Las andanzas del pobre Críspulo y las palabras de reconocimiento de Azorin

ANDANZAS DEL POBRE CRÍSPULO.
ANDANZAS DEL POBRE CRÍSPULO. Yo amo a Yecla, a este buen pueblo de labriegos… Los veo amar, amar la tierra… Y tienen una fe enorme, la fe de los antiguos místicos… ESTA ES LA VIEJA ESPAÑA, LEGENDARIA, HEROICA. Azorín

 

 

“En sus andanzas, el jefe le apuntó en un programa de inmersión lingüística acelerada, para así reconducirle al buen camino del hecho diferencial”

 

 

 

Críspulo Mochales ejercía de sexador de pollos en un pequeño pueblecito de Teruel. Era un señor regordete, entrañable y poco avispado, similar (salvo en la especie zoológica) a Winnie the Pooh, aquel osito que tenía muy poco cerebro.

Todo le iba bien, hasta que un día súbitamente comenzaron a salir pollos del armario dificultándole enormemente su labor, hasta el punto de crearle un síndrome de estrés agudo, acompañado de trastornos intestinales que desembocaron en enormes ventosidades totalmente intempestivas. Evidentemente, las costumbres modernas propias de la diversidad sexual y del talante (por detrás y por delante) se habían traspasado a las especies gallináceas para desesperación del Sr. Mochales, que no atinaba con el sexo de los susodichos. Todo se pega menos la hermosura.

Ante tamaño problema, decidióse a cambiar de trabajo. Pronto encontró uno en una Comunidad no muy lejana, gracias a la mediación de un conocido suyo. De esta manera, nuestro hombre cogió los bártulos y trasladó su residencia hacia el nuevo paraíso que esperaba encontrar.

Pronto se vio que el tal paraíso no lo era, sino más bien lo contrario. Las gentes de aquel pintoresco lugar hablaban otro idioma, y algunas manifestaban una especial animadversión hacia la familia Mochales, llamándolos “españoles” y otras barbaridades por el estilo. La situación se volvió tensa, y D. Críspulo empezó a plantearse serias dudas sobre su elección. Sin embargo, el desencadenante que motivó la catarsis fue su primer día en la empresa que le había proporcionado aquel conocido suyo.

***

Sólo su escaso talento puede explicar el tremendo error que cometió su primer día de trabajo, cuando al traspasar la puerta de la oficina, se le ocurrió esbozar esta frase al dirigirse a sus nuevos compañeros:

—Hola, me llamo Críspulo. ¿Y vosotros?

Un calvo siniestro y verrugoso llamado Josep Sánchez i Martínez (tal y como rezaba su tarjeta de identificación) saltó como una fiera desde su pupitre autóctono y con ojos inyectados en sangre, le espetó de esta democrática manera:

— ¿Què dius?

Aquel fue el punto de partida de un horrísono coro de voces aullantes, cuyo estruendo hizo mella en los tímpanos del pobre Críspulo:

— ¿Què dius?, — ¿Què dius?, — ¿Què dius?,

—¿¿¿¿¿¿¿Què dius??????

El pobre hombre quedó pasmado y así estuvo el resto de la jornada. Desde ese momento fue incapaz de abrir la boca. Su jefe comenzó a pensar que era un discapacitado, un retrasado o un polinésico y le apuntó en un programa de inmersión lingüística acelerada, para así reconducirle al buen camino del hecho diferencial.

Mochales estaba ya firmemente decidido a salir de allí porque no aguantaba más. Sus ventosidades volvieron con más fuerza, pero esta vez iban asociadas a las imágenes mentales del citado Sánchez y sus acólitos.

Pero Dios es justo y milagroso y al poco tiempo de su estancia en aquella tierra hostil que llamaban oasis, una llamada telefónica providencial salvó al atribulado Críspulo. Su primo Pascasio le pedía su colaboración para ponerse al frente de una pequeña empresa que había fundado en Yecla, un pueblo de Murcia. La luz se hizo en el escaso cerebro del osito; sin pensárselo dos veces, volvió a embalar sus pertenencias y salio pitando de aquellos inhóspitos confines, no sin dejar antes unas cuantas deposiciones patológicas en la puerta de la empresa donde había padecido su calvario.

***

Allí todo era distinto. La gente era amable y le hablaba en su mismo idioma, cosa que hoy en día es de agradecer. Mientras paseaba por las antiguas calles del casco urbano con su hijo, una señora observó a éste e hizo un comentario cariñoso:

— ¡Qué zagalico tan guapo! ¿Qué bonico!

Críspulo recordó que en Aragón también se usaba el sufijo “ico”, al igual que en Navarra. Cayó entonces en la cuenta de que todos nos diferenciamos muy poquito, aunque las calenturientas mentes o los intereses espurios de algunos políticos nos hagan creer lo contrario.

Al pasar por la plaza del Ayuntamiento, sus ojos se fijaron casualmente en una placa de azulejo en la que se hallaba escrita una sabia cita de Azorín, insigne escritor de la generación del 98 que allí vivió en sus años mozos (nota aclaratoria para perjudicados por la LOGSE). Aquellas palabras retumbaron en las atrofiadas neuronas de nuestro protagonista:

«Yo amo a Yecla, a este buen pueblo de labriegos… Los veo amar, amar la tierra… Y tienen una fe enorme, la fe de los antiguos místicos… ESTA ES LA VIEJA ESPAÑA, LEGENDARIA, HEROICA.» Dos gruesos lagrimones resbalaron por las orondas mejillas del osito de peluche. Su cerebro despertó. Al final lo había comprendido todo.

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Guillermo Emperador

Guillermo Emperador

Español, bajito, republicano y alopécico. Profesor de la escuela del maestro Ciruela, boticario y bloguero en Libertad Digital con el espantoso nick de “chinito”. Ahora autoascendido a Emperador de la tierra de las Mil Naciones (España, obviamente). Tengo un blog, una coneja y muchos amigos en la Llanura de Palmaria. Nunca pensé en escribir pero la vida es un camino que lleva por derroteros extraños.

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