
«Mientras roban a manos llenas, muchos siguen aplaudiendo con las orejas sin enterarse… o porque la farsa continúa sin descanso»
O sea, que aquí, algunos políticos de cierto partido con ínfulas sociales han sido pillados robando, mintiendo, estafando y engañando. Pero muchos de los que los votan, por lo que se ve, andan aplaudiendo con las orejas.
Algunos se salvan, claro. No entran ni al juego ni al banquete. Muchos otros, en las bases, aplauden simplemente porque no se enteran, y eso, afortunadamente, les salva. Salvo que sí se enteren… y aplaudan para estar en el reparto. Porque están cerca del que parte y reparte.
A estos hay que sumar a los nacionalistas, que lo hacen por ver qué pueden pillar. Nada que objetar, mientras tengan claro que España no es divisible por diecisiete.
Imagine usted a su perro, sentado a su lado, frente a una mesa con comida. Se puede caer más bajo. Alguna migaja caerá, piensa él. O me dará algo el amo, para que no le lloriquee. Véase el nivel.
Luego sale a escena el “máster del juego”, con maquillaje de muerto viviente o algo parecido —vaya usted a saber qué quería parecer—. Pero todo sigue igual de fenomenal, como una auténtica mascarada de luz y de color… marrón oscuro. El maquillado afirma que va a seguir hasta 2027 con su careta bien puesta. ¡Chúpate esa, marquesa!
A veces me levanto de la cama esperando encontrar otra realidad. Quizá una imaginaria, de esas que me invento en mis cuentos. Mundos irreales, pero más acogedores que este en el que vivimos, completamente ficticio, aunque no lo parezca. No tan agradable como la feria de Sevilla, pero más habitable que este disparate.
Son amigos, primos, hermanos… pero sobre todo roban, unidos en la lucha y con fruición. Creo que no se moverán. Les hace ilusión ser como estatuas de sal. Quieren acabar como Lot y su familia, los muy salados. Otro motivo no veo. Pero, la verdad, para lo que hay, seguiré durmiendo.
Hasta que Irán pierda los nervios y quiera soltar una bomba a Israel. Cuidado, Irán: no mientes la soga en casa del ahorcado. Y menos la bicha… ¡lagarto, lagarto!
Si mi abuelo levantara la cabeza, quizás reivindicaría a Pablo Iglesias… pero no al actual, sino al de antaño. Yo a ninguno. Salvo por acudir a Casa Labra a comer bacalao rebozado y frito. Quizá también reivindicaría a Felipe González, por haber presidido una España más correcta, más oportuna, más de brindar con vino o con cañas. Seguro que, luego, el abuelo se pegaba un buen baño. Se quitaría de encima la porquería que le ha arrojado este ventilador actual. Un ventilador tan inoportuno que no solo esparce asquerosidades, sino corruptos con certificado de origen.
Salgo a la calle con la aviesa intención de interpelar a algún paseante taciturno. Sacarle unas palabras, aunque sea sentados a la sombra de un castaño. Pero nada. No dice ni mu. Y no, no es que sea una vaca —aunque podría serlo—, es que está de vacaciones. O en modo espera. Que no pondré “standby” por razones obvias.
Si yo estuviera en su lugar, también me negaría a hablar con nadie que no fuera de absoluta confianza. Está el patio como para irse de la lengua. Un día dices “no” y te salen todos diciendo “sí, que verdes las han ‘segao’”. Y otro día dices “sí” y te espetan que estás equivocado.
Nos han comido el coco las microondas de los telefonillos portátiles.
Todo el mundo está a la que salta. Sobre todo si las que saltan son señoritas que se anuncian ligeras de ropa. Da igual si comen mucha sopa o no: para salir en un selfie vale todo. Y hasta algún gramo de más, en el lugar adecuado, le levanta el gesto —la cara de póker— a más de uno. Porque unos se llevan la fama, y otros cardan la lana.
Hay mucha lana que cardar e hilar. Por eso, la Operación Capilar Unificada no reimplantará pelos a los que adolecen de ellos. Por ahora, nada de nada. No hay posibles. Pero ¿sacará algo en claro? Probablemente. ¿Servirá para frenar la caída capilar? ¡Vaya usted a saber!
Y es por todo esto por lo que empecé esta Paseata diciendo que algunos políticos de cierto partido con ínfulas sociales han sido pillados robando, mintiendo, estafando y engañando. Y muchos de los que los votan andan, por lo que se ve, aplaudiendo con las orejas. Algunos se salvan, porque no entran ni al juego ni al banquete. Muchos otros, en las bases, aplauden porque no se enteran. Y eso, benditamente, les salva.
Bendita inocencia la del pueblo

