Los Anti-Principitos que no arrancaron las malas hierbas de Cataluña. Por Manuel I. Cabezas González

los anti-principitos
Los Anti-Principitos

«Los responsables de la crítica situación, que se estaba y se está aún viviendo en Cataluña, se presentaron de nuevo a las elecciones, como los bomberos-pirómanos»

El 21 de diciembre de 2017, los ciudadanos catalanes fueron llamados a las urnas una vez más, en muy poco tiempo. Con su voto, tenían que tratar de arreglar los desaguisados, los desatinos y los desmanes provocados tanto por el Gobierno de Cataluña del prófugo y lenguaraz Carles Puigdemont, como por el Gobierno de España, presidido por el anti-Principito Mariano Rajoy, y el resto de la casta política. Ahora bien, los responsables de la crítica situación, que se estaba y se está aún viviendo en Cataluña, se presentaron de nuevo a las elecciones, como los bomberos-pirómanos, para atajar el incendio que ellos mismos habían provocado, habían atizado y seguían y siguen atizando, impelidos por el deseo patológico de mantenerse en el poder o de llegar a él.

Ante estas constataciones objetivas, no está de más preguntarse por qué y cómo se ha degradado tanto el Estado de derecho así como la actividad económica, la convivencia cívica y política, el Estado de bienestar,… en Cataluña. Comprender las causas últimas del comportamiento de los sucesivos gobiernos (el catalán y el central), de ahora y del pasado, y tomar medidas radicales y vinculantes contra ellos deberían vacunarnos contra nuevas intentonas separatistas ilegales y nuevos anti-Principitos. La explicación racional de estas causas, la podemos encontrar si establecemos una analogía entre ciertos pasajes de El Principito (relato de A. de Sant-Exupéry) y el comportamiento de la casta política catalana y española.

El Principito

Al inicio del relato, Sant-Exupéry describe y narra el día a día del Principito en su diminuto planeta, el asteroide B-612. Su planeta estaba infectado de las terribles semillas de baobabs. Por eso, cada mañana, tenía que recorrerlo para arrancar sus inofensivos tallos, nada más que sacaban la cabeza de la tierra. Era un trabajo monótono y aburrido. Pero, el Principito lo llevaba a cabo metódica, diligente y disciplinadamente, ya que de esto dependía la supervivencia de su planeta. En caso contrario, los minúsculos tallos de baobabs crecerían rápidamente, lo invadirían, lo perforarían con sus raíces y lo desintegrarían (cf. Cap. V).

Además, el Principito deshollinaba periódicamente sus dos volcanes activos, con el fin de que ardiesen suave y regularmente, sin erupciones violentas que podrían también poner en peligro su casa-planeta. Y tampoco se olvidaba de hacer lo propio con un volcán dormido ya que, como confesó el Principito, “¡no se sabe nunca!” lo que puede suceder (cf. Cap. IX).

Un día, haciendo la limpieza cotidiana de las malas hierbas, vio una brizna nueva, que no se parecía a ninguna otra. La dejó crecer. Con el paso de los días, surgió una flor, que se fue acicalando y embelleciendo, transformándose en una despampanante rosa. El Principito se enamoró de ella y empezó a prodigarle todo tipo de cuidados: la regaba cada día; la protegía de las corrientes de aire, con un biombo, y de los fríos nocturnos, con un globo; y la acariciaba cotidianamente con sus palabras. Pero, su rosa era altiva, presumida, vanidosa y mentirosa; y el Principito empezó a decepcionarse, a dudar de ella y a no ser feliz. Por eso, abandonó su asteroide y “puso espacio de por medio”, iniciando un periplo interplanetario (Cap. VIII).

Los anti-Pricipitos

Estos pasajes de El Principito reflejan muy bien lo que ha sucedido y está sucediendo en el asteroide Hispania. Rajoy y también todos los presidentes que le precedieron (Suárez, Felipe, Aznar y ZP) y el que le ha seguido (Sánchez) han sido unos auténticos anti-Principitos, cortados todos por el mismo patrón.

En efecto, para llegar al poder y para mantenerse en él, no dudaron en practicar el “ayuntamiento político contra natura” con los nacionalistas. Además, llegados al poder, en vez de ocuparse de los problemas reales de los ciudadanos y de la diligente, metódica y disciplinada gestión de la “res publica” (como hacía el Principito en su planeta, arrancando las malas hiervas y deshollinando sus volcanes), han hecho dejación de sus funciones, poniendo en peligro la soberanía nacional, la paz social y la viabilidad de nuestra democracia; y se han dedicado sólo a asegurarse la permanencia en el poder, para defender únicamente sus intereses personales y los de sus partidos.

Actuando así, han hecho honor al “Viejo Profesor”, Tierno Galván, que afirmó aquello de que “las promesas electorales están para no cumplirse” (i.e. para engañar a los votantes). ¿Y para esto les pagamos el sueldo? Como dijo alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, “a la política se debería llegar comido y comiendo, y no para comer y, aún menos, para comer a dos carrillos”.

