(V) Dios de tejas abajo, por Amando de Miguel: Enaltecimiento de la religiosidad y menosprecio de la clerecía

Trazas de Dios Ilustración de Nacho Díaz
Trazas de Dios. Enaltecimiento de la religiosidad y menosprecio de la clerecía. Ilustración de Nacho Díaz

 

“Es notable la admiración que suscita la auténtica religiosidad popular. Si bien hay que añadir el contraste de la crítica que merece el comportamiento de la clerecía”

 

Es difícil encontrar constantes o unanimidades en las ideas manifestadas por los novelistas o a través de sus personajes, tanta es la diversidad de actitudes y conductas. Es natural que así sea, pues se trata de reflejar las mentalidades de un pueblo muy diverso en una etapa especialmente conflictiva de la historia española. Sin embargo, se pueden rastrear ciertas tendencias dominantes que dan sentido y verosimilitud a los testimonios leídos. Por ejemplo, es notable la admiración que suscita la auténtica religiosidad popular. Si bien hay que añadir el contraste de la crítica que merece el comportamiento de la clerecía, especialmente en sus rangos más elevados. Por todas partes se nos mete la dialéctica entre las dos Españas ideológicas, la una tradicional y la otra (liberal o progresista) disconforme con “los curas” y más específicamente “los jesuitas”.

En una obra temprana de Azorín, entonces con simpatías hacia los anarquistas, el autor reflexiona así: “En el pueblo castellano debe aún de quedar mucho de nuestro viejo espíritu católico, no bastardeado por las melosidades jesuíticas, ni descolorido por un frívolo y artificioso liberalismo que ahora empieza a apuntar en nuestro episcopado (Azorín 02, I: 328). “No hay en España ningún obispo inteligente; yo leo desde hace años sus pastorales y puedo asegurar que no he reparado nunca escritos tan vulgares, torpes, desmañados y antipáticos” (p. 335).
Obsérvese que el famoso estilo azoriniano, modelo de concisión, todavía aquí se muestra ampuloso, producto de sus primeras lecturas.

Hay otro texto de Azorín menos entusiasta con la religiosidad popular. Retrata ahora la decadencia de los pueblos manchegos con este despreciativo comentario: “Así nacen y se van perpetuando en un catolicismo hosco, agresivo, intolerante, generaciones y generaciones de españoles” (Azorín 03, I: 541). Más aún, los campesinos empobrecidos sienten sus espíritus doloridos y se entregan −por instinto, por herencia− a estos consuelos de la resignación, de los rezos, de los sollozos, de las novenas” (p. 542). De paso, el lector anota la preferencia del escritor alicantino por la idea de “generación”. A él se debe precisamente el rótulo de “generación del 98”, tan impreciso como exitoso. En realidad, son autores que empiezan a ser conocidos después de 1898, y que no se ocuparon gran cosa de la guerra de Cuba. Entre ellos nunca formaron ninguna tertulia o grupo. Solo perduró la excepcional amistad entre dos de ellos: Azorín y Baroja.

La hermana San Sulpicio, de Palacio Valdés
La hermana San Sulpicio, de Palacio Valdés

“Ceferino Sanjurjo, el protagonista de La hermana San Sulpicio, de Palacio Valdés, es médico de profesión y define así su talante religioso: Nunca he sido muy devoto”

Ceferino Sanjurjo, el protagonista de La hermana San Sulpicio, de Palacio Valdés, es médico de profesión y define así su talante religioso: “Nunca he sido muy devoto…No soy ateo ni participo de las ideas materialistas del siglo en que vivimos, las cuales he combatido en verso tantas veces…A un poeta lírico no le sienta mal un poco de religión” (Palacio Valdés 89: 28). Se trata de una suerte de confesión inicial, seguramente un reflejo de la posición personal del autor, que aquí sirve para preparar al lector antes de adentrase en el comprometido argumento. Ceferino se enamora de la hermana San Sulpicio, una monja de 19 años (menor de edad entonces), a punto de tener que renovar sus votos temporales y hacerlos definitivos. Para conseguir ser aceptado por la familia de Gloria (que así se llamaba la monja en el mundo), de acuerdo con ella, Ceferino finge haber participado de joven en la guerra carlista del lado de la tradición. Se añaden más intrigas y figuraciones hasta que es aceptado por Gloria y por su madre. Estamos en el siglo XIX y los padres tenían plena potestad para decidir el estado de sus hijos menores, especialmente de sus hijas. Pero esta deriva novelesca, y aun folletinesca, se sale un poco de los propósitos de esta recolección de testimonios.

