(I) Lingüística para Nacionalistas: De la lengua propia de Cataluña. Por Manuel I. Cabezas González

De la lengua propia de Cataluña
De la lengua propia de Cataluña

«Los únicos que tenemos la facultad del lenguaje y, por lo tanto, una lengua propia somos los seres humanos que vivimos y trabajamos en Cataluña, pero nunca el territorio de Cataluña»

La cuestión lingüística es un tema recurrente en la vida política, judicial, educativa y también en los medios de comunicación de Cataluña y del resto de España. Sin ir más lejos, en los últimas semanas no se ha dejado de hablar de la pérdida, para lengua española o castellana, del estatus de “lengua vehicular” en la enseñanza de España. Por eso, siguiendo los pasos, entre otros, de Aristóteles (Ética a Nicómaco) y de Fernando Savater (Ética para Amador), con esta primera entrega de lo que podría ser tildado de “Lingüística para Nacionalistas”, inicio la publicación de una serie de reflexiones para desvelar las mentiras del “raca raca” nacionalista sobre la política lingüística en Cataluña (ejemplo para las otras CCAA con dos lenguas cooficiales), así como la falta de músculo de la argumentación de aquellos que se oponen a ellas. En estas reflexiones, iré desgranando y analizando, no desde lo políticamente correcto sino desde el punto de vista de esa ciencia llamada “lingüística” y de las ciencias de la educación, las mentiras propaladas —como papagayos y sin ton ni son— por los seguidores de la fe nacionalista, sobre los efectos salutíferos de la “política lingüística” catalana. Estos textos pretenden ser complementarios de otros muchos, publicados en diferentes medios, donde se ha analizado la cuestión lingüística de Cataluña desde otros puntos de vista.

¿El catalán, lengua propia de Cataluña?

Hoy nos centraremos en una primera mentira, lamentablemente recogida ya en los textos legales de Cataluña. En efecto, desde el Estatuto de Cataluña de 1979 hasta la Ley de Educación de Cataluña (LEC) de 2009 —y pasando por la Ley de Normalización Lingüística (1983), los Decretos de Bilingüismo (1992), la Ley de Política Lingüística (1998) y el nuevo Estatuto de 2006)— se afirma machaconamente que “la lengua propia de Cataluña es el catalán”. Ahora bien, esta aseveración es una afirmación gratuita y carece de toda apoyatura científica, lógica, racional y razonable. Es simplemente una invención interesada y partidista de la casta política catalana nacionalista-independentista, “la mayoría de la cual ha surgido del ‘todo a cien’ de los partidos”, Pilar Rahola dixit. Es, en definitiva, una patraña, la primera y fundamental mentira, que ha servido de piedra angular sobre la que se han construido, como tendremos ocasión de demostrar en esta serie de textos, las otras mentiras relativas a la normalización, a la inmersión y, en general, a la política lingüística en Cataluña.

La facultad del lenguaje

A pesar de que Rabelais haya escrito que “le rire est le propre de l’homme”, a pesar de que ciertos etólogos hayan afirmado que lo que diferencia al hombre de todos los otros seres vivos es su capacidad de tener comercio carnal “any time, any where”, lo que realmente singulariza al ser humano es el “lenguaje”, es decir su capacidad de comunicar con otros seres humanos por medio de esos sistemas de signos llamados “lenguas naturales”.

La facultad del “lenguaje” es una facultad “innata”. En efecto, según los biólogos, todo recién nacido posee, en su bagaje genético, el o los gen(es) que le va(n) a permitir aprender y utilizar una o varias lengua(s) natural(es). Por otro lado, se trata de una capacidad “en potencia” o “virtual”. Por lo tanto, se debe desarrollar y, para ello, son necesarios dos soportes: un “soporte social” (el recién nacido debe crecer y desarrollarse en el marco de una comunidad humana, en el seno de la cual tendrá los contactos lingüísticos necesarios); y un “soporte fisiológico o somático” sano (el recién nacido no debe padecer ninguna malformación o enfermedad en los llamados “órganos de la palabra”). Finalmente, el “lenguaje”, como los yogures, es una facultad con fecha de caducidad. Por eso, debe desarrollarse en los primeros años de vida del recién nacido.

Sin estos dos soportes y sin este imperativo temporal, la facultad del lenguaje no llegará a desarrollarse o se desarrollará mal. Pensemos en el niño sordo, que será mudo; pensemos también en el héroe de la película de F. Truffaut, “L’enfant sauvage” (1970), que no aprenderá tampoco a hablar. Estos niños no pueden desarrollar la facultad del lenguaje (es decir no pueden aprender a hablar las lenguas naturales), ya que han sido privados, en los primeros años de vida, de los contactos-soportes necesarios, ya sea por el silencio (cf. niño sordo, que será un niño sordo-mudo), ya sea por la soledad (cf. el “niño salvaje” de F. Truffaut).

Es una verdad de Pero Grullo (aquél personaje de leyenda urbana del pasado que a la mano cerrada llamaba puño) que, a pesar de que todos los seres humanos nazcan con la “facultad del lenguaje”, no todos los hombres hablan la misma lengua. En efecto, la “facultad del lenguaje” no se manifiesta de la misma forma en todos los seres humanos, sino que se cosifica en una gran diversidad de lenguas. A pesar de estar ya en el siglo XXI, no se conoce con exactitud el número de lenguas habladas en el mundo. Se suele avanzar la cifra estimativa de unas 6.000 lenguas.