Por otro lado, —conocedores del talón de Aquiles de los Suárez, los Felipe, los Aznar, los ZP, los Rajoy y los Sánchez— los nacionalistas-independentistas catalanes les exigieron, durante los más 40 años de democracia, el oro y el moro para que pudieran satisfacer sus desenfrenados apetitos de poder. De esta forma, el cortoplacismo y los intereses personales de los Presidentes de los Gobiernos de España provocaron la transferencia progresiva de competencias del Estado a la caprichosa, altiva, mentirosa y siempre insatisfecha “Rosa independentista catalana”. Por eso, los responsables políticos españoles nunca podrán ser tildados de estadistas ya que, para esto, deberían “pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones” (W. Churchill). En consecuencia, no se les dedicará ni una sola línea laudatoria en la Historia con mayúscula.

«Ergo las malas hierbas independentistas no fueron arrancadas a su debido tiempo (ni lo están siendo ahora) por los sucesivos Anti-Principitos del Gobierno de España»

Este apetito enfermizo de poder de los anti-Principitos de la casta política nacional y catalana (los Rivera, los Sánchez, los independentistas de todo cuño, etc.) empujaron y condujeron a Rajoy a convocar elecciones para el 21 de diciembre de 2017. Ahora bien, y una vez adoptado el 155, muchos ciudadanos de a pie se preguntaron si no había sido precipitado convocar, con tanta premura, las elecciones autonómicas en Cataluña y si éstas eran la fórmula taumatúrgica para deshacer el nudo gordiano catalán. En efecto, no parecía lógico ni razonable que el statu quo de Cataluña fuera a cambiar por medio de unas nuevas y simples elecciones autonómicas. Éstas podrían ser y, en realidad, fueron un parto de los montes: mayoría de la coalición de los nacionalistas-independentistas. Por eso, todo sigue igual o aún peor. Además, a pesar de haber sido engañados y decepcionados por unos y por otros, los votantes catalanes no abandonaron, como el Principito su asteroide, el planeta electoral del 21D y acudieron masiva y mansamente (81,94%) a la llamada de las urnas.

Como dijo Einstein, “si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo”. Por eso, no era factible que se pudieran esperar resultados electorales diferentes, cuando las reglas y las infraestructuras del juego político seguían intactas en Cataluña; cuando las malas hierbas independentistas no fueron arrancadas a su debido tiempo (ni lo están siendo ahora) por los sucesivos Anti-Principitos del Gobierno de España; cuando los volcanes (político, educativo, cultural, comunicativo,…) no han sido deshollinados diligentemente. Los independentistas han ganado la “batalla del lenguaje”; han adoctrinado y siguen adoctrinando a los niños, adolescentes y jóvenes en los centros escolares; han desinformado y manipulado (y siguen haciéndolo) a todos los ciudadanos por medio de los 7 canales catalanes de TV, de las emisoras de radio, de los medios de comunicación tradicionales y digitales, profusamente subvencionados; han contado y siguen contando con una tupida red de asociaciones (entre ellas, la ANC y Omnium Cultural), bien dotadas económicamente y encargadas de difundir el sueño independentista.

Con todo esto y desde hace más de 40 años, los independentistas han ido sembrando las semillas del odio, del rencor, de la disgregación, de la confrontación, de la división, de las fuerzas centrífugas…, que han echado raíces profundas en las mentes de muchos ciudadanos y que no pudieron ser cercenadas, de la noche a la mañana, con la hoz de unas nuevas elecciones autonómicas. Por eso, es difícil comprender la precipitación, que nunca es buena consejera, de la convocatoria de las elecciones del 21D, sin antes desmontar las estructuras que condujeron a la aplicación “light” del 155. Esto demuestra que la casta política “constitucionalista” ha tenido y tiene como único objetivo encaramarse en el poder, olvidándose de que, como dejó para la posteridad Casto Méndez Núñez, “más vale honra sin barcos (sin poder) que barcos (poder) sin honra”.

Manuel Ignacio Cabezas G.

Manuel Ignacio Cabezas G.

Con tres topónimos puedo resumir las líneas maestras de mi devenir vital: desde El Bierzo Alto (Almagarinos), donde nací, hasta Barcelona, donde he impartido docencia de Lingüística y Lingüística Aplicada, en la UAB, y pasando por Paris, donde me formé en la Sobona y donde tuve mi primera experiencia profesional durante 8 años, en la Embajada de España en París (Servicio de Atención Cultural y Lingüística a los Hijos de Emigrantes Españoles en Francia). Desde el 2011, he tratado de alimentar al hijo lingüístico que bauticé con el exigente nombre de Honestidad Radical. Para ello, por un lado, he tratado de aplicar el lema que se dio a sí mismo el maestro de periodistas Mariano José de Larra: "Mi vida está dedicada a decir aquello que los demás no quieren oír". Y, por otro lado, he intentado ser un fiel y humilde practicante de la doctrina de la “honestidad radical”, cuyas señas de identidad, siempre respetando la obligada cortesía lingüística, pueden resumirse en tres principios: 1. Seleccionar siempre las palabras más adecuadas; 2. Sacarles punta antes de usarlas; y 3. Aderezarlas con una pizca de cicuta para hacerlas más eficaces y letales.

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