Los inadaptados, de Carmen de Burgos (una feminista comprometida de la generación del siglo XX), describe con tonos naturalistas un ambiente de campesinos pobres de Almería. Aparece la figura de la saludadora o rezadora que calma los dolores de los enfermos, sean personas o animales. Su rara capacidad taumatúrgica está asegurada porque “nació en Viernes Santo y lleva (dibujado) un Cristo en el cielo de la boca”. Otra función es la de enseñar las oraciones a las novias que se van a casar, normalmente analfabetas (De Burgos 08: 145). En el velorio del hijo muerto, la madre, como es natural, se deshace en lamentos. Una vecina le dice: “No ofendas a Dios con tu pena, que puede mandarte un castigo… Como que Él sabe siempre lo que se hace” (p. 161). Los asistentes al velorio se despiden con la enhorabuena que dan a la madre del fallecido, ”por la gloria de que gozaba el ángel” (el niño) (p. 167). Como puede verse, se trata aquí de una religiosidad fatalista, supersticiosa, respecto a los premios y castigos divinos. Hay más testimonios sobre el particular, que se mostrarán en su momento.

Al descubrir los requilorios de una boda rural, un personaje de Nuestro Padre San Daniel, de Gabriel Miró, recuerda que Jesucristo “con se sumo amador de la virginidad, fue convidado a una boda, sublimándola con la gracia y el prodigio… ¿Y por casualidad no habían sido el mismo Dios causante del primer matrimonio?”, se supone que el de  (Miró 21: 157).

Las cofradías de Semana Santa son una forma de religiosidad popular muy enraizada, sobre todo en la España meridional, que suelen recoger algunas novelas. Por ejemplo, Doña Luz, de Juan Valera. El protagonista, don Acisclo, el rico del pueblo, es el hermano mayor de la cofradía, cuyo paso −la última Cena− guarda todo el año en su casa. Ahí es donde se ve que se trata de una forma de religiosidad que podríamos llamar civil, pues el cura interviene poco (De Valera: 30 y ss.). La prueba de tal disociación en este caso es que don Acisclo pasa más bien por liberal, en el sentido que tenía tal etiqueta en la generación del XIX, y que se acercaba más a las posiciones anticlericales.

En , con naturalidad y certeza, los milagros atribuidos al santo de Oleza (Orihuela). Son trazas de Dios, asociadas a tantos lugares de la España inmemorial. Dios mismo será inefable, pero su huella se muestra por todas partes a través de la profusión de imágenes de santos, de Jesús y de la Virgen María. Tales devociones se asocian con un día determinado del año, que suele coincidir con la onomástica de muchas personas. Es una forma de advertir que Dios determina el tiempo, el calendario. De paso, sirve también como símbolo de identificación local o regional. En la obra citada se manifiesta este comentario de un cura rural: “Los santos tendrán en el cielo un trono de infinita gloria; pero en la tierra todavía han de resistir una glorificación con lindes geográficos” (Miró 21: 50). Todavía hoy es corriente que la figura de Cristo o de algún santo sirvan para identificar diversas localidades y regiones. Pero la Virgen, con su advocación correspondiente, suele ser exclusiva de un lugar, a veces de un barrio de la ciudad.

 

Azorín retratado por Zuloaga. Colección particular, Madrid.
Azorín retratado por Zuloaga. Colección particular, Madrid.

“Azorín compara el espíritu del catolicismo español con la imagen de un Cristo yacente, “tan austero, tan simple, tan sombrío, algo como el alma de nuestros místicos inflexibles”

 

Azorín compara “el espíritu del catolicismo español” con la imagen de un Cristo yacente, “tan austero, tan simple, tan sombrío, algo como el alma de nuestros místicos inflexibles…(Es) una religión de hombres sencillos y duros” (Azorín 02, I: 276).

La religiosidad popular se manifiesta a través de muchos usos mundanos. Por ejemplo, la práctica del luto como signo de tristeza y recogimiento después de un óbito. En su novela Riverita, Palacio Valdés señala la conducta de un aristócrata madrileño que se queda viudo: “por espacio de dos años, no solamente gastó luto él, sino que lo hizo llevar a toda la servidumbre, el coche y los caballos” (Palacio Valdés 86, I: 8). El uso social del luto, aunque no con tanta rigidez, se mantuvo vigente en España hasta la segunda mitad del siglo XX.

En El obispo leproso, narra Gabriel Miró, narra la historia del hombre que enderezó mientras velaban su cadáver para pasmo de sus deudos. “Daba gracias a Dios por el milagro de la resurrección, uno de los pocos milagros que nunca se nos ocurre pedir” (miró 26: 56).

El cura don Manuel, el protagonista de San Manuel Bueno, mártir, una especie de alter ego de su autor, Miguel de Unamuno, asegura: “Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera” (Unamuno 31: 123). El juego de palabras alude a la tradicional resignación ante la muerte en la España de su tiempo, donde la mortalidad infantil era escandalosa para los estándares europeos. Se aceptaba con resignación, pues los infantes que fallecían se veían como “angelitos al Cielo”.

Aunque se hable de religiosidad popular, no todo el pueblo participa de la misma manera; ni mucho menos. En la generación del siglo XIX la práctica religiosa se asociaba a las clases acomodadas, y, en todo caso, a los campesinos modestos. Los novelistas suelen ensañarse en sus críticas contra esa correspondencia entre la religiosidad y la clase social.

