Hoy me voy a escribir una carta, una que siempre tuve escondida en mi corazón, y que nunca enviaré a nadie
Hoy voy a escribir una carta. Por Rodolfo Arévalo

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Hoy me voy a escribir una carta, una que siempre tuve escondida en mi corazón, y que nunca enviaré a nadie

La esperanza llega cada cierto tiempo en forma de maná o fondos que desde la UE nos caen del cielo como si no hubiera que devolverlos.

Me atrevo a afirmar que si hace trescientos años los políticos hubieran impuesto las leyes actuales, no existiría la dehesa.

Plegados a liturgia electoral que durará en su intensidad no menos de año y medio, el futuro es algo que se ve lejano ante la impenitencia del presente.

En el sistema educativo, tanto para alumnos como profesores, el esfuerzo continuado ha dejado de ser una virtud genereral.

La envidia se destaca más en ciertos ambientes profesionales muy competitivos: artistas, escritores, profesores, deportistas, políticos, etc.

Si hubiera que poner al día el catálogo de pecados capitales básicos, la lista incluiría algunos de comunicación con los semejantes.

Para oír o escuchar a ideólogos y demagogos, ya me busco por las redes la última sandez de cualquier político de izquierdas, y listo.

Quienes se preguntan dónde está la crisis climática deberían explicarnos dónde está la primavera. Dicho por un político que aprueba leyes.

Sube el volumen, sube el tono del espectáculo ante la cercanía de la urna que tan pomposamente se define como fiesta de la democracia.

Y, ahí voy yo, un bulto más entre la multitud y contemplo el presente. ¡Es tremendo! ¡No me lo puedo creer! ¡Somos una multitud de viejos!

Recuerda periodista el Periodismo veraz que soñaste en el paraíso de tu infancia cuando todavía eras feliz

La etiqueta de progresismo globalista es una rara mezcla de feminismo radical, de ecologismo a ultranza y de recorte de la soberanía del Estado.

Vamos a ver a muchas personas dañadas por unos dedos empeñados en romper la cáscara del bienestar personal. Hay muchas cosas inútiles.