
RELATO:
Era la tarde que yo tanto esperaba y que había elegido para deleitarme con la música de Bach, a la vez que me sumergiría en un plácido sueño cargado de bellos recuerdos con sus compases.
El sonido estridente de aquel maldito timbre, mató todo el éxtasis de lo que hubiese sido el encanto de una inmejorable tarde.
NOTACIONES:
Son las siete de la tarde, estoy en medio de un duermevela escuchando de fondo la música de Bach, en concreto el Arte de la fuga.
El ruido metálico del timbre suena de manera desagradable, obligándome a interrumpir el momento. Mi sensación de irritación crece. Dudo si abrir o no la puerta, pero pensando que podría tratarse de algo urgente decido abrir. Me encuentro con un rostro familiar, el de Ana, mi vecina del quinto, para pedirme un vaso de aceite.
PUNTO DE VISTA SUBJETIVO:
¡Ese dichoso timbre! siempre igual, perturbando mi paz interior justo ahora cuando empezaba a sumergirme, a sentir como las notas de Bach acariciaban mi corazón. No quería ver a nadie, cada interrupción mermaba aquel majestuoso momento, pero me sentía en la obligación de abrir. Cada paso hacia la puerta era una tortura ¿Quién sería? Seguro que alguien queriéndome vender algo que yo no necesitaba. Contuve la respiración deseando con impaciencia que se marchara.
AMPULOSO:
El tañido del timbre interrumpió mi placidez vespertina. Su resonancia penetrante hacia el cerebro laceró mis oídos. En ese instante, mi hechizo con la melodía de Bach se desvaneció como el humo. Mi obligación de abrir me oprimía como un cincho ¿Quién osaría profanar aquel momento tan mágico para mí? pero mi impaciencia amenazaba con desbordarse. Entretanto, me dirigí a abrir la maldita puerta, pretendiendo con todas mis fuerzas que el visitante fantasma de la tarde se evaporara sin dejar rastro alguno.
(Este relato es un homenaje a Raymond Queneau, autor de Ejercicios de Estilo)
(© 2025 Manuel Sanz Real)
