He hablado del tema con sociólogos y politólogos y me aseguran que es lógico que a los españoles nos canse el la situación de expolio que se ha cometido con el Archivo de Salamanca. Porque en esencia, dicen, tenemos en el punto de mira de nuestra atención otras preocupaciones mas inmediatas y cotidianas. Además, claro está de las posible formación de un nuevo Gobierno y el arrebato emocional sobre las perspectivas de futuro que conllevan las posibles alianzas de poder que está barajando el Secretario General del PSOE para sentarse en la poltrona de la Moncloa.
Pero la gran infamia política, profesional, ética y económica que se ha cometido en el Archivo de todos los españoles de Salamanca, no puede ni debe quedar impune.

Pocos españoles saben por ejemplo, ni tan siquiera los millones de socialistas que no vivan en Asturias, que entre otras cosas, Zapatero vendió la esencia documental de su compañeros asturianos, su íntima historia, los recuerdos y la esencia de sus correligionarios cántabros por ese agrio plato de lentejas que apañó en forma de Estatuto. Y que si me periten la metáfora, en las Casas del Pueblo de Gijón, Mieres, Oviedo o Langreo, en este momento, algún socialista auténtico y veterano sueña, o algún sindicalista con esencias solidarias, mientras bebe su carajillo, sueña e imagina con encontrarse al contador de nubes y poder meterle la lámpara minera por sus partes mas innobles.
Porque la infamia aunque desconocida por la mayoría está mas allá de las ideologías y a todos nos incumbe porque sencillamente es nuestro patrimonio. Un legado común que ahora está en manos de unos pocos separatistas capaces de traficar con él en el mercado negro de las ambiciones y los delirios. De mal venderlo, en una palabra, por un par de embajadas cutres, unos cuantos titulares en algún medio de comunicación internacional o un tomo más de los muchos que han impreso ya en papel cuché repleto de sus invenciones históricas.


