La Peor Muerte. Por Gallego Rey

La Peor Muerte.

«No sé yo si tal vez haya que reflexionar un poco más sobre lo de que la peor muerte es siempre la primera muerte a la que nos enfrentamos»

Hay quien dice que la peor muerte es siempre la primera a la que nos enfrentamos, por aquello de que nos alcanza sin experiencia, desprevenidos. Y tal vez sea cierto, y la peor muerte no sea la propia muerte de uno, porque esa, nos pille como nos pille, desprevenidos o no, es la última de las muertes que tenemos que afrontar y no da lugar a sentir ese vacío trágico que nos deja la primera.

Yo viví, no obstante, mi primera muerte con mucha entereza. Se conoce que vine al mundo preparado para aguantar lo que me echen, porque supe llevar con dignidad el dolor y la culpa de haber matado a mi hermano Justo, cuando contaba la edad de quince años y él no había llegado a la primera comunión. A mi hermano Justo lo maté por darme el placer. A mí nunca me ha gustado que se haga daño a los animaliños de Dios, y mi hermano Justo gustaba de ir por el mundo martirizando a cuanto bicho se le cruzaba. Por eso me di el capricho de matarlo. ¿Qué hubiera ocurrido si no lo hubiera hecho? Justo iba para criminal y no lo enderezaba nadie: ni mi padre, que a la mínima aplicaba la pedagogía del cinturón, ni mi madre, a la que tan bien se le daba enseñar con la vara. Justo había nacido para cumplir con esa manía de ir por el mundo practicando la crueldad con los animaliños de Dios, y a mí me dio ese aire de matarlo. Cada uno viene al mundo para lo suyo.

Faustino Ordóñez se sentó un día bajo la sombra de una higuera que tenía en el patio de su casa y ya no quiso levantarse más. Faustino Ordóñez se quedó a vivir a la sombra de la higuera sin la precaución de haberse dotado de un tonel donde resguardarse de las inclemencias del clima. No hacer nada, sentado todo el tiempo a la sombra de una higuera, tiene su dificultad, no lo niego, pero tampoco es para estar orgulloso. Faustino Ordóñez decía a todos los que se le acercaban para comprobar in situ su tolemia que lo hacía para no hacer nada. No hacer nada es dificilísimo y requiere de mucha preparación. Mi hermano Justo siempre decía que él no había hecho nada cuando aparecía algún animaliño del Señor despiezado con saña, o ahogado en la tina, o con los ojos arrancados. Todos sabíamos que detrás de tanto mal estaba la mala sombra de Justo. Pero él, siempre, indefectiblemente, incluso cuando era pillado con las manos en la masa, contestaba que no había hecho nada. A mi hermano Justo de poco le sirvió la escuela de no hacer nada. Bien que me di el gusto de enviarlo de vuelta con Dios, para que lo enderezase o lo aguantase Él, allá en el cielo.

A Faustino Ordóñez el no hacer nada tampoco le sirvió de mucho; falleció por esa manía que le había entrado de vivir en el estatismo en cuanto llegaron las primeras lluvias de otoño y su señora se aburrió de salir al patio lloviendo para acercarle víveres o rogarle que entrase en razón, o sea, que entrase en casa. Un día, la señora de Faustino Ordóñez se hartó tantísimo de la tolemia de su marido que, para darle un escarmiento, lo dejó amarrado con una soga a la higuera, entre tanto su marido dormía, y allí lo dejó inmovilizado, sin poder hacer nada de veras, cayéndole lo que cayese del cielo, que quiso Dios que fueran muchos días de lluvia y frío. A la mujer de Faustino Ordóñez se le fue la mano con el escarmiento. Pero nadie le reprochó ni echó nada en cara. Cada uno viene al mundo para lo suyo, y a veces cogerle el tranquillo al asunto no es nada fácil.

A mí tampoco me reprocharon la muerte de mi hermano Justo. Hubo incluso un cierto alivio generalizado tras el suceso, y aunque mis padres no se lo tomaron del todo bien, una vez que echaron cuentas del dineral que se ahorrarían en compensar a los vecinos por las muertes de sus animaliños de Dios —la mayoría destinados al sacrificio para aliviar el hambre, como gallinas y conejos, y hasta algún gorrino—, sin contar con las pérdidas de la ganadería propia, soterraron el asunto corriendo un tupido velo.

Quien no se lo tomó con tanto pragmatismo fue mi hermana Aurora, que contaba entonces veintiséis soles y le tenía especial apego a Justo. Aurora, todo hay que decirlo, está un poco pallá, y a Justo lo trataba como si fuese su propio hijo. Decía que lo había parido y que nuestra madre se lo había quedado para sí para proteger a nuestro padre de ser padre y abuelo todo en uno. Ni qué decir tiene que Aurora me pilló ojeriza y que tardó lo suyo en perdonarme. Lo hizo demostrando una gran capacidad de abnegación, todo hay que decirlo, una noche que vino furtiva a mi cama a explicarme que, ya que le había quitado lo suyo, estaba en deuda con ella y esa deuda tenía que saldarla. Yo no sabía de qué hablaba, o no quise saberlo, pero tampoco quise armar jaleo, así que no dije ni mu, porque Aurora, para convencerme, traía consigo un cuchillo de matarife que acomodó en mi entrepierna, y ante eso, lo más inteligente fue optar por no enfrascarme en discusiones con quien de antemano no las buscaba y venía de buenas a firmar la paz. Aurora me perdonó esa noche y las siguientes, y aún muchas otras. Nunca vi a nadie con tanta capacidad para perdonar como la que demostró mi hermana Aurora. Y yo supe lo bien que se queda el espíritu y el cuerpo de uno cuando es perdonado. Tuvimos, Aurora y yo, una reconciliación por la muerte de Justo que trajo dicha y paz a toda la familia, y un nieto a mis padres, un hijo por lo legal para Aurora y un sobrino para mí, que mi padre, en un aparte, me explicó que tenía que cuidarlo como a un hijo. A ese hijo-nieto-sobrino-hijo lo bautizamos como Dios manda, con el nombre de Milagroso.

A la mujer de Faustino Ordóñez también le vino bien el empeño de su marido en no hacer nada. Dispuesto Dios que las cosas ocurrieran como tocaba, y al poco de quedar viuda, como no habían tenido hijos, se fue a servir a casa de don Roque, el cura párroco del pueblo. Y tanto que le vino bien el apaño a ambos, que a don Roque se le quitaron unos cuantos años de encima, a saber si por empezar a vestir sotana y boina limpias —que antes las llevaba llenitas de mierda por falta de mano de mujer en su casa— o por ese no sé qué que nos pasa a los hombres cuando tenemos a mano hembra con quien entendernos. Y qué decir de la viuda, que cualquiera lo diría. También en la casa del párroco tuvo Dios a bien traer alegría, y así, en el bautizo de nuestro Milagroso se celebró al unísono el de Emerenciana, hija de la viuda de Faustino Ordóñez y sobrina en adopción de don Roque. Así que no sé yo si tal vez haya que reflexionar un poco más sobre lo de que la peor muerte es siempre la primera muerte a la que nos enfrentamos.

 

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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