
“Como el primer día eres el velero, la estrella y el viento de mi travesía. Mi filosofía, mi apasionamiento, mi mejor acento, mi soberanía. Como el primer día, te sigo queriendo”. (“te sigo queriendo”. Alberto Cortez).
No deja de sorprenderme, aunque no sea ya un hombre proclive a la sorpresa, como un recuerdo dormido puede despertar, a veces, por el motivo más absurdo e inesperado, como esa margarita que nace en el asfalto o esa fotografía que sobrevive al incendio, demostrándote que hay recovecos en el alma que guardan hasta aquello que habías olvidado o a lo que no has querido volver por miedo al dolor que puede causarte enfrentarte a lo que, desgraciadamente, has perdido para siempre.
Y no deja de ser irónico que el objeto más frío y absurdo al que nos ha atado el progreso, de repente, se abra como una flor y te entregue un momento de ternura, de aflicción, que te deje temblando como un niño abandonado que, en definitiva, es lo que todos somos a determinada edad, cuando el tiempo, que en mi caso me ha dado mucho, ya te ha arrebatado, inexorablemente, a aquellos que no solo te dieron la vida, en sentido literal, sino que además te han hecho lo que eres, con una entrega absoluta y una generosidad que, muchas veces, ni ha sido correspondida ni esperaba serlo.
No sé explicarlo muy bien, pero yo soy un convencido de que a veces las cosas pasan porque tienen que pasar y, esta tarde, hace un rato, buscando un teléfono en whatsapp, esa nueva Ítaca a la que nos han hecho creer que teníamos que llegar, para estar más comunicados pero sentirnos más solos que nunca, me he encontrado con una conversación de un teléfono que ya no existe, de una persona que ya no existe, referida a un tiempo que ya no existe. Uno de esos chats que nunca borraré y que aunque son solo bits, lenguaje binario, se pegan al corazón como si fueran algo real y valioso. De ese teléfono que nunca olvidaré, el teléfono de mi madre.
Es verdad que mi madre empezó a usar whatsapp en 2017, cuando contaba ya con 80 años de edad. Siempre, y esto lo digo porque es real, fue una mujer mucho más joven que su cuerpo, al menos en su vejez. Mi padre, por ejemplo, nunca usó un Smartphone; le bastaba con esos teléfonos de bisagra, porque solo lo quería para llamar y que le llamaran, pero mi madre se lanzó a la tecnología sin miedo al fracaso, como era ella. Hoy, gracias a eso, la he podido escuchar, diciéndome que guapos estábamos todos en una foto o cuanto le había gustado mi artículo, hace ya diez largos años.
Ese chat refleja, para el observador correcto, a una mujer feliz, mayor pero sana, con motivos para la alegría. Pero, a medida que he avanzado en él, también he podido revivir la enfermedad, la pérdida de capacidades que le generó una dolencia a la que ningún médico pudo poner nombre, el declive y, finalmente, el fundido a negro en el que se sumió meses antes de morir; sus mensajes, de brillantes a ilegibles; el momento en el que dejó de enviar sus audios, que, sin embargo, hoy me han traído una tristeza tan profunda que es casi felicidad, llenando de lágrimas unos ojos que no fueron capaces de llorarla el día que se fue, no por falta de pena, sino por la incredulidad y la negación de lo que acababa de ocurrir.
Y no solo eso. También me ha recordado, con la inapelable frialdad de los datos empíricos, que el 29 de diciembre de 2023, nueve días después de su muerte, felicité a mi madre su cumpleaños por whatsapp, y que el 1 de enero de 2024 le envié mi último artículo, el que hacía balance de un año que me había quitado a la mujer que más me ha querido, sin saber yo que un día después mi padre se iría con ella, por no poder soportar más la pena de haberla perdido y tras haber vivido, sin ella, los peores doce días de su vida; artículo que, releído hoy, quiso ser positivo, pues, como dice Joaquín Sabina, si alguna vez he dado más de lo que tengo, me han dado algunas veces más de lo que doy.
Y ahí termina ese chat. Nunca más, ni por whatsapp ni de ninguna otra forma, podré decirle a mi madre cuanto la he querido, cuanto la quiero y cuanto la echo de menos. Nunca más oiré su voz, salvo en el chat de whatsapp que hoy, inesperadamente, me la ha traído de vuelta.
“De un tiempo perdido, a esta parte esta noche ha venido, un recuerdo encontrado, para quedarse conmigo”. (“Para no olvidar”. Los Rodríguez).

