Del salón en el ángulo oscuro: Los santos inocentes. Por Teresita Ávila

(…) pero Paco, el Bajo, aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, que el Hachemita aseguraba en Cordovilla, que los muchachos podían salir de pobres con una pizca de conocimientos, e incluso la propia Señora Marquesa, con objeto de erradicar el analfabetismo del cortijo, hizo venir durante tres veranos consecutivos a dos señoritos de la ciudad para que, al terminar las faenas cotidianas, les juntasen a todos en el porche de la corralada, a los pastores, a los porqueros, a los apaleadores, a los muleros, a los gañanes y a los guardas, y allí, a la cruda luz del aladino, con los moscones y las polillas bordoneando alrededor, les enseñasen las letras y sus mil misteriosas combinaciones, y los pastores, y los porqueros, y los apaleadores y los gañanes y los muleros, cuando les preguntaban, decían, la B con la A hace BA, y la C con la A hace ZA, y, entonces, los señoritos de la ciudad, el señorito Gabriel y el señorito Lucas, les corregían y les desvelaban las trampas, y les decían, pues no, la C con la A, hace KA, y la C con la I hace CI y la C con la E hace CE y la C con la O hace KO, y los porqueros y los pastores, y los muleros, y los gañanes y los guardas se decían entre sí desconcertados, también te tienen unas cosas, parece como que a los señoritos les gustase embromamos, pero no osaban levantar la voz, hasta que una noche, Paco, el Bajo, se tomó dos copas, se encaró con el señorito alto, el de las entradas, el de su grupo, y, ahuecando los orificios de su chata nariz (por donde, al decir del señorito Iván, los días que estaba de buen talante, se le veían los sesos), preguntó, señorito Lucas, y ¿a cuento de qué esos caprichos?

Miguel Delibes. Los santos inocentes.
Los santos inocentes.

«¿Estamos allanando el terreno al adoctrinamiento en lugar de fomentar el pensamiento crítico que tanto se promete?»

A punto de terminar el primer trimestre, dejo en suspenso otros artículos en proyecto y me adentro en este mar de los Sargazos educativo que tantos quebraderos de cabeza nos da. Con paciencia benedictina he leído y recopilado referencias, textos que ayudan a delinear el retrato —no siempre atractivo— de una materia en constante mutación. Si el presente es inquietante o toma giros inesperados, la cuestión educativa se vuelve esencial para comprender hacia dónde avanza el mundo, desbocado. Lo de viento en popa, imagino, también; aunque no necesariamente a favor de nuestros intereses. En este asunto, como en tantos otros, nosotros seguimos siendo el terreno fértil sobre el que se intenta erigir un nuevo marco, una estructura que se pretende adecuada a los tiempos. Parece una obviedad, pero continuamos siendo la arcilla maleable a imagen y semejanza de unos nuevos amos, escasamente complacientes. Y, por supuesto, todo ello abre la puerta a cuestiones que aún tememos formular, como la del transhumanismo —la tecnología dedicada a pulir un ente humano distinto—. Pero, por ahora, lo dejo ahí; ya llegará el momento.

En este nuevo territorio donde se pretende instalar las novedades que habrán de conducir a un hombre moderno, más actual que nunca, aparece una caracterización tan descriptiva como ridícula: paridad mental. El concepto no es mío, sino de  Lionel Shriver, autora de Manía [1]. El libro promete ser un torpedo en la línea de flotación, pues aborda con contundencia la deriva hacia una sociedad de mediocres: seres acomplejados que logran, con sorprendente eficacia, ensanchar los límites de su propia bajeza, divulgar sus ineptitudes y contagiarlas al resto. Podar al que sobresale, como si fuera una rama demasiado altiva en un seto.

El progreso se invoca como un mantra para sostener ideas atroces —pasadas, presentes e incluso manifiestamente estúpidas—. Pero es un estandarte extraordinariamente eficaz para reunir a su alrededor las convicciones más dispares. Tarde o temprano, casi todos acaban entrando por el aro. La educación, otrora ascensor social, apostó sin reservas por la digitalización en las aulas. Ya no solo hablamos de ordenadores ni de táblets, sino de competencias dirigidas ex profeso a la formación de un tipo concreto de ciudadano que deberá lidiar con la hiperconexión en prácticamente todos los ámbitos de su vida. Una presencia omnipotente, sin resquicios ni vías de escape, que exige poner en cuarentena sus supuestas bondades [2].

