Del salón en el ángulo oscuro: Sobre héroes y tumbas. Por Teresita Ávila

Sobre héroes y tumbas

«Y en aquel reducto solitario me ponía a escribir cuentos. Ahora advierto que escribía cada vez que era infeliz, que me sentía solo o desajustado con el mundo en que me había tocado nacer. Y pienso si no será siempre así, que el arte de nuestro tiempo, ese arte tenso y desgarrado, nazca invariablemente de nuestro desajuste, de nuestra ansiedad y nuestro descontento».

Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas.
Del salón en el ángulo oscuro: Sobre héroes y tumbas

«En una época que ha renunciado a imaginar un mundo mejor y se limita a preparar uno defendible, la escritura constituye un último gesto de lucidez»

Igual que corre el año, lo hacemos nosotros, ávidos de novedades. Ha debutado con ganas este 2026. A lo grande. Veníamos avisados, esto también. Me figuraba, no obstante, que la calma aparente duraría más, al menos hasta el inicio de la primavera, con sus alteraciones aparejadas y su revolución sensorial. Total, hecho el cuerpo a ello, el desorden nos pillaría mejor preparados. Así que la expectativa en este invierno aletargado incumple con total descaro la provisión de felicidad, tan seductora, venga de Eduardo Mendoza o de quien sea. En un mundo sin certezas, asirse a un libro como tabla de salvación puede que sea el acto más cuerdo y liberador para uno mismo. Dejémonos de heroicidades.

Recupero aquí la cita de Unamuno que utilicé en un texto anterior, en otro medio [1]:

Esto es una miseria, una completa miseria. A nadie le importa nada de nada. Y cuando alguno trata de agitar aisladamente este o aquel problema, una u otra cuestión, se lo atribuyen o a negocio o a afán de notoriedad y ansia de singularizarse.

No se comprende aquí ya ni la locura. Hasta al loco creen y dicen que lo será por tenerle su cuenta y razón. Lo de la razón de la sinrazón es ya un hecho para todos estos miserables. Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a esta su España, andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿Qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hace no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que ¿por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto que lo hace por divertirse y pasar el tiempo, por deporte. ¡Lástima grande que a tan pocos les dé por deportes semejantes! [2]

En este clima de sospecha generalizada, de descrédito preventivo [3], no resulta extraño que el arte —y la escritura en particular— surja no de la armonía, sino del desajuste, tal como lo menciona Ernesto Sábato: se escribe desde la infelicidad, desde la soledad, desde el no encajar en el mundo que a uno le ha tocado habitar. Tal vez siempre haya sido así. El arte de nuestro tiempo, tenso y desgarrado, quizá no sea sino el síntoma más visible de una ansiedad colectiva que ya no encuentra acomodo.

Ese desajuste se manifiesta hoy también en la proliferación de falsos líderes y relatos redentores. Promesas que apelan a la buena fe, a la indignación legítima, a un deseo sincero de justicia, pero que descansan sobre propuestas irrealizables y simplificaciones groseras [4]. Engatusan a los bienintencionados, dividen a la sociedad en bloques morales estancos y sustituyen la reflexión por la consigna. No importa tanto quién las formule como el hueco que vienen a llenar: el de una ciudadanía cansada, desorientada, ávida de convicciones en un mundo que ya no las ofrece.

Sin embargo, mientras el relato político sigue prometiendo bienestar, progreso o reparación moral, la realidad material apunta en otra dirección: Europa se rearma. No como respuesta puntual, sino como proyecto estructural, con un horizonte concreto que se sitúa en 2030 —Readiness  2030 [5]—. Para llevarlo a cabo, está previsto un conjunto de acciones, entre otras, la movilización de cifras colosales [6], la flexibilización del déficit únicamente para el gasto en defensa [7]; asimismo, se reorientan fondos concebidos para la cohesión social y se invita incluso a los hogares a invertir sus ahorros en la industria militar [8]. La intención es muy clara: cuando hasta el ahorro doméstico se convoca a la guerra, el relato del progreso queda oficialmente suspendido.

Además, el consenso social acompaña: una amplia mayoría acepta —o asume— que reforzar la capacidad bélica es ahora una prioridad [9]. Un gasto de este calibre muestra que, llegado el momento, la seguridad y el poder duro pesan más que otros valores proclamados (bienestar, clima, cohesión social). Es decir, la exigencia de sacrificios económicos, sociales y, si fuera necesario, generacionales, será imperativa en aras del único objetivo prioritario —insisto—, que no es otro que el poder mismo —su conservación, su proyección y su defensa—. Esta no es una acusación moral, sino una constatación histórica y política [10].

