
«Hoy paseamos por las calles y ya no están los viejos quioscos que adornaban esa esquina ahora triste, o la acera anodina que ha sido ocupada por una estación de bicicletas eléctricas»
Ya tiene más de un mes el artículo, pero he querido leer la columna de Alfonso J. Ussía titulada “Quioscos, resistencia ante la mediocridad”, publicada en el ABC. En ella dice que “lo que pretenden los que dirigen la sociedad es que Javi no abra mañana”. Javi, claro, es el quiosquero y a mí la verdad es que no me resulta fácil escribir nada novedoso sobre la extinción de estos templetes de la civilización.
Rebeca Argudo lloraba en una reciente entrevista por la conversión en tiendas de souvenirs (“suvenires”, dice Ussía) de los quioscos del centro de Madrid, y calificaba el hecho de “horroroso”.
Si ustedes van a Zaragoza verán que resiste, en efecto y de manera extraordinaria un puesto de venta de prensa en la plaza de España, frente a la Diputación Provincial. El de la esquina de Capitanía en la plaza de Basilio Paraíso fue reconvertido en floristería y entre medias quedan los dos lados del paseo de la Independencia, separados por los raíles del tranvía, con sus bellos quioscos vacíos y cerrados como unos jardines muertos, sin tener siquiera el consuelo de acogerse al refugio de los soportales. Mientras, abre otro Starbucks y en breve la enorme tienda de Zara.
En otros tiempos se acudía al quiosco de prensa en busca de algún consuelo y una pizca de humanidad. Podía uno curiosear y gastar sus veinticinco pesetas en el periódico de su gusto y sentarse en el café un buen rato. Unos se lucían con El País debajo del brazo como quien lleva una querindonga y otros exhibían El Alcázar con la ilusión de ser uno de los últimos asediados, famélicos a quienes la democracia había vencido por decreto ley. En los años del destape se pasaba por el quiosco a comprar la revista para la señora y de paso se echaba el ojo a la señora estupenda que salía en la portada del Interviú (por no hablar de otras publicaciones más obscenas y descocadas que harían las delicias de la plana mayor de algunos partidos políticos del momento).
Vuelve a la carga Ussía anteayer con otra columna sobre el gordo quiosquero Braulio o Felipe, que despachaba pipas y pitillos sueltos en Duque de Pastrana. Y esta es otra de las crónicas sentimentales de su Madrid ya desaparecido y evaporado en la nostalgia.
Sin embargo, hoy paseamos por las calles y ya no están los viejos quioscos (algunos bien feos y desvencijados, también hay que decirlo, y que acaso nadie llore) que adornaban esa esquina ahora triste, o la acera anodina que ha sido ocupada por una estación de bicicletas eléctricas. Y entramos a ese café, y todos parecemos tontos (porque hay que ver cómo maneja el chaval el móvil, oímos decir) pasando el dedo por las pantallas como cuando jugábamos con diez años a los marcianitos. Ni rastro de periódicos, ni asomo de revistas. Salimos a la calle y sigue el espectáculo cibernético de unos humanoides que parecen haber perdido el sentido.
(Me pregunto qué habrá sido de esos espías, de esos detectives privados sentados en el vestíbulo del hotel y que se ocultaban tras los pliegos de su diario para no ser descubiertos.)
Bueno, queda todavía algún quiosco, yo los he visto; en la misma puerta de la Caja Rural de Teruel por ejemplo, dominando la plaza del Torico. Y yo espero que ya sea en la calle o en el interior de una tienda les vaya muy bien, y que vendan cromos y muchas chucherías para los niños y que el abuelo se anime a comprar ese matinal que dejó de comprar hace años porque era muy caro, o ya no daba coleccionables o no lo entendía. Y para los que están ya abandonados, al menos sería bonito que en ellos se instalara un puesto de castañas asadas, un carrito de horchata de Alboraya o una churrería. ¿O eso tampoco?
Mientras, rindamos homenaje al último reducto de la prensa de papel donde siempre deberíamos actualizar esa anécdota de Luis Sánchez Polack, nuestro añorado Tip que, cuando fue a comprar el Frankfurter Allgemeine Zeitung le preguntó su quiosquero: “Hombre, don Luis, ¿pero usted sabe alemán?”. A lo que el genial valenciano le respondió más o menos y con toda la naturalidad del mundo: “No tengo ni idea, pero como sólo es para hacer los crucigramas…”