El cuestionamiento sobre la pertinencia de lo digital en los procesos educativos no ha dejado de crecer. Lejos de aportar ventajas medibles, el uso de dispositivos reduce la atención y rebaja las expectativas cuando llega la hora de la verdad. A esta tendencia se suma un nuevo artículo, firmado por Jean M. Twenge para The New York Times, bajo un título elocuente:  La pantalla que se comió la educación de tu hijo. La pandemia ofreció el momento clave, una ventana de oportunidad sin precedentes para multiplicar el uso de dispositivos. Desde entonces, su consumo se disparó y proliferaron las aplicaciones destinadas a mejorar la experiencia del usuario, a formarlo, y —sobre todo— a hacerlo dependiente una vez aceptado su valor como necesidad. Sería negligente omitir aquí los nombres de Catherine L´Ecuyer  y de Gregorio Luri, expertos infatigables en la tarea de restaurar un sistema educativo cuerdo y verdaderamente humano [3].

¿Estamos allanando el terreno al adoctrinamiento en lugar de fomentar el pensamiento crítico que tanto se promete? Miguel Ángel Escotet lo analiza en una entrada reciente de su blog, Adoctrinamiento en educación, donde ofrece esta definición certera: «El adoctrinamiento en la educación se refiere al proceso de enseñar a los estudiantes a aceptar un conjunto de creencias sin crítica, a menudo suprimiendo el pensamiento independiente y las preguntas desalentadoras».

Da la impresión de que avanzamos en dirección contraria. Quizá aún no de modo irreversible, pues, al calor de la polémica, despiertan las mentes adormecidas y crece el eco de las voces discrepantes. El artículo de Michael Rainsborough puede parecer exagerado, pero no lo es: describe con precisión la deriva de instituciones que un día gozaron de reputación incuestionable. Así ocurre en el King’s College de Londres, que ha abandonado, según él, los estándares académicos tradicionales, declarando que la objetividad es racista y opresiva. «Ha dejado de ser una universidad». Y entre las nuevas guías asoma una perla de calibre notable:

«Cuando las directrices se centran en la calificación, la sutileza se desvanece. Se les indica a los evaluadores que ignoren la “gramática rígida”, que adopten el “translingüismo” y la “combinación de códigos”, y que eviten penalizar la “diferencia lingüística”. Priorizar la retroalimentación orientada a la recompensa».

Se trata de una labor de deconstrucción que desarma al individuo, exponiéndolo a vientos capaces de modelar su mente a conveniencia. Una estrategia calculada frente a la cual no cabe cesión alguna y que exige una respuesta inmediata. Esta especie invasora ya ha penetrado en la LOMLOE, a la que antes califiqué como una «farragosa doctrina de la nada» [4]. No podemos abonar el terreno para que prospere ni mantener la cordura si aceptamos ataques indiscriminados contra los jóvenes y contra los profesores que toman en serio su oficio. La labor es larga. Como pueden observar, presenciamos desde primera fila un ejercicio de ingeniería social meticulosamente diseñado, en el que todos jugamos un papel crucial: somos el engranaje que hace posible su éxito.

Esta regresión cultural, alimentada por la infantilización y posterior primatización de la sociedad, responde a nombres tan expresivos como desilustración o desiluminación, según se prefiera. El proceso es claro: Primero muere la lectura, luego el conocimiento, luego la ciencia. Es la Desiluminación. Sus efectos, por desgracia, son ya visibles: una devastación progresiva del interés por lo que siglos de estudio construyeron. Como afirma Rod Liddle:

«La lectura inspira, y cuanto mejor es el libro, mayor la inspiración. Sospecho que, cuando desaparezca de nuestras vidas, seremos seres menores. Pero esa es la Desiluminación: y me temo que a nadie le importará demasiado durante mucho tiempo». [5]

 

NOTAS_______

 

[1] El interés que ha despertado esta nueva publicación de la autora es notorio. Aquí reseño los artículos que le han dedicado en varios medios:

Lionel Shriver: al natural, rebelde

 

Lionel Shriver, la escritora que denuncia la muerte de la inteligencia: «Me parece increíble que no me hayan cancelado»

 

[2] El Reino Unido implantará un sistema de identidad digital obligatorio para trabajar

 

[3] Recupero el artículo Senda sobre otros aspectos del tema educativo, donde también destacaba la labor de ambos.

 

[4] Cautivos.

 

[5] Pueden leer el artículo traducido aquí: Muere la primera lectura, luego el conocimiento, luego la ciencia. Es la Desiluminación

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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