Llegar a viejo. Por José Antonio Marín Ayala

Llegar a viejo.

“Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina; o simplemente si todos entendiésemos que todos llevamos… un viejo encima”

«¡Qué penoso es el fin de un viejo! Se va debilitando cada día; su vista disminuye, sus oídos se vuelven sordos; su fuerza declina, su corazón ya no descansa; su boca se vuelve silenciosa y no habla. Sus facultades intelectuales disminuyen y le resulta imposible acordarse hoy de lo que sucedió ayer. Todos los huesos están doloridos. Las ocupaciones a las que se abandonaba no hace mucho con placer, sólo las realiza con dificultad, y el sentido del gusto desaparece. La vejez es la peor de las desgracias que puede afligir a un hombre».

Esta es posiblemente la descripción más antigua que un ser humano hizo de sí mismo en su decrepitud. Surgió del pensamiento y de la mano de Ptah-Hotep, visir del faraón Tzezi, de la dinastía V, de lo que se infiere que el texto fue redactado hace casi cinco milenios, sobre el 2450 a.C.

No conozco a nadie en su sano juicio, e incluyo también a los potenciales suicidas que quieren cortar por lo sano el sufrimiento que les atormenta (por cierto, a pesar de todas las campañas gubernamentales abogando por una conducción segura, ¿sabía usted que en España mueren el doble de personas por suicidio que por accidentes de tráfico? Concretamente 10 de media al día), digo que no sé de persona alguna que no tenga la lícita aspiración humana de gozar de una vida lo más longeva posible. Claro que este anhelo no carece de inconvenientes, como bien apuntaba nuestro visir citado más arriba. El Príncipe de los Ingenios ponía también el dedo en la llaga en un hecho que suele pasar desapercibido: «Quien mucho vive…mucho sufre». Aun así, como bien decía el hosco y polémico Nietzsche, «por muy mal que me trate la vida, jamás se me verá levantar un falso testimonio contra ella».

La vejez, tan denostada hoy día en la sociedad (a los responsables de las cuentas públicas no les hace ninguna gracia que una cada vez más numerosa población jubilada tire de los recursos del Estado sin dar un palo al agua; aunque hay que decir a este respecto que la pillería de nuestros burócratas estatales ha hecho que los depauperados ancianos sigan contribuyendo con un respetable 20% de su pensión al sostenimiento de las arcas públicas, algo insólito en nuestro entorno europeo), la vejez, como decía, ha tenido en otros momentos de la Historia su cuota de esplendor. El período de gloria para los ancianos floreció durante las culturas primitivas. El Renacimiento, el Humanismo, la Ilustración y el Siglo de la Razón, en cambio, cavaron su sepultura.

A lo largo de la Historia, la religión hebrea y más tarde la cristiana, han puesto en numerosas ocasiones en valor el tesoro de ser viejo. En las sociedades antiguas llegar a edades avanzadas era un privilegio, una hazaña que no se entendía que pudiera lograrse sin la ayuda de los dioses; la longevidad se veía como una recompensa divina dispensada a los justos. Matusalén, el último patriarca antediluviano, abuelo de Noé, vivió, siempre según la Biblia, 969 años; esotéricas, sensuales y abultadas cifras que, no obstante, nos hacen dudar de su veracidad, máxime en aquella época pretérita en que la esperanza de vida se cifraba en unas míseras cuatro décadas, en el mejor de los casos.

La larga experiencia vivida por los ancianos los hacía acreedores del saber, la memoria que los ponía en comunión con los antepasados y un preciado legado que servía a las futuras generaciones para encarrilar de la mejor manera posible su incierto futuro. Eran, como hemos dicho, los intermediarios entre el presente y el más allá. No en vano, a lo largo de la Historia las sibilas y los chamanes siempre han sido personas mayores. Por el mismo motivo eran los que ejercían también las labores de sanación, de jueces y también de educadores. Eran ellos los que formaban parte del Sanedrín, el consejo de sabios rabinos que representaba a cada ciudad del pueblo de Israel y cuyos miembros ejercían de magistrados, asesorando a los más jóvenes en el devenir de los asuntos cotidianos. De hecho, un joven judío Jesús sufrió la implacable persecución de los más ortodoxos, que no podían tolerar que alguien con tan poca edad contrariara a aquellos sabios con una interpretación de la ley mosaica tan distinta a como ellos la entendía.

