
«Estamos bajo la dictadura de algo tan viscoso como irritante, llamado sanchismo, con el aditamento de un progresismo en el que ellos se enriquecen, y otros se empobrecen, nosotros»
No hace muchos años, cuando los países social comunistas comenzaron a desmoronarse en torno al inmenso fracaso que fue el régimen soviético, los partidos de izquierdas europeos empezaron a sentir el intenso frío siberiano de su anunciado y estrepitoso fracaso.
Tras largos años de activismo criminal, y criminoso, el paraguas comunista acabó tan roído por las ratas, que nadie quiso saber nada de la monserga socialista, a no ser que se estuviese delante del cañón de un Nagant. Ese era su principal argumento: el terror.
Las izquierdas, en base a sus políticas liberticidas, nunca admitieron sus errores. Es más, en cuanto pudieron, volvieron a las andadas en España con Zapatero, y después con el actual sátrapa, también. No es solo una frase hecha, son hechos indiscutibles que solo los estúpidos recalcitrantes se atreven a negar, entre ellos los activistas de la extrema izquierda social comunista actual, adláteres, esbirros y sicariato incluido.
En la Europa libre, no gracias a las izquierdas precisamente, algunos partidos tenían a gala haber conservado el tarro de las esencias social comunistas, que según ellos hasta ese momento no se habían utilizado correctamente, ni tan siquiera en el epicentro de la mugre soviética. En España podríamos dar un masterclass sobre este asunto, y otros más donde el socialismo tendría que pedir perdón y dar no pocas explicaciones.
Los que utilizaron como martillo pilón sus ideas revolucionarias para asentar sus valores, quedaron huérfanos y desamparados, como por ejemplo el PSOE, y el anacrónico PCE con sus pequeños satélites, de triste y trágico recuerdo para la ciudadanía española, léase terroristas, partidos afines, y grupos marginales. Era el totalitarismo de siempre, esta vez vestido de hipermercado.
La peste siniestra pensó con lógica que la memoria revolucionaria no funciona sin fondos, ni se decreta en ninguna algarada, que solo se obtiene cuando se está en el poder, y se puede aplicar cuando se financia a cargo de los PGE, como por ejemplo en el sanchismo de infame y vomitivo presente.
Justo en ese momento la única revolución pendiente posible, sería la de empezar a llenarse los bolsillos con el dinero de los de abajo. En el PSOE lo llamaron “justicia social”, igual que el Pernales, pero pisando moqueta y manejando el BOE.
¿Recuerdan Rumasa y todo lo que vino después? La información es tan exhaustiva, como tediosa y larga la Enciclopedia Británica. No lo leerán en ninguna memoria etarra, pero sí en la prensa libre.
La izquierda llamada a ser alternativa de poder empezó a mudar de camisa como las víboras ponzoñosas, algunos hasta guardaron sus mudas para después alardear de ellas en platós y burdeles de lujo donde la mujer era escanciada y el champán desvirgado a mordiscos.
Para su desgracia algo más de una década después aquellos eslóganes revolucionarios dejaron de tener predicamento en la ciudadanía, al comprobar que la libertad y el trabajo les hacía libres e independientes, y no subvencionados como cuando gobernaba la izquierda. Se puede ser pobre e idiota como con Sánchez, pero idiota y además pobre, no, por mucho que Sánchez se empeñe.
¿Qué hicieron entonces? optar por la moderación, y no por el enfrentamiento y la algarada sindical, como ahora quieren implantar las izquierdas y su brazo mortal, que es y seguirá siendo ETA, como todos hemos podido comprobar hace bien poco. Ser su aliado preferente y al parecer pilar principal para perpetuarse en el poder, obliga a tragar sapos. ¡Pues mastíquenlos hasta que revienten! Malditos hijos de puta.
Una vez entrados en el nuevo siglo, y milenio, la izquierda hasta ese momento, moderada, aunque de moral distraída, llamó a degüello, y el horizonte se nubló del mismo color que en el 36, rojo, sangre, impar, y luto. Nos estremeció el 11-M.
La pesadilla duró siete años, más o menos, en los que la Guerra Civil tomo carta de naturaleza, y habitó entre nosotros. Gran hazaña la del socialismo de siempre, el mismo que miró hacia otro lado cuando sus primos los comunistas empezaron a desalojar las cárceles madrileñas de hombres mujeres y algún niño, para fusilarles en Paracuellos al grito de “¡Muerte al cristiano!” y “¡Muera España!”.
Se imaginan a cualquier Pachi López en el 36 quitando hierro a los fusilamientos, yo sí. Lo de antaño ha vuelto más fuerte que nunca, los que odiamos esta basura que tenemos como gobierno, somos nazis y fascistas, pero los que asesinan con tiros en la nuca y bombas lapa, son hombres de paz, como el criminal Arnaldo Otegui, y la banda de ratas que le secunda.
