el hedor a podredumbre que sale de su partido, de su casa y de su propio aliento, toda esta pantomima solamente estará buscando atención, adhesiones incondicionales, meter un poco de miedo a sus socios y, quizás, pasar lista entre los propios. Es todo mentira. Como siempre. Ni se pregunta si todo eso merece la pena, ni tiene nada que reflexionar. No va a hacer nada, y una vez más será el héroe que lucha contra los poderosos y contra las derechas, otra vez se bañará en multitudes y asumirá el terrible sacrificio de sufrir por España y por los desfavorecidos, y nuevamente se rajará la camisa y dejará el pecho al descubierto para mostrar al héroe que está convencido que es, con el no pasarán a los enemigos del pueblo; pero, de paso, afilando la guillotina.
Dejó escrito el Marat gabacho: “Yo soy la rabia, la rabia justa del pueblo, por eso me escuchan y creen en mí”. Y, a lo que se ve, así también funciona nuestro nacional Amí du peuple con sus soflamas populistas dirigidas, en vez de al cerebro, a las tripas de sus adeptos sectarios.
Pero, un 9 de enero de 1795, a Marat le llegó el momento de empezar a rendir cuentas ante la Historia y su busto fue retirado de la Convención Nacional; y, un mes después, su mausoleo del Panteón Nacional fue destruido y sus restos fueron esparcidos anónimamente por el cementerio de la Abadía de Sainte-Geneviéve.
Así que sí, miembro de la Secta, si esta carta “a la ciudadanía” te ha removido por dentro, si te han dado ganas de tirar tus bragas al ruedo y pedirle un hijo suyo, o si te has creído media palabra de ese infame libelo, que lo sepas: sólo has quedado para ser otro indigente intelectual sans-culotte más.