La vejez representaba, pues, la sabiduría, el archivo histórico de la comunidad. Sin embargo, en esta Edad Antigua no todo era miel sobre hojuelas. Para los antiguos griegos, adoradores como ellos solos de la belleza, la vejez, con su deterioro inevitable, no podía por menos que significar una ofensa al espíritu, leitmotiv que fue debidamente recogido en sus comedias a modo de mofa. George Minois, historiador francés de nuestros días, resume aquel sentir así: «Vejez maldita y patética de las tragedias, vejez ridícula y repulsiva de las comedias; vejez contradictoria y ambigua de los filósofos».

Aunque la influyente Grecia no contara con ellos para las decisiones importantes, empero, creaba instituciones de caridad para el cuidado de los ancianos necesitados. La antítesis a esta visión de la vejez la ofrecía Esparta. El severo régimen espartano estaba conducido por la Gerusía, un género de senado formado por veintiocho miembros de más de sesenta años. Se los tenía por los más sabios, los que atesoraban más experiencia en la vida, por lo que eran ellos los que decidían la aprobación o no de las leyes.

Se cuenta la anécdota de un joven Alejandro (todavía no adornado con el apelativo Magno) cuando animaba a su padre a soportar los achaques de la vida. Filipo II no era en modo alguno viejo a sus 46 años, pero el fiero guerrero macedonio, que había logrado unificar Grecia a sangre y fuego, había sufrido toda suerte de heridas de guerra: había perdido un ojo, recibido numerosas puñaladas y le quedó una cojera de por vida por el impacto de una piedra. Ante sus numerosos dolores dicen que su retoño le dijo: “No te aflijas padre por ello, porque esas antiguas heridas no hacen más que recordarte tu grandeza.

A pesar de estas nobles y sentidas palabras se sospecha que su hijo debió acelerarle su marcha al otro mundo ordenando su asesinato a manos de uno de sus lugartenientes, sujeto que suele ser el que menos te esperas que te traicione. Un joven Alejandro, con tan solo 20 años, se proclamó rey de Macedonia y culminó la obra de su padre de conquistar medio mundo; y hasta la superó, siendo el único general en la Historia que jamás perdió una batalla (hasta que él mismo perdió precozmente la de la vida, pues fue envenenado por alguno de sus allegados, sin siquiera rozar la vejez, a sus 33 primaveras).

Mientras que en los territorios bárbaros del norte de Europa la implacable costumbre de las hordas de aquellos descendientes de los neandertales, forzados por las guerras con otros pueblos o movidos por las hambrunas, era abandonar a los enfermos y a los viejos que no podían seguir el ritmo de las periódicas migraciones que emprendían hacia los límites fronterizos de los territorios dominados por Roma, en el sur, en la rica civilización romana, los viejos formaban el grueso del Senado Romano, órgano supremo de poder de la República Romana.

