«El Castillo Interior». Por Teresita Ávila

El Castillo Interior

¿No es pequeña lástima y confusión, que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos, ni sepamos quién somos? ¿No sería gran inorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese, ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras, cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos y ansí, a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma; mas qué bienes puede haber en esta alma, u quién está dentro en esta alma, u el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y ansí se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura; todo se nos va en la grosería del engaste u cerca de este Castillo, que son estos cuerpos.

Santa Teresa de Jesús, Las moradas o Libro del castillo interior.
Las moradas o Libro del castillo interior

«Ha llegado el momento de enseñorearnos en nuestro castillo y alejarnos del ruido y la suciedad de lo mundano. Es imperativo. Y de zafarse de lo feo o lo ridículo»

Confieso abiertamente mi simpatía por la santa de Ávila desde los años juveniles. En mi mesilla de noche hay un rosario de pétalos de rosa que aún preserva su aroma, y que compró mi madre en la visita que hicimos al Monasterio de la Anunciación de Nuestra Señora de las Carmelitas, en Alba de Tormes. También recuerdo la impresión que me causaron sus reliquias, su brazo y su corazón. Sean creyentes o no, mi interés no va encaminado por los senderos de la teología ni la exégesis de las obras de la santa. No es el caso. El rumbo es otro, creo que necesario. Y menos atosigante en cuanto a los temas que frecuento desde esta revista, La Paseata, cuyo generoso editor, don Manuel Artero, abre a diario las puertas a un equipo que ha hallado acomodo.

Necesitamos ordenar nuestro mundo, darle reposo, concederle el placer de la relajación para que se vuelva un poco más amable y acogedor. De su hostilidad, de tantos sinsabores, se han escrito millones de páginas y se añadirán aún muchas otras. Aquí traigo a la memoria el Prólogo de La Celestina [1] donde Rojas, parafraseando a Petrarca — «Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla» —, ofrecía un complejo panorama de las relaciones nacidas bajo el signo del interés, la contienda subyacente que se revela a lo largo de la trama, el medro, las traiciones y la culpa.

Ha llegado el momento de enseñorearnos en nuestro castillo y alejarnos del ruido y la suciedad de lo mundano. Es imperativo. Y de zafarse de lo feo o lo ridículo. Huir de la inmoralidad sacralizada en los rituales callejeros de finales de junio, o en los púlpitos televisivos. Acallar las voces impertinentes de los agitadores mercenarios, de los oportunistas que ofrecen su mercancía averiada a sabiendas, con gestos delatores. En esta batalla, la única bandera por enarbolar luce limpia y luminosa, verdadero emblema de la contrarrevolución. Así lo entienden algunos afortunados, y cito, en primer lugar, a Carlos Marín-Blázquez quien, en su libro de agudas sentencias o aforismos titulado Contramundo, propone como misión algo sencillo y enorme simultáneamente: «Nuestro objetivo ha de ser modesto: no transformar, sino desenmascarar». Y a continuación, destacaré como ejemplo a David Cerdá, que entiende como nadie la perfecta combinación entre lo filosófico y lo pragmático, aderezada con un fino sentido del humor, donde nunca falta la sensibilidad cristiana. Cualquier artículo suyo pone de manifiesto estos dones, como este último que acabo de leer, Show Taras.

A pesar de los esfuerzos denodados por encanallar y someter —en especial a los jóvenes— aún hay esperanza. Tal vez sean esos ataques furibundos los que consigan sacudir las conciencias aletargadas, advirtiendo con sus perturbaciones de la necesidad de restaurar lo íntimo de cada uno, su paz. Y puede que así se logre un nutrido grupo de irreductibles y valientes que forje su escudo de Aquiles particular, conscientes de su valor y sus derechos sojuzgados por inicuas autoridades.

No se trata de volverles la espalda, sin más, a las pantallas vociferantes. No es una huida cobarde que evita plantarle cara a los hechos ignominiosos que, de una forma u otra, repercutirán en nuestra vida. Se trata de no caer en sus enredos, en sus torpes trampas que emplean todos los mecanismos disuasorios al alcance para distraer de la verdadera realidad esencial, la de cada uno. Los intentos por disolver lo mejor, lo más valioso que poseemos, en una amalgama de elementos irreconocibles sin textura auténtica —con el objetivo de desarbolar la nave y que naufrague— son cada vez más atrevidos, aunque menos originales.

Durante estas semanas de asueto que tenemos por delante, se nos brinda la oportunidad de ejercer el derecho más democrático que existe, el de conceder audiencia privada a quienes nos aprecian, o a quien nos convenga. Y esto permite concentrar nuestra atención en los próximos, la familia y los amigos. Entablar con ellos esos diálogos sin reloj que tantas veces la premura de los quehaceres nos escamotea. Y también el regalo del silencio, cuya práctica otorga evidentes beneficios, consigue que asomen oportunamente esos flecos sueltos que habíamos olvidado por ahí. El silencio que humaniza cuando no proviene de una orden, de una imposición, de un autócrata ni de sus lacayos. Poner de cara a la pared sus tristes mensajes sin valores. Y hallar la mejor fórmula para colgar bien visible nuestro pabellón en lo alto del castillo.

NOTAS______

[1] https://es.wikisource.org/wiki/La_Celestina/Pr%C3%B3logo

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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