
«Eróstrato era un pobre diablo abrumado por el peso de su propia inanidad que decidió pasar a la historia de cualquier manera, aunque fuera cubierto de infamia»
Recordemos que Scopas o Escopas fue un muy célebre escultor y arquitecto clásico griego del siglo IV a. C. quien junto con Praxíteles y Lisipo constituyen el trinomio de los grandes escultores representativos de la segunda fase del clasicismo.
El gran Escopas, aventajado de la escuela ática, trabajó en obras como el Mausoleo de Halicarnaso, en el Templo de Atenea Alea en Tegea, en la Arcadia, donde trabajó personalmente y en particular en los frontones que están unidos hoy. Se le atribuyen a él diversos edificios que formaban parte del Santuario de los Grandes Dioses de Samotracia.
Ahora, a la vista de la pérfida y deleznable obra de nuestro actual Eróstrato, cuya psicopatía, gestos y pruebas nadie discute y que sólo sus adeptos disimulan, me atrevo a colgarle y atribuirle a este pastor de ovejas muesas la pertenencia e inclusión en el erostratismo, que por supuesto nada tiene que ver con erótica alguna.

Escribo esto a la vista del grabado titulado «La quema del templo de Éfeso«, en ilustración de George Paston, seudónimo de Emily Morse Symonds, realizado en 1753 en el que se contempla cómo un donnadie destruyó una de las siete maravillas de la Antigüedad por la simple búsqueda de notoriedad. Era aquel templo una maravilla… una de las siete del mundo antiguo, que dejó sin aliento hasta a Antípatro de Sidón, autor de la famosa lista: «He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de Zeus de los alfeos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esas otras maravillas perdieron su brillo, y dije: ‘aparte del Olimpo, el Sol nunca vio algo tan grandioso«. Además de sus propósitos religiosos, era un templo imán que atraía a viajeros de diferentes culturas y creencias, comerciantes e incluso reyes que le rendían homenaje ofreciendo diversas ofrendas, joyas y otros tesoros, y hasta servía de protección para los perseguidos, pues nadie se atrevería a hacer algo que pudiera profanar el templo.
Digamos, para aclarar, que el término castellano erostratismo indica y señala desde el punto de vista psicológico la tendencia o manía a cometer actos delictivos para conseguir renombre, por lo que el término descansa en el nombre de Eróstrato, personaje inane que en un desmedido afán de notoriedad procedió a provocar el incendió del templo de Éfeso.

Según el historiador griego Heródoto, el templo había sido erigido a expensas del fabulosamente rico rey Creso de Lidia y, según el romano Plinio, tenía 127 columnas, 36 de ellas finamente talladas con relieves. En el centro del que fue uno de los templos griegos más grandes de la historia y el primero construido casi completamente en mármol, se alzaba la colosal figura de Artemisa, hecha en madera ennegrecida. En esto me viene a la mente la profanación de el Valle de los Caídos, el deseo del tirano de ser recordado por exhumar los huesos de Franco y llevarlos donde el general quiso ser enterrado, la condena y proyecto a desacralizar la Abadía benedictina, así como el hecho de buscar la destrucción de la Cruz más grande del mundo, tras aprobar por ley la despenalización de los ataques a las creencias religiosas, permitiendo a su vez otros ataques a la Corona como libertad de expresión, pero sintiéndose molesto por las acusaciones de corrupción a su persona, entorno y partido político tenidos descaradamente por él y sus palmeros como ataques infundados basados en bulos y mentiras.
Pero el 21 de julio de 356 a.C. ocurrió una catástrofe pues en el transcurso de una noche, todo lo que estaba hecho de madera, el techo, las escaleras, las puertas, los muebles y la adorada imagen de Artemisa, ardió devorado por las llamas y a la mañana siguiente todo estaba reducido a cenizas. Todo lo que quedaba de un templo que alguna vez fue el más magnífico conocido eran sus columnas humeantes, ennegrecidas y arruinadas. Eróstrato fue de inmediato capturado, confesó que había incendiado el santuario para que «a través de la destrucción de ese edificio tan hermoso, su nombre fuera difundido por todo el mundo«, como relató Valerio Máximo, autor de la colección Factorum et dictorum memorabilium, «Hechos y dichos memorables«.
Por aquel infame acto, además de ser torturado y ejecutado, fue castigado con el olvido, por medio de lo que más tarde se empezó a llamar damnatio memoria, literalmente «condena de la memoria«. Así, cualquier registro de su existencia fue eliminado y la mera mención de su nombre fue prohibida, bajo pena de muerte. Eróstrato, autor, según la historia, de tal fechoría, el innombrable, fue silenciado incomprensiblemente, o no, en el comentario de Plutarco a propósito de esta obra, una de las joyas arquitectónicas de la Antigüedad clásica. Además, resulta paradójico que un sacerdote délfico no refiera la autoría de tal sacrilegio.
Plutarco de Queronea, quien fue historiador, filósofo y biógrafo, estudió en Atenas, residió en Alejandría y en Roma y tras ser magistrado en su ciudad natal y realizar misiones diplomáticas, se estableció como sacerdote de Apolo en el templo de Delfos. A pesar de todo, la propia leyenda indica que el pastor Eróstrato era un pobre diablo abrumado por el peso de su propia inanidad, tal vez el más agobiante de todos, por lo que decidió pasar a la historia de cualquier manera, aunque fuera cubierto de infamia, como es el caso que nos ocupa.
En nuestro caso es algo similar aunque recubierto de una falsa autoestima y vanidad, de un narcisismo de libro cuyo único propósito vital es perpetuarse en el poder dado que fuera de él no podría ni recibir el encargo de cuidar el rebaño de Eróstrato sin despeñarlo tal como está haciendo con España redactando leyes hechas a su medida para su exclusiva supervivencia, mientras nos empuja al abismo.
En su momento los ciudadanos efesios lo condenaron al silencio póstumo, es decir, prometieron que su nombre no se pronunciaría nunca más, la más justa condena que merecerá nuestro particular ‘eróstrato‘. A pesar de esta sabia decisión, que siguió al castigo del miserable, recordamos al pirómano, aunque cabe preguntarse si el desprecio que los siglos han acumulado sobre él podría complacerle. Veinte años después de este suceso, el gran Alejandro Magno ocupó la ciudad de Éfeso y residió allí por un tiempo, y al escuchar la luctuosa historia del templo de Ártemis y descubrir que había sido destruido la misma noche en la que él había nacido, ordenó la inmediata construcción de un nuevo templo que, una vez terminado, contó con un retrato del propio Alejandro pintado por Apeles, uno de los más queridos y afamados pintores de la Edad Antigua.
Quizás la enseñanza moral de Plutarco nos lleva a tener y mantener una fundada esperanza en todos los hombres que por cada Eróstrato debe de haber un Escopas, y que las maravillas construidas por el hombre deben ser protegidas del mismo hombre. Lo cierto es que la fama del santuario le valió una pronta reconstrucción y en esa misma esperanza nos mantenemos para que un psicópata no nos arrebate la Cruz ni despeñe España con su corte de aliados, aduladores y coaccionadores.