El marrano que solo tuvo un abuelo, nos arruinó como país, como nación, y como pueblo. ¡Gran hazaña! Esta era la izquierda, la que firmó el pacto con ETA, la misma que vendió nuestro oro a precio de chatarra, la misma que sentó las bases para que a la más mínima oportunidad de darnos el enésimo tiro en la nuca, lo volviesen a hacer, esta vez con balas pagadas con nuestros impuestos.
Llegó la derecha con Rajoy al frente del PP, y lo que supuestamente iría a mejor, acabó en un callejón sin salida llamado Pedro Sánchez, gracias a la repulsiva cobardía de un personaje tan simpático como inane, Rajoy. Tome nota señor Feijóo: cobardes, ¡ni uno solo más! ¡Cojones hasta el hartazgo!, todos los que usted quiera, que nunca serán pocos para acabar con esta peste maldita.
Desde entonces estamos bajo la dictadura de algo tan viscoso como irritante, llamado sanchismo, con el aditamento de un progresismo en el que unos se enriquecen, ellos, y otros se empobrecen, nosotros. Gran idea la del progresismo, esquilmar nuestros bolsillos para llenar los de los puteros socialistas.
Una izquierda nacida al amparo de la misma basura de siempre, sin ideología, sin ideas, sin programa, sin vergüenza. ¿Qué hacer? ¿Volver a robar, esta vez sin ideología? O aplicar algo nuevo con tufo a naftalina.
Para esquivar su fracaso, inventaron el progresismo, o sea, lo de siempre, pero esta vez con licencia para robar contando con la iniquidad de las principales instituciones. Nada bueno puede esperarse de quienes aman la pasta más que a sí mismos, y al que todo le deben, Sánchez.
A tal fin comenzaron a apropiarse en exclusiva del uso y disfrute de dicha palabra, y otras de nuevo cuño tan esperpénticas como ridículas, las incluidas en el lenguaje inclusivo: progre, progreso, progresismo, lo mismo de siempre, pero esta vez en forma de supositorio con la puntita de piedra pómez para sangrar los esfínteres de los españoles.
Y bien: ¿qué es el progresismo? ¡Cómo definir esa peste maldita?
Hace tiempo leí la mejor definición que de esta basura podría hacerse. Ignoro quién la escribió, pero la asumo y hago mía, señalando además que es tan brillante como magnífica. Más o menos decía así: “Un progresista es el fracasado que gusta de culpar de sus miserias al sistema, procurando que los demás reconozcan sus méritos tras haber fracasado. Como luchadores sociales predican a favor de lo que ellos llaman justicia social, que en el fondo consiste en que unos vivan a expensas de los demás, utilizando al estado como cómplice, y tesorero”.
¿Les suena? También se les podría llamar vagos o parásitos, incluso liberados sindicales, donde sus secretarios generales nunca trabajaron, pero viven como grandes potentados practicando el noble arte de tocarse los huevos mientras devoran percebes.
La definición sigue así: “También podemos verlos predicando su ideología en algunos púlpitos públicos, incluso leerlas y exponerlas en magníficos artículos llenos de palabritas como articular, visibilizar, empoderar, desigualdad, resiliencia, y un largo etcétera de grandes palabrejas, sin significado práctico alguno”.
Sigue: “Tétricos y fantasmales majaderos destrozando el lenguaje con modismos sexistas como ciudadanos, ciudadanas y ciudadenes. Resumiendo: son argolleros que gustan de hacerse pasar por intelectuales, a los que también se conoce como parásitos sociales, lapas, sanguijuelas, puteros, o simplemente vagos con máster del partido”.
Ante tan magnífica definición, no cabe añadir nada más, a no ser el hartazgo que tales aberronchos nos producen en cuanto los oímos graznar, o aparecer como grandes benefactores, cuando lo que en realidad son grandes criminales, expertos ladrones y ricos vende patrias.
Concluyendo, los rojos o comunistas, antes socialistas, hoy progresistas o sanchistas, carecen de ideas, de principios, y de todas aquellas virtudes para vivir en democracia. Refugio de mamarrachos e iletrados, de mangantes y soberbios petimetres, reputos activistas herederos de lo peor de antes de ayer, depositarios del fracaso de hoy, remitentes compulsivos del desastre de mañana.
Si estos degenerados tuviesen dignidad, pensarían que lo mejor para ellos sería su propia autodestrucción, la voladura total de su nauseabunda ideología, o en su defecto formar otra flotilla de indeseables y estar dando vueltas por el Pacífico a ritmo de batucada. Eso si sería progresismo.
¡VIVA LA LIBERTAD!
¡VIVA ESPAÑA!