En el ambiente de la clase distinguida de la Almería de finales del siglo XIX, destaca “la comisión de señoras de la Agencia Exprés, que, a cambio de ciertos ejercicios y ofrendas, expedían billetes para ir al Cielo en tercera, segunda o primera clase, según la cuantía de sus donaciones” (De Burgos 23: 91). En ese mismo ambiente, la orientación religiosa se formula según la adscripción política: “Las damas linajudas y devotas formaban grupo aparte. Ellas eran las que recibían la visita de la (imagen de la) Sagrada Familia, la cual no iba a casa de las menos conceptuadas” (p. 54). Un personaje de esa obra se expresa así: “Es mejor cometer un pecado que tratar de evitarlo poniéndolo de relieve y produciendo escándalo” (p. 158). El pecado al que se refiere es el adulterio, o más finamente, la infidelidad matrimonial. El argumento de la obra es un temprano alegato contra la violencia doméstica, que entonces era un hecho muy frecuente.

Carmen de Burgos hacia 1913.
Carmen de Burgos hacia 1913.

“Un relato anterior de Carmen de Burgos sobre su lugar de origen, Rodalquilar, en la costa almeriense, da cuenta de una vida misérrima”

Un relato anterior de Carmen de Burgos sobre su lugar de origen, Rodalquilar, en la costa almeriense, da cuenta de una vida misérrima. Los chicos y las chicas de su pueblo solo aprendían malamente a rezar cuando les llegaba el turno de casarse. Entonces no había más remedio que memorizar las oraciones más comunes. Quizá para abreviar el trámite del examen de doctrina, muchas parejas simplemente se arrejuntaban (De Burgos 08: 27).

La estrecha correspondencia entre práctica religiosa y clase social se atenúa un poco durante la generación del siglo XX, gracias a las preocupaciones “sociales” de lo que empezó a llamarse “democracia cristiana”. Véase esta crítica de Manuel Bueno en vísperas de la guerra civil: (Los miembros de la aristocracia) “son la clase social que más ostentación hace de su acatamiento a un poder (el de la Iglesia), que ya no es, por desgracia, (más que) la sombra de lo que fue” (Bueno 35: 17). Lo cual no quita para que durante la República y en seguida, como consecuencia, en la guerra civil se enfrentaran violentamente las dos Españas, definidas por su adscripción religiosa.

En la generación del siglo XX arrecian las críticas a la religiosidad tradicional por parte de algunos novelistas. No son solo los de izquierdas. Se puede llamar a declarar otra vez a Manuel Bueno, políticamente decantado hacia la derecha. Colaboró con la dictadura de Miguel Primo de Rivera y fue fusilado por los republicanos nada más comenzar el Alzamiento de 1936. Es feroz su crítica contra lo que podríamos llamar el uso social de la religión. Esta es la opinión de uno de sus personajes, Paco Ortuella, seguramente una personificación del autor: “La mayoría de su mundo (las personas de clase acomodada) le parecían unas redomadas hipócritas que pretendían ganar el cielo, después de haber gozado de la tierra, con devociones formularias y unas cuantas limosnas hechas más por cálculo que por compasión de la miseria del prójimo” (Bueno 35: 115). Ahora se expresa directamente la opinión del autor: “La sociedad perdona menos fácilmente que el confesor, y en eso obra lógicamente, porque, si el ejemplo de la mujer libertina se generalizase, la confusión social sería enorme… La mujer (de hoy) ha conocido su cuerpo y como lo encuentra bello, lo exhibe con pocas precauciones. Es otro de los reveses de la Iglesia, empeñada, con razón, en que la mujer oculte sus encantos… En vano enroquecen los predicadores en el púlpito exhortándolas a ir más vestidas” (p. 19).

Manuel Bueno, a quien podríamos incluir en la difusa “generación del 98”, se sabe perteneciente a la “clase media modesta…, esa que subsiste decentemente en la penumbra social, sin sentir la ambición de elevarse y que es la depositaria fiel de todos los prejuicios morales y religiosos que la defienden de los peligros de la novedad y de los azares del progreso” (Bueno 36: 232). El autor afina su crítica: “La religión de Cristo, que empezó en los pobres, es ahora la religión de los ricos. Y no por culpa del fundador, sino de Roma” (p. 61). Naturalmente, se refiere a la jerarquía eclesiástica. Un personaje de su novela, don Jacinto, periodista republicano, “admitía a Dios y no repugnaba la hipótesis de los premios y los castigos más allá de la tumba. Lo cual es aceptar en principio la inmortalidad del alma. Pero, cuando se sentía atraído por la vorágine de las pasiones y de los intereses que llamamos lucha por la existencia, las conjeturas sobre lo divino lo abandonaban. Hasta que su hija (monja) le restituía sin miramiento, con brusquedad casi inhumana, a aquellas fúnebres preocupaciones tan en contradicción con su vulgar sibaritismo” (p. 90).

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Amando de Miguel

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

Un comentario sobre “(V) Dios de tejas abajo, por Amando de Miguel: Enaltecimiento de la religiosidad y menosprecio de la clerecía

  • el 24 mayo 2018 a las 19:54
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    Interesante y hoy asombroso artículo, Amando. Un abrazo. Ramón Serrano.

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