Aquí empieza lo malo. Por Roberto Granda

Aquí empieza lo malo. Ilustración de Tano
Aquí empieza lo malo. Ilustración de Tano

«El nacionalpopulismo prospera con la incertidumbre económica y un potente aparato de propaganda. Aquí empieza lo malo»

Como en un constante Día de la Marmota revolucionario, la trágica experiencia histórica nos enseña que las ensoñaciones colectivistas terminan indefectiblemente donde empieza la boca de una fosa común y los muros de un palacete de los entronizados líderes. La teoría vigorosa siempre resbala en los charcos de la sangre derramada. Ninguna quimera popular, por mucha ilusión que despierte entre las masas, tiene recorrido alguno cuando el movimiento es hurtado para ponerse al servicio de una pareja dirigente, el sidecar despótico que llega a la cumbre habiendo laminado con anterioridad a todos los oponentes, internos y externos. Algunos países son palmarios ejemplos del horror.

En España tenemos la anecdótica curiosidad de estar contemplando una satrapía bananera en el marco de un entorno democrático. Como un microcosmos dentro de nuestro encaje constitucional, dos en uno para que cada cual simpatice con el modelo que más le guste. Aún se mantiene en pie el orden del 78 mientras, por la siniestra y de reojo, vemos aparecer la amenaza del hombre nuevo.

La pareja de populistas bolivarianos (o marxistas convertidos en psicópatas, en palabras textuales) que repantingan en Galapagar mientras siguen vendiendo soflamas demagógicas para los compradores más zoquetes, tienen todas las tendencias reconocibles de esa historia circular que es el totalitarismo de baja calidad, nuestra marmota invernal con una hoz y un martillo en el hocico.

El desprecio por el servicio es un síntoma habitual entre los nuevos ricos, aquellos que han ganado su fortuna de forma tan acelerada que aún no tuvieron tiempo de desprenderse de su garrulismo, horteras con ínfulas que necesitan que les calienten el coche de buena mañana y que tratan con desdén a los currantes que se ganan la vida a sus órdenes, que no significa de buena gana.

Y la corrupción (incluida financiación en B, burlona mueca del destino) ya asoma por las costuras de ese patético monstruo que surgió de la facultad de políticas y que ya nació podrido, al ser ungido por algunos de los personajes más siniestros de todas las disfunciones ideológicas de nuestra viciada piel de toro. La mayoría de los padres fundadores ya se han largado o los han echado, y en esa familia disfuncional que es el partido morado ya sólo el caudillo y su señora acaparan el poder. Tal y como mandan los cánones.

Cuando uno se autodenomina parte del pueblo (aunque sea para expoliarlo) puede permitirse cualquier contradicción, y la doble moral no es algo que causa excesivos trastornos del sueño, y así asientan su discurso en lo que entienden por “gente” de la misma manera que Greta Thunberg, la niña icono que vive en un constante y perverso show de Truman, viaja por el mundo patrocinada por marcas comerciales. Todo atado y bien atado.

El nacionalpopulismo prospera y se ceba con una saña especial en las sociedades que hayan desarrollado los elementos adecuados para ello, es decir, una combinación letal de crisis de la política tradicional, incertidumbre económica, medio-bajo nivel cultural y un potente aparato de propaganda.

Alguna vez habrá que exigir responsabilidades a determinados medios de comunicación que dieron rendido altavoz a los que venían con el dinero del chavismo en la cartera y en las manos el botín de sus víctimas. Los autores intelectuales de la salvajada. Los que justifican o matizan cualquier atrocidad. Sin obviar la responsabilidad de una ciudadanía complaciente en su utopía, a la que se tenía entretenida llenando las calles mientras los pastores del rebaño vocinglero se llenaban los bolsillos. De aquellos barros, estas piscinas.

El mesianismo despiadado cuya metástasis se desarrolla mientras se pueda politizar el dolor. Mientras tengan la posibilidad de servirse de la democracia para destripar la democracia. La política de los sentimientos y de las vísceras. Del compadreo con las exaltaciones identitarias y el tribalismo excluyente. Tú no tienes derecho a venir a mi pueblo. Tú hablarás la lengua que yo te obligue. Y en esas andamos, con el consenso constitucional y la integridad territorial pendiendo de un hilo, por haber dejado que la historia cíclica vuelva con sus grandilocuentes patrañas fracasadas a echar abajo las puertas de nuestro Estado de Derecho, mientras funestas sonrisas siguen cegando la razón para que no veamos los ojos del abismo. Aquí empieza lo malo.

Roberto Granda

Roberto Granda

Desde muy pequeño interesado en la escritura y el cine, soy periodista y guionista pero me hice miembro de El Club de los Viernes que en la actualidad presido y de la Plataforma Contra la Cooficialidad del Bable por un compromiso ineludible con los derechos civiles, la libertad lingüística y la democracia liberal. Colaboro, además de en La Paseata, en Intereconomía, La Nueva España, Periodista Digital y allí donde me llamen para dar mi punto de vista en estos interesantes y peligrosos tiempos convulsos.

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