Cada senador ostentaba el todopoderoso status de «paterfamilias», lo que le facultaba incluso para decidir sobre la vida de cualesquiera de sus integrantes. La llegada al poder de un joven y capaz Augusto, heredero del asesinado Julio César, no fue óbice para que aquellos ancianos le otorgaran el título de Princeps Senatus, o Primer Senador, el senador de mayor dignidad. Augusto recortó el título a un mero «princeps», de donde derivó nuestra palabra príncipe. De manera astuta, pero implacable, suprimió paulatinamente los poderes del senado, que había sido el causante de las sangrientas guerras civiles, acabando para siempre con los cinco siglos de República e inaugurando un nuevo estado bajo su exclusiva batuta: el Imperio Romano. Augusto mantuvo a raya durante su longeva existencia (vivió 75 años) las incursiones de las hordas bárbaras que se producían en los límites del imperio. Pero fue tanto el afán que todos ponían en derrocar al que mandaba en esos momentos en el mundo, así como la paulatina debilidad de sus sucesores, que hizo que tanto fue el cántaro a la fuente que con el tiempo se rompió en mil pedazos. Este periodo de la Historia, caracterizado por el lento declive del Imperio Romano, fue bautizado tiempo después como la «Edad Oscura» o «Alta Edad Media», época que va del siglo V al X, unos tiempos caracterizados por la brutalidad y el predominio de la fuerza. El destino de los débiles y los viejos en esta época de la ley del más fuerte estaba, pues, sentenciado a muerte.

La única institución que sobrevivió a la debacle del Imperio Romano fue la Iglesia, que acogería a numerosos viejos en sus hospitales y monasterios (serían los precursores de los asilos y de nuestras modernas residencias para ancianos), aunque eran tantos que muchos morirían en las calles en la más absoluta miseria. Esta obra benéfica tendría su continuación en el siglo VII, durante la época carolingia, con un magnánimo Carlomagno intentando resucitar un extinto imperio romano sustentado ahora por el cristianismo.

El carácter protector hacia los pobres y los viejos emanado de los dogmas cristianos, junto al florecimiento económico y la estabilidad social de la Europa de los siglos XI al XIII dio nuevos bríos a los ancianos, destacando sobre todo en los negocios.

Los seres vivientes que han convivido con los humanos a lo largo de su historia tendrían también mucho que decir a este respecto. La bacteria yersinia pestis, parásito usual de las pulgas, fue la causante de la pandemia que se desató en 1348, provocando la muerte unos 50 millones de personas, un tercio de la población europea, aunque curiosamente fue muy benevolente con los viejos. Esta llamada peste negra mató preferentemente a niños y jóvenes (sus razones tendría la Madre Naturaleza, sabia donde las haya, para este enigmático proceder). Más tarde, en el siglo XV, sucedió algo parecido con la viruela, lo que se tradujo en un fuerte incremento de los ancianos entre 1350 y 1450, circunstancia que llevó a que la maltrecha estructura familiar dependiera ahora de los viejos que habían supervivido, convertidos ahora en patriarcas (Algo similar ocurrió en nuestra reciente crisis económica de 2008, en la que los abuelos supondrían una tabla de salvación para muchas familias).

El Humanismo Renacentista surgido en la Italia de los siglos XIV y XV rompía los moldes de las tradiciones escolásticas medievales haciendo renacer las ideas de belleza de los antiguos griegos y exaltando la cualidad más apreciada de la naturaleza humana, especialmente cuando se pierde: la juventud. Este espíritu individualista (y no exento de una buena dosis de egocentrismo) no podía por menos que odiar a la vejez. Un por entonces joven Erasmo de Rotterdam (de cuyas opiniones tomaron sus descendientes buena nota siglos más tarde con su innovadora ley de eutanasia-de casta le viene al galgo el ser rabilargo), escribía por aquellos lejanos días lo siguiente: «Pero lo que verdaderamente resulta más divertido es ver a ciertas viejas, tan decrépitas y enfermizas como si se hubieran escapado de los infiernos, gritar a todas las horas “viva la vida”; estar todavía “en celo”, como dicen los griegos, seducir a precio de oro a un nuevo Faón; arreglar constantemente su rostro con afeites; plantarse durante horas frente a un espejo; depilarse las partes pudibundas; enseñar con complacencia sus senos blandos y marchitos; estimular con temblorosa voz el amor lánguido, banquetear, mezclarse en la danza de los jóvenes, escribir palabras tiernas y enviar regalitos a sus enamorados». Si abyecto y patético fue el retrato que hizo Erasmo de la vejez ajena, no menos debió ser la propia imagen que el filósofo humanista neerlandés le presentó a la Parca cuando llamó a su debido tiempo a su puerta y se encontró con un septuagenario cagándose a chorro vivo por la pata abajo por la disentería, una afección mortal en aquellos tiempos causada por otro de estos parásitos que no hace distinción entre personalidades como Erasmo y el común de los mortales.

