
«Entendí algo que no pedí al genio: a veces el verdadero deseo no es cambiar el mundo, es encontrar el valor para permanecer en él»
Un genio emergió de la tostadora, justo cuando yo retiraba las rebanadas de pan carbonizadas.
– Tienes tres deseos, piénsalos bien -dijo éste sacudiéndose las migas.
Le miré sorprendido. El reloj de la cocina marcaba las 6:15, aunque llevaba años dormido en esa misma hora. Fuera llovía con furia sobre la ciudad. Mi madre, asmática, respiraba con dificultad en la habitación de al lado. Sobre la mesa descansaba mi carta de despido, que no me atrevía abrir.
– Primer deseo -exclamó el genio.
– Quiero que todo vuelva a ser como antes.
El genio chasqueó los dedos. El reloj despertó y comenzó a avanzar. La lluvia cesó. Mi madre entró a la cocina cantando, joven y llena de vida. Yo volví a ser un niño y mi padre vivía. Por unos momentos fui feliz.
– Segundo deseo -volvió a decir el genio.
Permanecí un rato pensativo.
– Quiero que no sufra nadie -contesté.
El genio volvió a chasquear los dedos.
El mundo quedó inmóvil. Mi madre dejó de cantar. En las calles nadie lloraba, pero tampoco reía. Las flores no se marchitaban. Las promesas no se rompían y el amor se convirtió en una palabra vacía.
El genio me miró en silencio.
– Último deseo.
En ese momento me di cuenta de mi impotencia al querer cambiarlo todo.
– Deseo recordar que los deseos tienen consecuencias.
El genio chasqueó los dedos por última vez.
El reloj volvió a su eterno sueño. La cocina regresó a su estado habitual. Mi madre seguía enferma. La carta permanecía cerrada sobre la mesa. Fuera la lluvia golpeaba las ventanas y la ciudad seguía a su ritmo, sin necesitar ninguna magia.
Ahora recordaba que existían dos vidas posibles, la perfecta y la vacía.
Tomé la carta y sin leerla la rompí. Preparé el café para mi madre. Me di cuenta que no podía salvarlo todo. Sin embargo, cuando mi madre apretó mi mano contra la suya, entendí algo que no pedí al genio: a veces el verdadero deseo no es cambiar el mundo, es encontrar el valor para permanecer en él.
@ Manuel Sanz Real
