
«Enríquez de Cabrera asumió el mando de las tropas como capitán general de Castilla la Vieja, y el 7 se septiembre finalizó el sitio de Fuenterrabía»
Enríquez de Cabrera, Juan Alfonso. V Duque de Medina de Rioseco. Nacido en Medina de Rioseco (Valladolid, 1594 – Madrid, 7 de febrero de 1647), IX almirante de Castilla, capitán general, virrey de Sicilia y Nápoles. Era un hombre inquieto, algo violento. Fue nombrado gentilhombre de la Cámara de Felipe IV y en 1646 su mayordomo mayor. Tuvo problemas por su temperamento y por el juego, por lo que fue encarcelado varias veces. Estuvo muy implicado con la política del duque de Lerma, valido de Felipe III, por razones familiares. Pese a que era yerno del conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, hubo entre ellos una gran enemistad. En 1626 comenzó su enfrentamiento con Olivares, por lo que, una vez que renunció a su cargo, fue desterrado de la Corte, si bien en 1629 se le ordenó que regresara.
En 1636 organizó un plan para la invasión de Francia. Gastó en sus proyectos prácticamente toda su fortuna y no obtuvo ningún éxito en su campaña. En julio de 1638 el ejército de Condé cruzó la frontera de Guipúzcoa por Irún y puso sitio, por tierra y por mar, a la fortaleza fronteriza española de Fuenterrabía, sorprendiendo al conde-duque de Olivares, el cual organizó medidas urgentes de socorro desde la Corte.
La nobleza fue llamada a tomar las armas. Enríquez de Cabrera ofreció sus servicios y asumió el mando de las tropas como capitán general de Castilla la Vieja, y el 7 se septiembre finalizó el asedio de Fuenterrabía con contundente éxito. Pese a que destacó en Fuenterrabía como buen soldado y tuvo parte importante en la victoria, Olivares se atribuyó el éxito sirviéndose de las obras de Juan de Palafox y Mendoza (Sitio y Socorro de Fuenterrabía, Madrid, 1639) y de Virgilio Malvezzi (La Libra, Pamplona, 1639).
Enríquez de Cabrera desplegó un importante aparato propagandístico para recuperar la fama perdida. El cronista José de Pellicer Ossau publicó en Madrid, el 11 de septiembre de 1638, un escrito Consagrado a la fama inmortal del príncipe don Juan Alfonso Enríquez de Cabrera.

Francisco de Vargas publicó al mismo tiempo una Relación de la memorable victoria, que atribuye a Enríquez de Cabrera como general de la provincia de Guipúzcoa. Por su parte, Alonso Díez de Lugones y Venegas escribió grandes elogios de sus hazañas en verso y prosa en dos obras, que publicó en Madrid a finales de 1638, denominándole “invicto Aquiles español… por la gran victoria de Fuenterrabía, debida a su acertado gobierno”.
Enríquez de Cabrera entró victorioso en Madrid el 26 de noviembre de 1638, provocando entre los cortesanos antiolivaristas mayor unión, y en Olivares una mezcla de temor y de envidia. Olivares temía que Enríquez de Cabrera presionara al Rey para retirarle el valimiento, así que a finales de 1640 fue nombrado virrey de Sicilia con el fin de alejarlo de la Corte, por lo que el anterior virrey Francisco Melo de Braganza fue enviado a los Países Bajos.
Olivares fue premiado por el Rey al considerarlo el único responsable del éxito de Fuenterrabía, obtuvo una copa de oro anual, la alcaldía de Fuenterrabía, el nombramiento como administrador de los Millones, y camarero mayor de la Casa de Borgoña hasta su caída. Todo ocurrió el 7 de septiembre de 1638, día 69 del asedio, cuando llegó el ejército de socorro al mando del almirante de Castilla. Los franceses abandonaron sus posiciones y en la huida muchos de ellos murieron tiroteados y ahogados. El almirante de Castilla, en escueta carta a su esposa, describe la batalla empleando estos sencillos términos, que se han hecho célebres: «Amiga: como no sabes de guerra, te diré que el campo enemigo se dividió en cuatro partes: una huyó, otra matamos, otra prendimos, y la otra se ahogó. Quédate con Dios, que yo me voy a cenar a Fuenterrabía«.

