El tañido del timbre interrumpió mi placidez vespertina. Su resonancia penetrante hacia el cerebro laceró mis oídos.
El timbre inoportuno. Por Manuel Sanz Real

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El tañido del timbre interrumpió mi placidez vespertina. Su resonancia penetrante hacia el cerebro laceró mis oídos.

«A pesar de todo, y como si de una película sin final se tratase, seguiré mirando desde mi ventana el imparable paso del tiempo».

En ese primer vistazo me fue imposible ver su cara, ya que la negra capucha de su sudadera se la cubría por completo…

«La casa estaba llena de recuerdos y rencores, haciendo de ella un lugar donde el pánico seguía presente en cada rincón».

«Al mirarme en el espejo, un pánico insuperable se apodera de mi al ver en él una cara monstruosa que no es la mía».

«Este era el ambiente con el que convivía todos los días y donde nadie era consciente de sus silenciosas lágrimas».

«Aprovechemos el templado anteotoño: vendrán luego las grullas, los Difuntos, los camposantos y los gélidos atardeceres».

«De regreso a casa ya no vi esos deshumanizados gigantes de hormigón, sino un lugar mágico lleno de historias y misterios».

«Empiezo a pensar en las manos y en su utilidad, al mismo tiempo que repaso mi vida; como si de rebobinar una película se tratara».

«La bocina amenazante de un coche le hizo volver en sí, por fin se encontraba en la gran avenida rodeado de gente, como tanto deseaba».

Ejem… señoría. De nuevo el señor Comandante de Puesto se encuentra en el vestíbulo. Insiste en hablar con su señoría.

«¡Qué guay me lo estoy pasando! ¡Nunca había hablado con una rosa! ¿Me prometéis que vamos a estar aquí todos los días juntos?».

«Ese tren continúa su marcha imparable con destino a una estación anónima, en la que algún día serás tu quien se baje».

Hace unos meses estuvimos en aquella casa rural rodeada de pinos, en plena naturaleza ¡cómo disfrutamos de la belleza del lugar!