No sería hasta bien entrado el siglo XIX cuando a los que no podían ya con su alma para trabajar se les comenzaría a recompensar económicamente en su obligado retiro. Se conocen casos de pensionistas allá por 1844. Así, el que llegaba a viejo, si tenía la suerte de alcanzar este estadio de la vida, le quedaba la recompensa de la jubilación, palabra derivada de la latina «jubilare» y que significa «lanzar gritos de júbilo» (expresión que para la mayoría de nuestros aspirantes a eméritos suena ahora a puro sarcasmo, estando las cuentas como están en manos de los impresentables gobernantes de este país). Con similar significado, la palabra «jubileo», derivada también de jubilare, es empleada por los cristianos para expresar una indulgencia plenaria, solemne y universal concedida por el papa en ciertos tiempos y en algunas ocasiones.

La situación que se dio con la peste negra se repitió de nuevo durante la mal llamada «gripe española», en 1918, y que mató a un abrumador número de jóvenes: entre 50 y 100 millones; hoy se sabe que aquello no fue una gripe ocasionada por un virus. Dejando a un lado la posibilidad (en modo alguno remota) de que fuera una guerra biológica en toda regla a tenor del resultado que tuvo en el sorprendente desenlace bélico, ahora parece estar demostrado que la causante fue una vacuna experimental contra la meningitis bacteriana promovida por el Instituto Americano Rockefeller, que fue aplicada como si fueran conejillos de Indias a los dos millones de soldados que enviaron al frente europeo.

Muchos seres humanos tendrían ocasión de padecer nuevos suplicios con mayor horror en el siglo XX a manos de los descendientes de aquellos invasores godos, los alemanes: primero con la eugenesia (si un humano era considerado indigno de pasar su herencia a generaciones futuras era esterilizado contra su voluntad); luego con la eutanasia, término que los nazis empleaban para referirse al exterminio sistemático de aquellos a quienes consideraban «que no merecían la vida»; y después con un holocausto industrializado para exterminar a las razas que ellos tenían por inferiores. Robert Lifton, psiquiatra y escritor dedicado al estudio sobre las causas y los efectos psicológicos de las guerras y la violencia política, pionero en las técnicas de la psicohistoria y cofundador del Centro para el Estudio de la Violencia Humana, explica el razonamiento que empujaba a aquellos monstruos: «El argumento fue que los mejores hombres jóvenes murieron en la guerra, causando una pérdida para Volk de los mejores genes. Los genes de aquellos que no lucharon (los peores genes) luego proliferaron libremente, acelerando la degeneración biológica y cultural».

En un discurso pronunciado en 1929 durante la concentración anual del NSDAP en Núremberg, Hitler se refirió a cómo había que tratar a los más débiles: «Si Alemania tuviera un millón de niños cada año y eliminara a 700.000 u 800.000 de los más débiles, entonces tal vez el resultado final sería de veras un aumento de la fortaleza de Alemania. […] [En cambio] como consecuencia de nuestro humanitarismo sentimental moderno intentamos mantener a los débiles a expensas de los sanos».

Ante la oposición que pudiera ofrecer la sociedad alemana a esta limpieza social, Hitler le contó a Gerhard Wagner, médico jefe del Reich, que la solución la aplicaría en tiempo de guerra, «cuando el mundo entero pone su mirada en los actos de guerra y el valor de la vida humana en cualquier caso pesa menos en la balanza».

