«Toda localidad mayor de cincuenta (cincuenta mil habitantes, es decir) tiene esa espada de la Comisión Europea pendiente de sus cabezas».
El sitio de Zaragoza. Por Diego Pardos

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«Toda localidad mayor de cincuenta (cincuenta mil habitantes, es decir) tiene esa espada de la Comisión Europea pendiente de sus cabezas».

Con todo respeto, Majestades: ¿Le parece bonito su comportamiento de entonces, don Melchor? ¿Estaban buenos los mantecados de Felipe II, don Baltasar?

Volvamos a la sensatez, comamos morcilla y pidamos por la reinserción social del conde de Villamedianeja y por los antiguos hábitos.

«Con todo, lo más bochornoso ha de ser sin duda encargar el texto a un negro y que lo haga peor que uno mismo».

«Tengo interés, además de hacer este canto al calzón largo, en asociarlo de algún modo al modo de vestir de nuestros señores diputados».

«De ir a vivir a Madrid, sería feliz en esas casas sencillas de ladrillo de cara vista de la serpenteante y casi laberíntica calle de Valderrodrigo».

«Si el espía Paesa pudo leer su propia esquela, don César muchas décadas antes lo hizo con sus necrológicas y, ni que decir tiene, con más estilo».

«Estamos aún en el mes de noviembre y puede parecer que me anticipo, pero es por el bien de ustedes, estimados lectores».

«He de hablar hoy de otra periodista que, aunque no firme contratos millonarios al menos se puede decir de ella que sabe escribir».

«Por la mañana, en el cementerio, me habían empujado las prisas; el sol en lo alto, el suelo humedecido y como de tempero, la soledad del camposanto…».

«Descansen en paz nuestros compatriotas. Y hagan nuestros gobernantes otro Plan Sur que evite futuras tragedias. Aunque ello nos haga recordar al inquilino de El Pardo».

«Así estaba yo cuando mi amigo Eusebio, de regreso de la toilette, me anunciaba que acababa de pedir matrimonio a la camarera».

«Si ustedes visitan la Cuesta de Moyano, acaso puedan resolver el enigma en alguna de las treinta casetas de madera que allí se hallan».

«Habría que cambiar muchas cosas para acercarse a Velázquez, dice enigmático. ¿Qué cosas, don Antonio? Nos deja usted aterrados, a merced de nuestra ignorancia».