En una dictadura de izquierda extrema, como la actual, nada es al azar y todo está controlado porque el que pilota la ignominia se cree invulnerable.
A golpe de delito. Por Antonio E.

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En una dictadura de izquierda extrema, como la actual, nada es al azar y todo está controlado porque el que pilota la ignominia se cree invulnerable.

Puede que mi pensamiento frente a los dictadores sea muy visceral, pero soy completamente contrario a la chulería y a la demostración de fuerza.

Los índices de audiencia olvidan su liderazgo desde que en TVE obviaron, desde el ERE y la sectaria política de Zapatero que consumó la fechoría ideológica, la esencia de los conceptos.

En el extinto partido, otrora PSOE, la lluvia convirtió el habitual lodazal en el que siempre subsistió, en una charca infecta.

El tirano nos cocina en la olla a presión de la corrupción y el engaño, sabedor de nuestra falta de memoria, acuciados como estamos en la supervivencia cotidiana.

¡Dimitid de una vez caraduras! Entre sueldazos y retiros dorados a nuestra costa. Y que los corruptos devuelvan lo robado con su patrimonio.

Sacrificar el ojete de millones de contribuyentes en pos del bienestar del infiel autócrata, no hace mucho tiempo sería alta traición.

Hay quien dice que el éxito suele ser fruto de la simplicidad y se comprueba cuando escuchas a los ancianos sentar cátedra.

Me cruzo en Santa Ana con un par de ciudadanos que, con toda delicadeza depositan una rosa mustia en las manos de Federico García Lorca.

¿Qué es terrorismo?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es terrorismo? ¿Y tú me lo preguntas? Terrorismo… eres tú.

España ya no será la misma, tras su paso glorioso. Y dejará tras de sí, como todo prócer majestuoso, inmortal ejemplo de apaciguamiento y reconciliación.

Parecemos un país de eso, de puentes sobre aguas turbulentas de Simon y Garfunkel, las lógicas corrientes de los ríos embravecidos.

Fue un año negro aquel de 1980. Un hecho que nadie recuerda y del que podrían sacarse consecuencias. Fue el año en el que el terror se hizo cotidiano, dueño de la calle.

El mayor imbécil moral es esclavo de sus propias contradicciones y sólo tiene un programa, perpetuarse en el poder.