De las lenguas propias de los catalanes

A partir de estas contribuciones de las ciencias del lenguaje, podemos afirmar y afirmamos que los únicos que tenemos la facultad del lenguaje y, por lo tanto, una “lengua propia” somos los seres humanos que vivimos y trabajamos en Cataluña, pero nunca el territorio de Cataluña. Precisado esto, debemos constatar que, en las tierras de Cataluña, conviven seres humanos, venidos de todos los horizontes peninsulares y del mundo que, impelidos por la facultad del lenguaje, han creado una serie de lenguas para relacionarse y comunicarse con los demás. Por lo tanto, si los ciudadanos de Cataluña somos los únicos que poseemos la facultad del lenguaje, somos también los únicos que tenemos una lengua propia.

Ahora bien, los ciudadanos catalanes no tenemos una lengua propia única, sino una gran diversidad de lenguas propias. En efecto, a las dos lenguas propias (español y catalán)

de las dos partes más numerosas de la comunidad lingüística catalana, hay que añadir las lenguas propias de esos otros catalanes, llegados de otros puntos del planeta. Por lo tanto, afirmar que “la lengua propia de Cataluña es el catalán” es hacer un uso inapropiado, interesado, manipulador, torticero y engañoso de la palabra por parte de los guardianes de las esencias nacionalistas.

Desde el campo de la filosofía se llega a la misma conclusión. Jesús Mosterín habla de “error categorial” cuando se confunden las categorías y se usa un concepto fuera de su campo de aplicación y se traspasan las fronteras del sentido y se cae en el sinsentido. Esto sucede cuando se predica una cualidad de algo que no la tiene (por ejemplo, se puede decir del número 6 que es divisible por 3, pero no del color amarillo) o cuando se atribuyen a un sistema entero propiedades de uno de sus elementos o la inversa (por ejemplo, un país tiene características —población, renta per cápita, etc.— que no tienen sus habitantes; y los habitantes de ese país tienen también propiedades —sexo, peso, lengua, etc.— que no posee el país). Así, desde el punto de vista filosófico, podemos afirmar y afirmamos, con J. Mosterín, que “la lengua es un atributo de la persona, no del territorio”. Y cuando la persona (portadora de la facultad del lenguaje) se mueve, lleva consigo su lengua o sus lenguas propia(s). De ahí que sea falso, por error categorial también, que “la lengua propia de Cataluña es el catalán”. Esto sólo se puede decir o predicar de una parte minoritaria de los ciudadanos de Cataluña.

Al introducir, en los textos legales de más alto rango, el error categorial y la mentira de que “la lengua propia de Cataluña es el catalán”, los seguidores de la fe nacionalista han seguido, a pies juntillas, las palabras que Jesús de Nazaret dedicó a Simón, hijo de Jonás, “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16:18). Y todos sabemos el poder que tiene la Iglesia Católica y dónde ha llegado. La piedra-mentira, que acabamos de desvelar y sobre la que los nacionalistas están construyendo su Arcadia feliz, está incrustada en la legalidad vigente y ahora todo será posible, aunque todo sea un sinsentido. Aquellos que tienen unos valores y una ética, como diría Pasqual Maragall, de geometría variable, deberían reflexionar y rectificar. Como tendremos ocasión de demostrar en otras entregas —que enmarco dentro de la precitada “Lingüística para Nacionalistas”— en Cataluña, la lengua catalana es, cada vez más, un símbolo y, cada vez menos, un instrumento de comunicación, porque funciona como bandera y como arma en la litis política.

Coda: « Je ne demande pas à être approuvé, mais à être examiné et, si l’on me condamne, qu’on m’éclaire » (Ch. Nodier).

©  www.honrad.blogspot.com

Manuel Ignacio Cabezas G.

Manuel Ignacio Cabezas G.

Con tres topónimos puedo resumir las líneas maestras de mi devenir vital: desde El Bierzo Alto (Almagarinos), donde nací, hasta Barcelona, donde he impartido docencia de Lingüística y Lingüística Aplicada, en la UAB, y pasando por Paris, donde me formé en la Sobona y donde tuve mi primera experiencia profesional durante 8 años, en la Embajada de España en París (Servicio de Atención Cultural y Lingüística a los Hijos de Emigrantes Españoles en Francia). Desde el 2011, he tratado de alimentar al hijo lingüístico que bauticé con el exigente nombre de Honestidad Radical. Para ello, por un lado, he tratado de aplicar el lema que se dio a sí mismo el maestro de periodistas Mariano José de Larra: "Mi vida está dedicada a decir aquello que los demás no quieren oír". Y, por otro lado, he intentado ser un fiel y humilde practicante de la doctrina de la “honestidad radical”, cuyas señas de identidad, siempre respetando la obligada cortesía lingüística, pueden resumirse en tres principios: 1. Seleccionar siempre las palabras más adecuadas; 2. Sacarles punta antes de usarlas; y 3. Aderezarlas con una pizca de cicuta para hacerlas más eficaces y letales.

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