Lo que es especialmente perturbador, lo más llamativo, a mi juicio, es que estas decisiones no se adopten en medio de una conmoción social, sino en un clima de relativa calma. Hay una ausencia de indignación colectiva y de revuelo público. El rearme avanza entre comunicados técnicos, porcentajes de PIB y eufemismos estratégicos. Y mientras tanto, nosotros seguimos con nuestra vida, aplazando cualquier incomodidad profunda. Como si todo aquello fuera asunto de otros, delegando las resoluciones en quienes habitan los despachos inalcanzables, cediéndoles la responsabilidad acerca de un futuro impreciso. Ese desarreglo —esa distancia entre lo que ocurre y lo que sentimos— es, quizá, el verdadero signo de una época en descomposición.

Por eso resultó tan reveladora —y tan rápidamente corregida [11]— la intervención del general francés Fabien Mandon, jefe de Estado Mayor de los Ejércitos, que se atrevió a formular lo que normalmente se evita decir: que un país debe estar dispuesto a perder a sus hijos en una guerra [12]. La aclaración política no borra la frase, porque no rectifica el marco mental que la hace posible. La idea estaba ahí, disponible, esperando ser pronunciada, sin eufemismos. Y cuando algo así se proclama —aunque luego Macron se retracte— es que el mundo ya se ha desajustado lo suficiente como para admitirlo.

La ofrenda generacional deja entonces de presentarse como tragedia y pasa a convertirse en hipótesis de trabajo. Se amplían o reintroducen formas de conscripción [13]. Y todo ello ocurre sin que se cuestione seriamente el precio último: que alguien —no nosotros, no ahora— pagará incluso con su vida la continuidad de un orden que sigue priorizando el poder sobre la bonanza al alcance de todos. Está visto que nuestra comodidad actual no es inocente. Nuestra apatía tampoco. Vivimos instalados en una calma funcional, en una normalidad que se sostiene precisamente porque el conflicto se difiere, se externaliza y se proyecta hacia las generaciones más jóvenes, bajo la forma de un pacto incómodo, unilateral, que delega en ellos el sacrificio [14].

Quizá por eso escribir —y leer— no sirva ya para consolarnos. No debería. En una época que ha renunciado a imaginar un mundo mejor y se limita a preparar uno defendible, la escritura constituye un último gesto de lucidez. Un modo de no encajar del todo, de resistirse a la anestesia del lenguaje oficial, a la comodidad de las promesas irrealizables y a la aceptación dócil de lo inevitable. Se escribe —se lee— porque algo no cuadra. Porque hay una distancia creciente —una disonancia cognitiva— entre los discursos y los hechos, entre la paz invocada y la guerra en ciernes [15]. Y, en medio de esta tensión desgarrada, el arte no redime ni salva, pero al menos ordena y nombra, sin tapujos hipócritas, lo que sucede. Y expresarlo con palabras, hoy, es ya una forma modesta, pero irrenunciable, de responsabilidad.

NOTAS_______

[1] En torno a Don Quijote.

 

[2] Miguel de Unamuno: Vida de Don Quijote y Sancho.

 

[3] Implementación de la Ley de Servicios Digitales el 17 de febrero: ¿qué cambiará?

 

La Comisión Europea multa a la red social X con 120 millones de euros por infringir el reglamento de servicios digitales

 

[4] Del supermercado público al impuesto para ricos: las propuestas del musulmán izquierdista Zohran Mamdani para ganar la alcaldía a Nueva York

 

[5] Por su importancia, añado aquí otras referencias:

 

[6] ReArm Europe / Readiness 2030: von der Leyen’s Plan to Strengthen Europe’s Defense

 

[7] Instrumento SAFE: el Consejo aprueba un importe de 150 000 millones de euros para impulsar la adquisición conjunta en el ámbito de la seguridad y la defensa europeas

 

[8] Francia impulsa gran recorte del gasto social para financiar defensa y reducir deuda

 

El país de Europa que usará los ahorros de sus ciudadanos para financiar la defensa

 

ETFs y fondos para invertir en defensa

 

[9] El 71% de los europeos apoyan impulsar el rearme en la UE, según el Eurobarómetro

 

[10] Ya no se pronuncia la palabra paz con la misma convicción. (En mi artículo Troya).

 

[11] Macron rectifica al general francés que dijo que el país debe «aceptar perder a sus hijos» en la guerra

 

[12] «Aceptar perder a sus hijos»: discurso íntegro del Jefe del Estado Mayor de los Ejércitos francés Fabien Mandon

 

[13] El servicio militar en Europa: en qué países es obligatorio y cuál es la situación en España

 

[14] El extraño regalo del Día de Reyes de la UE:

Los países europeos se comprometen a desplegar una fuerza multinacional en Ucrania en caso de alto el fuego

 

Zelenski y aliados dan un paso para desplegar tropas extranjeras en Ucrania

 

Sánchez abre la puerta a enviar militares españoles a Ucrania

 

[15] El teniente general Busquier advierte desde Barcelona que el escenario mundial de «inestabilidad» sitúa a las Fuerzas Armadas ante una «encrucijada estratégica»

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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