El intelecto no debe ser una cualidad comunista o al menos no es tenido en cuenta y eso a pesar de que Marx era un intelectual puro y duro.
El intelecto no debe de ser una cualidad comunista. Por Rodolfo Arévalo

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El intelecto no debe ser una cualidad comunista o al menos no es tenido en cuenta y eso a pesar de que Marx era un intelectual puro y duro.

En los últimos meses no hago más que oír estupideces perpetradas por mentes enanas y desvalidas de neuronas. No son una, ni dos, ni tres.

La Yoli se pone flamenca. Quiere que las empresas dejen de ser una sala de tortura para los trabajadores. ¿Solución? ¡Democratizar las empresas!

En este sucio combate lean, investiguen, no censuren, contrasten y no se dejen arrastrar por la propaganda de guerra ni la prensa.

Entre víctimas y verdugos no olvidemos que tanto Putin, como Zelenski y sus corruptos antecesores, son eslavos y primos hermanos.

Son raros. Habitan entre nosotros. Viven del sudor de la frente de los demás. Son resentidos sociales. Desean romper nuestra normalidad. Nos odian.

Aún no es tarde… para que la guerra ominosa de Putin en la distancia, siquiera un poco, la fibra sensible del corazón.

Ese enano gordinflas, el monstruito norcoreano Kim Jong, cada día más tontín, probó un nuevo pedazo de misil con el que pulverizar podría a todo dios.

La lucha entre Comunismo y Capitalismo, no da una tregua y te dicen que estás en un bando o en otro. Yo me niego a ser hijo legítimo de la bastarda continuidad.

Crisis en seis escenas, una serie muy Woodiana, cuenta la vida de una pareja tradicional americana en la que irrumpe una chica joven revolucionaría.

—¿Estás de acuerdo con las medidas que he proponido Irene Montero? —Sí Alberto, lo has describido todo muy bien.

El mundo en libertad es la panacea de los humanos, la dictadura, laboral y de los estados, solo contribuye al anquilosamiento de la sociedad.

Por aquí anda suelto mucho hijo de putin. Deberían ser tratados como a los jerarcas rusos: embargo de casoplones y deportación.

Europa sestea escuchando a los buenistas adormilados en sus poltronas y verdes praderas, al soniquete de que todo el mundo es bueno.