
«Empiezo a pensar en las manos y en su utilidad, al mismo tiempo que repaso mi vida; como si de rebobinar una película se tratara»
Me encuentro con mis dos manos apoyadas sobre la mesa, mientras observo a una inquieta mosca corretear entre el dedo índice y corazón de mi mano izquierda.
Sin saber muy bien por qué, empiezo a pensar en esas extremidades y en su utilidad, al mismo tiempo que repaso mi vida, mis recuerdos; como si de rebobinar una película se tratara.
La mayoría de las cosas que hago son gracias a ellas. Me permiten girar la llave para entrar a casa, trabajar en todas sus vertientes, agarrar, coger, sosegar, consolar, animar. Son mis ojos en la oscuridad, mis palabras sin voz. Hasta mi vida dependió de ellas en múltiples ocasiones durante mi etapa como escalador. He sellado amistades con su complicidad.
Han formado parte de ese archivo tan íntimo y personal, ayudándome a descubrir mi cuerpo y el de otras personas. He intercambiado besos.
Con ellas me despedía de mi padre, quien pacientemente me correspondía tras el cristal de la ventana, sin yo saber que una de aquellas tardes sería la última que lo volvería a ver.
(© 2025 Manuel Sanz Real)