No terminaría aquí el acoso en el mundo hacia los ancianos. En la década de los 70, el sanguinario comunista Mao Zedong avivó en China a los estudiantes contra los viejos durante su sangriento holocausto, diabólicamente tildado por los chalados que siguen esta perniciosa corriente tóxica como «Revolución Cultural». Los escuadrones infantiles de guardias entraban a saco en los salones de té y sacaban a patadas a los ancianos. Desde el verano de 1966 hasta poco antes de la muerte del dictador, el país vivió en un terror constante que no precisaba policía política ni gulag alguno porque la propia sociedad era fiscal, juez, torturador y cárcel. Solo la feliz muerte de Mao Zedong puso fin a la pesadilla. Atrás quedaba un país quebrado y lleno de humillaciones, juicios populares y linchamientos. Este asesino de masas, venerado en la actualidad por millones de entusiastas seguidores, cuenta en su haber con el mayor número de asesinatos: 100 millones.

Pero es en la actualidad, en esta Edad de Posmodernidad y posverdad, en una sociedad cada vez más tecnificada e informatizada, en la que los registros históricos se almacenan en discos duros y las previsiones económicas o del clima se hacen mediante algoritmos, donde ya no se precisa del concurso de los ancianos porque ha prevalecido la vertiente luterana de la vejez, que consiste en pasar olímpicamente de ellos y quitárselos de en medio, bien bajo capa mediante un bicho que tiene una especial predilección por su longeva vida, o bien de manera oficial mediante una democrática Ley de Eutanasia, plenamente desarrollada en países tan progresistas como Holanda, Bélgica y Luxemburgo, y recientemente implementada en nuestro país. Por contra, no deja de ser paradójico que cuando alguien toma la decisión de quitarse, motu proprio, la vida sean los servidores públicos, es decir, las fuerzas del estado, quienes hagan todo lo posible por impedirlo, aun a costa muchas veces de arriesgar sus propias vidas.

Por eso, no resulta extraño que la sociedad de nuestros días reverencie a la juventud y tenga a los viejos por una carga (sin que los jóvenes se paren a pensar por un momento que en cada uno de ellos puede aflorar con el tiempo, si la vida les es benevolente, un viejo).

En la política, los manipuladores sociales de los partidos suelen poner de candidatos a jóvenes que, aunque estén poco o nada formados y tengan escasa o nula experiencia laboral, sean atractivos para el electorado y puedan ganar unas elecciones. En los «medios de incomunicación», especialmente el del entretenimiento, ocurre lo mismo. Pocos son lo que se ponen durante horas a chupar tele para contemplar un espectáculo deportivo donde no haya un joven dispuesto a deslumbrar al sedentario televidente con sus habilidades y destrezas físicas. Realmente lo raro es que haya algún programa de entretenimiento donde el protagonista sea un anciano. Hay algunas honrosas excepciones, claro está. Algunos tipos raros, entre los que se incluye un servidor, pierden su precioso tiempo libre en prestar su atenta atención, y admiración, a ancianos que interpretan la buena música, como la que hacen las legendarias bandas de rock; y también la clásica, la culta, la que abona el alma, con un gusto que para qué decirle. Y, cómo no, también aquellos raros programas culturales donde se pone en valor la sabiduría emanada de los que saben mucho porque han leído y vivido mucho.

Aun así, la juventud es la juventud (una obviedad que solo tiene parangón con aquella ocurrencia de Boskov cuando decía eso de que fútbol es fútbol). Y citando a otro monarca de las letras, Rubén Darío, qué pena más grande debió sentir en su vejez el «Príncipe de las letras castellanas» cuando compuso su célebre soneto:

«Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar no lloro

y a veces lloro sin querer».

«Nadie debiera estar solo en su vejez —pensó—. Pero es inevitable». El caso es que desgraciadamente suele ser así, y la anterior reflexión hecha por Santiago, el anciano pescador protagonista de la novela «El viejo y el mar», de Ernest Hemingway, pone de relieve la soledad que acompaña al ser humano cuando le llega a la vejez (Hemingway eligió el momento que consideró más oportuno para hacer su viaje al Hades cuando una vejez prematura, acelerada por sus excesos de juventud, hacía ya mella en él).

