
«En este Adviento que se acerca, en esta espera de luz, la naturaleza no pide perdón por su melancolía; nos la regala como una lección»
Bajo los cielos grises que visten el vasto contorno de la marisma del Guadalquivir, donde confluyen las tierras de La Puebla del Río, Almensilla, Colinas e Isla Mayor, el tiempo parece haberse detenido en una pausa reflexiva. Los campos que el vídeo dibuja son un lienzo de ocres y verdes profundos, húmedos, con la promesa contenida de una primavera lejana, pero con la verdad palpable del invierno en el alma.
El camino de tierra, un hilo serpeante entre la fronda de eucaliptos y jarales, no es un mero sendero; es el surco de la memoria. Aquí, donde la vista se pierde en la llanura del entorno de Doñana, antaño resonaba el trajín de una vida que se sabía parte del latido de la tierra. Eran los días en que el sudor era la medida de la jornada y el arado, no solo una herramienta, sino una extensión del propio destino.
Como Delibes nos enseñó a amar el habla del pastor, el ritmo de la estación y la sencillez del corazón rural, así estos paisajes elogian lo que fue. Cada encina solitaria, negra silueta contra el brumoso horizonte, se alza como el centinela de aquellas vidas que hoy son solo un eco. Las casas se vaciaron, los hijos partieron hacia el brillo engañoso del asfalto y las luces altas de la ciudad, dejando tras de sí una herencia de quietud y vastedad.
Pero la tierra, noble y eterna, no olvida. Observo el campo recién labrado, la gleba alzada, con su color de tabaco y barro, donde un perro (quizá un sabueso o un braco, diligente y bajo) hurga la promesa del aroma, buscando la huella de lo vivo. Él, ajeno al éxodo, vive la verdad del presente rural: el trabajo, la búsqueda, la paciencia.

La música del piano es la voz que no tienen los labriegos que se marcharon. Es la elegía suave de las almas que se hicieron de otro material, pero también la afirmación de la belleza que permanece. La marisma, respirando cerca, aporta su halo salobre y su misterio. En este Adviento que se acerca, en esta espera de luz, la naturaleza no pide perdón por su melancolía; nos la regala como una lección:
Que hay mayor verdad en el silencio profundo de un camino abandonado que en el clamor de cualquier plaza. Que la belleza reside en lo que se queda, en la raíz que se aferra a la tierra de sus mayores, sea la mata de juncia o el tronco añoso.
Estos campos, cerca del gran río que muere en el Atlántico, son un monumento vivo a la nobleza de lo esencial. Un paseo por ellos es un reencuentro con el pulso verdadero, un refugio para el alma en tiempos de celeridad, donde la quietud es el regalo más preciado. La Navidad se acerca, sí, y en el corazón de estas tierras se guarda, intacta, la humilde y sabia esperanza de lo rural.