Lenta, pero inexorablemente, llega la etapa en que pasas de tener plena actividad, de ser una ayuda para los demás y hasta un referente para tus allegados a suponer una penosa carga. En la Unión Europea, sin ir más lejos, los ancianos que viven solos supera ya el 30% del total y esta triste realidad va en aumento.

Aunque la vejez merma nuestras facultades, los genes egoístas que manejan a su antojo nuestro organismo trabajan día y noche para intentar perpetuarse en otros cuerpos mientras esa máquina de supervivencia siga con vida. Y la prueba palpable de que ciertas querencias naturales no merman un ápice con la edad (más bien se acentúan) se puso de manifiesto en la célebre anécdota que se cuenta de Fernando Lázaro Carreter, filólogo español y director de la Real Academia Española, cuando, a sus casi 80 primaveras, próximo ya a su óbito y aun así gozando de plenas facultades mentales y sensoriales, al descender torpemente del taxi que lo trasladaba a su casa, el súbito flashazo que en su campo de visión invadió la imagen de una joven de buen porte que caminaba decidida por la acera le hizo girar en redondo y seguirla ávidamente con la mirada hasta que se le perdió de vista; tras elevar los ojos al cielo soltó una melancólica interrogación al Altísimo: «¿Hasta cuándo tengo que sufrir este castigo, Señor?».

La intelectualidad científica, en conjunción con el fútbol o cualquier otro deporte donde prime el físico, imponen una vejez a sus practicantes muchas décadas antes de la usualmente convenida para el resto de los mortales, según las estimaciones al uso de la esperanza de vida. Un joven de 40 años se considera ya un viejo para que pueda aportar algo realmente novedoso a la investigación científica; lo mismo sucede con un tocapelotas, da igual que sea en la modalidad manual o pedal: se le tiene a esa edad por un anciano a todos los efectos, pues es probable que no pueda arrastrar su alma tras la bola.

De todos los que han puesto de relieve la senectud humana me quedo con un soneto del cantautor español más importante de nuestro tiempo: Juanito, como le conocen en su ámbito familiar, o el «Nano» para sus más íntimos amigos. Serrat compuso una sentida balada que a buen seguro refleja el sentimiento de muchos de los que llegan a esta etapa de la vida:

«Si se llevasen el miedo y nos dejasen lo bailado para enfrentar el presente; si se llegase entrenado y con ánimos suficientes; y después de darlo todo, en justa correspondencia, todo estuviese pagado y el carné de jubilado abriese todas las puertas… quizá llegar a viejo sería más llevadero, más confortable, más duradero.

Si el ayer no se olvidase tan aprisa; si tuviesen más cuidado en dónde pisan; si se viviese entre amigos que, al menos, de vez en cuando pasasen una pelota; si el cansancio y la derrota no supiesen tan amargo; si fuesen poniendo luces en el camino a medida que el corazón se acobarda y los ángeles de la guarda diesen señales de vida… sería más razonable, más apacible, más transitable.

Si la veteranía fuese un grado; si no se llegase huérfano a ese trago; si tuviese más ventajas y menos inconvenientes; si el alma se apasionase, el cuerpo se alborotase y las piernas respondiesen; y del pedazo de cielo reservado para cuando toca entregar el equipo repartiesen anticipos a los más necesitados… sería todo un progreso, un buen remate, un final con beso, en lugar de amontonarlos en la Historia convertidos en fantasmas con memoria.

Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina; o simplemente si todos entendiésemos que todos llevamos… un viejo encima».

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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1 comentario

  1. Simplemente magnífico.
    Jose Antonio…… ya estamos en puesto de salida para este remate.
    Bonito homenaje a la vejez.

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